Por José F. Medina
La geopolítica es, efectivamente, una disciplina dinámica que se redefine incesantemente según las condiciones históricas, tecnológicas, económicas y sociales de cada época. No existe una «verdad geopolítica» inmutable, sino más bien relaciones de fuerza en perpetua evolución, donde los actores, sus intereses y las reglas del juego se transforman constantemente (Kissinger H, 2014).
Por estas razones, el análisis de Venezuela en el contexto global se abordará desde una perspectiva tripartita. Inicialmente, se revisarán las características geopolíticas más relevantes del siglo XIX; en segundo lugar, se destacarán los aspectos claves del siglo XX; y, finalmente, el foco se centrará en el panorama actual del siglo XXI, por tratarse del periodo de mayor trascendencia.
La geopolítica global de Venezuela en el siglo XIX
El siglo XIX venezolano fue un periodo de construcción nacional marcado por la herencia de la guerra de independencia, la búsqueda de un orden político interno y la navegación en un escenario internacional complejo.
El contexto internacional para esta época era la existencia de varios polos de poder en Europa, entre los cuales se encontraban Gran Bretaña, Francia, España y Portugal, además del creciente auge en América de los Estados Unidos. Venezuela, como país joven y endeudado, tuvo una posición global vulnerable, sujeta a presiones de potencias extranjeras, mediante medidas diplomáticas, financieras e incluso bloqueos navales, para cobrar deudas o proteger intereses comerciales (Rojas R, 2009).
Los actores principales fueron los caudillos, líderes regionales con poder militar y control sobre la tierra y sus peones. Su pugna por el poder central definió la inestabilidad política del periodo (Vallenilla Lanz, 1991). El recurso estratégico interno era la agricultura; la base de la economía era agroexportadora (cacao, café, cueros), lo cual constituía la fuente de riqueza de la oligarquía y los caudillos (Brito Figueroa, 1975).
El proyecto integracionista se llamó La Gran Colombia, ideal de Simón Bolívar de unir a Venezuela, Nueva Granada (actuales Colombia y Panamá) y Ecuador en una sola república fuerte. La doctrina para la política exterior fue la Doctrina Monroe (Impuesta). Venezuela apeló a ella, pero esta era una herramienta de la política exterior estadounidense que Caracas buscó utilizar a su favor, como en la crisis de 1895 con el Reino Unido (Langley L, 1989) .
El período se caracterizó por tener un punto débil expresado en su deuda externa. Los crónicos problemas de financiamiento llevaron a moratorias, lo que generó bloqueos navales y coerción diplomática por parte de las potencias acreedoras (Rojas R, 2009). La naturaleza de su poder militar fue territorial: tras la independencia, el ejército regular era débil. El poder real residía en las milicias privadas de los caudillos, usadas para controlar territorios y ganar guerras civiles (Vallenilla Lanz, 1991). La relación con las potencias europeas fue de dependencia, una relación comercial y financiera asimétrica, principalmente con Gran Bretaña, lo que limitaba la autonomía en política exterior (Brito Figueroa, 1975).
Sin embargo, el país poseía una cierta superioridad por su situación geográfica caribeña; su costa en el Caribe era una ventaja para el comercio marítimo y la conexión con las rutas comerciales internacionales.
La geopolítica global de Venezuela en el siglo XX
El siglo XX representó para Venezuela una transformación geopolítica total. El país pasó de ser una nación agrícola y rural a convertirse en un actor energético global, gracias al descubrimiento y la explotación del petróleo. Este cambio redefinió por completo su posición internacional, sus alianzas y sus vulnerabilidades.
Durante el siglo XX, y en especial a partir de la consolidación de la industria petrolera, Venezuela experimentó una transformación estructural que reformuló su papel en el escenario global. El petróleo se erigió no sólo como el actor principal de su economía, sino como el recurso estratégico fundamental, llegando a representar, en sus épocas de auge, más del 90% de sus ingresos por exportaciones y convirtiendo al Estado en el gran redistribuidor de la renta petrolera (Baptista A, 1997). Esta realidad económica determinó una alianza geoestratégica casi simbiótica con los Estados Unidos, principal consumidor energético mundial y principal socio comercial de Venezuela, relación que se fortaleció con la creación de la OPEP en 1960, cofundada por Venezuela para intentar ejercer cierto control sobre los precios. En el ámbito de la integración regional, aunque con resultados dispares, se impulsaron iniciativas como el Pacto Andino (hoy Comunidad Andina), buscando la complementariedad industrial, y posteriormente el Grupo de los Tres (con México y Colombia), enfocado en la liberalización comercial (Malamud C, 2005).
La doctrina rectora de la política exterior durante la era democrática, particularmente bajo Rómulo Betancourt, fue la «Doctrina Betancourt», esta intentó frenar los movimientos de liberación en el continente, la cual condicionaba el reconocimiento diplomático a gobiernos surgidos de revoluciones, y de ideologías progresistas de izquierda, y conservando una postura ideológica de defensa de la democracia representativa en la región (Betancourt R, 1979). Esta combinación de factores posicionó a Venezuela globalmente como un aliado regional occidental de confianza para Washington, un actor estable en el Caribe y un puente entre las economías industrializadas y los países productores de crudo. Sin embargo, esta misma configuración reveló su talón de Aquiles: una vulnerabilidad extrema a la volatilidad de los precios del petróleo, como quedó dramáticamente evidenciado durante los «choques petroleros» de los 70 y la posterior crisis de la deuda en los 80, ciclos de bonanza y colapso que moldearon la inestabilidad política y social del país a lo largo de toda la centuria.
Dos geopolíticas un país, Venezuela en el siglo XXI
Recordemos que una cosa es la visión geopolítica de Venezuela junto a sus aliados estratégicos, y otra muy distinta es la perspectiva de las potencias hegemónicas e imperiales. Por este motivo, el análisis de la geopolítica global de Venezuela debe considerar la pugna entre dos visiones fundamentales: por un lado, la interpretación respaldada por China, Rusia, Irán, los BRICS y países no alineados; y por otro, la perspectiva de Estados Unidos, la Unión Europea, Australia y Japón. Aunque la dinámica internacional avanza hacia un orden multipolar, la influencia de estos dos grandes bloques sigue siendo decisiva en el tablero del juego estratégico mundial.
Visión geopolítica de Venezuela desde occidente
La narrativa occidental predominante sobre la crisis venezolana suele presentar una secuencia lineal y simplista: el colapso de un país debido a políticas económicas erráticas y a una gestión autoritaria. Sin embargo, una mirada más profunda revela un escenario radicalmente diferente, donde las sanciones internacionales y una guerra económica multifacética actúan no como meras consecuencias, sino como los principales motores de la emergencia humanitaria y la pérdida de influencia regional.
El punto de inflexión en la relación de Venezuela con Occidente se remonta a la llegada de Hugo Chávez al poder. Su filosofía internacional, basada en la construcción de un orden multipolar y el liderazgo del Sur Global, representó un desafío directo a la tradicional esfera de influencia estadounidense en la región. Caracas dejó de ser un aliado dócil para convertirse en un promotor activo de la integración suramericana y un crítico vocal del unilateralismo (Gott R, 2011).
Esta postura antihegemónica, celebrada por muchos en el mundo en desarrollo