Por Guyén Saúl Soto
Síntomas
El presunto uso de inteligencia artificial para generar un video de narcotráfico desde Venezuela es un dato de enorme relevancia geopolítica. No se trata solo de una operación de desinformación, sino de un síntoma de debilidad y de un cambio en las reglas del juego. Durante su hegemonía absoluta, EE.UU. podía imponer sus narrativas geopolíticas (como el de «Estado villano») con relativa facilidad a través de medios tradicionales. La necesidad de recurrir a contenidos sintéticos sugiere una pérdida de credibilidad de sus canales tradicionales y una lucha por recapturar la atención de una audiencia global escéptica. Este hecho se conecta directamente con la «ilusión cultural» (Todd, E. [2022]) de la que habla Emmanuel Todd: una élite que ya no puede interpretar ni gestionar el mundo real, y debe recurrir a la simulación.
Los nombramientos de figuras como Marco Rubio (con presuntos vínculos públicos con el narcotráfico) y las conexiones de Trump con Jeffrey Epstein no son simples escándalos. Wallerstein analiza la decadencia como una crisis sistémica donde las instituciones se corrompen (Wallerstein, I. [2007]). La designación de personas leales por sobre personal cualificado (ejemplificado por Trump y su gabinete) debilita la capacidad del Estado para formular políticas coherentes, especialmente en áreas críticas como la política exterior y la economía.
Un presidente que «no entiende las consecuencias» de los aranceles es la personificación de la crisis. La política económica deja de ser una herramienta de poder predecible para convertirse en un factor de inestabilidad global y autodestructiva. Esto aleja a los aliados tradicionales y fortalece la determinación de China y los BRICS+ de crear sistemas alternativos. Las políticas unilaterales y agresivas son el mejor argumento para que el resto del mundo acelere la búsqueda de mecanismos de comercio e inversión fuera del alcance de Washington, tal como lo ha hecho el BRICS+. Como analiza The New Yorker, el imperio en declive a menudo toma decisiones que apresuran su fin. Los aranceles dañan a consumidores y empresas estadounidenses, inflan los costos y contribuyen a la crisis inflacionaria, debilitando la economía desde dentro.
Pero antes de Trump, La evidente incapacidad mental del presidente Biden y la imposibilidad del sistema político para reemplazarlo es quizás la metáfora más poderosa de la parálisis terminal. Un presidente senil no puede proyectar poder, negociar con rivales o inspirar confianza en aliados. Crea un vacío de liderazgo que China y Rusia explotaron ágilmente, presentándose como alternativas más dinámicas y decisivas.
Pero estos son síntomas visibles de una crisis mas profunda, vamos a mostrar las variables vinculadas a la economía que muestran esta decadencia que si bien no es definitiva, muestran una tendencia del declive que, como toda tendencia, muestra el rumbo hacia el cual se dirige la otrora superpotencia hegemónica.
Decadencia Estructural del Imperio Americano: Una Perspectiva económica
Financialización y Crisis del Capitalismo Histórico
La economía estadounidense muestra síntomas clásicos de una potencia hegemónica en declive, caracterizados por una creciente financialización y una desconexión entre la economía productiva y la financiera. Wallerstein (2007) contextualiza esta decadencia no como un evento aislado, sino como parte de una «crisis general del capitalismo como sistema histórico específico» (p. 1). Esta crisis se manifiesta en la paradoja de que Estados Unidos, siendo el centro del sistema-mundo, ve cómo su dominación económica se erosiona por la misma globalización que ayudó a impulsar.
La externalización de su base manufacturera, analizada en la estrategia de la «curva de la sonrisa», ha tenido consecuencias nefastas. Un artículo en The New Yorker sobre el declive imperial señala que este proceso no solo exportó empleos, sino también la capacidad de innovación y resiliencia, dejando a la economía vulnerable («El declive del imperio norteamericano», 2021). Esta dependencia se hizo evidente durante la pandemia, donde la escasez de productos esenciales manufacturados en el exterior puso al descubierto la fragilidad de sus cadenas de suministro.
Mientras EE.UU. gestiona su deuda y su déficit comercial crónicos, China y los BRICS+ acumulan excedentes e invierten masivamente en la expansión de su capacidad productiva y tecnológica, acelerando el cambio en el centro de gravedad económica mundial.
Desindustrialización y Pérdida de Capacidad Estratégica
La desindustrialización de EE.UU. representa una de las mayores vulnerabilidades para su poder nacional. El análisis de la «curva de la sonrisa» demuestra cómo, al ceder la manufactura, Occidente cedió también el know-how y la capacidad de producción a escala. Esto no fue solo una decisión económica, sino estratégica, cuyas consecuencias ahora son inevitables.
Este proceso ha sido acelerado por las prioridades nacionales. Un análisis de Declassified UK argumenta que la desviación masiva de fondos y capacidades hacia «el desarrollo de sistemas de armas y la negligencia de infraestructuras sociales y energéticas están acelerando el colapso» («The impending collapse of the American empire», 2022). La industria pesada y la capacidad de producción masiva se han visto sacrificadas en el altar del complejo militar-industrial y el cortoplacismo financiero, dejando la base industrial nacional hueca.
En contraste, China implementó una política industrial de largo plazo con Made in China 2025, buscando no solo retener la manufactura, sino dominar los sectores de alta tecnología. Los países BRICS+,
conscientes de que la industria es sinónimo de poder soberano, replican este modelo de planificación estatal, protegiendo y fomentando sus sectores industriales estratégicos.
Tecnología: La Ilusión Cultural y la Pérdida de la Ventaja
EE.UU. ya no es el centro incuestionable de innovación. China y otros actores del BRICS+ son ahora competidores serios y, en algunas áreas críticas (5G, energía verde), líderes globales.
Emmanuel Todd aporta una perspectiva antropológica crucial al argumentar que «los estadounidenses viven en una ilusión cultural, incapaces de reconocer el verdadero rumbo que ha tomado su nación» («Analysing the signs of the downfall of the American empire», 2022). Esta ilusión se manifiesta en la creencia de que su ventaja tecnológica es perpetua e insuperable.
Esta autopercepción impide una reacción coherente ante el desafío tecnológico de China y los BRICS+. Mientras EE.UU. confía en un modelo de innovación dirigido por el mercado y el capital de riesgo—eficiente para crear aplicaciones y software, pero vulnerable en hardware y escalamiento industrial—, sus competidores aplican un modelo estatal-estratégico. China canaliza ingentes recursos hacia tecnologías críticas (semiconductores, 5G, IA, energía verde) a través de bancos de desarrollo, subsidios y una clara planificación, un esfuerzo que la inversión privada estadounidense no puede igualar por sí sola.
Los BRICS+ están construyendo arquitecturas tecnológicas alternativas: sistemas de pagos (CIPS), estándares técnicos (5G de Huawei), y plataformas digitales (TikTok, WeChat) que compiten directamente con las occidentales, reduciendo la influencia global de la tecnología estadounidense.
La consecuencia es una erosión constante de la ventaja absoluta. EE.UU. aún lidera en el diseño de chips y software, pero depende de Taiwán para fabricarlos y ve cómo China domina ya las cadenas de suministro de las tecnologías del futuro, como las baterías y los paneles solares.
EE.UU. sigue siendo una potencia tecnológica de primer nivel, lidera en el diseño de chips y software, pero depende de Taiwán para fabricarlos y ya no es hegemónica. La era del dominio tecnológico unipolar ha terminado. El mundo se está moviendo hacia un orden bipolar o multipolar en tecnología, donde el bloque liderado por China y los BRICS+ disputará cada vez más el liderazgo en todas las áreas críticas del futuro.
La tecnología es el multiplicador de poder definitivo. No es un sector más, sino el tejido que conecta y potencia la economía, la seguridad y la cultura. Por ello, la actual guerra fría tecnológica entre Estados Unidos y China (y por extensión, los BRICS+) es la contienda que definirá el siglo XXI. Quien gane esta batalla no solo controlará los flujos de datos o la inteligencia artificial, sino que establecerá las reglas del juego global, determinando qué naciones acceden a la prosperidad, la seguridad y la autonomía en el nuevo orden mundial. La decadencia o ascenso de los imperios se juzgará, en última instancia, por su capacidad para innovar, producir y controlar la tecnología del futuro.
Infraestructura: La Base Material del Declive
El estado de la infraestructura es quizás el símbolo más visible de la decadencia. La Sociedad Americana de Ingenieros Civiles (ASCE) le otorga una calificación de «C-«, señalando una brecha de inversión de billones de dólares. Este deterioro no es accidental, sino el resultado de décadas de prioridades equivocadas.
Como señala el análisis de Declassified UK, la negligencia hacia las infraestructuras civiles en favor del gasto militar ha creado una situación de vulnerabilidad interna («The impending collapse of the American empire», 2022). Carreteras, puentes, redes eléctricas y sistemas de agua potable se están desmoronando, lo que aumenta los costos logísticos para las empresas, reduce la competitividad nacional y afecta la calidad de vida de los ciudadanos.
Este abandono contrasta brutalmente con la visión de China y los BRICS+. Para ellos, la infraestructura no es solo un asunto doméstico, sino la herramienta central de su proyección geopolítica, como lo demuestra la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Mientras EE.UU. se retrae y descuida sus bases físicas, sus rivales construyen las redes de conectividad (ferroviaria, portuaria, digital y energética) que definirán los flujos del comercio y la influencia del siglo XXI.
Fin de un Ciclo Hegemónico
La decadencia de EE.UU., por tanto, es relativa, multidimensional y estructural. No es el colapso absoluto de su poder, sino la erosión de los pilares que sustentaron su hegemonía tras la Segunda Guerra Mundial: una economía industrial dominante, una ventaja tecnológica abrumadora, una infraestructura envidiable y un poder blando indiscutible. Estos pilares se están resquebrajando simultáneamente. Sin embargo, no solo se desmorona en sus bases materiales, sino también en sus bases intangibles: credibilidad, legitimidad y competencia. Frente a esto, el bloque BRICS+, con todos sus defectos, se presenta ante el Sur Global como una alternativa más estable, coherente y, sobre todo, orientado al futuro. La transición hegemónica no será limpia ni pacífica, pero estos síntomas indican que está avanzando a un ritmo acelerado. La pregunta ya no es si el dominio unipolar estadounidense terminará, sino cómo se gestionará esta transición hacia un orden más complejo y multipolar.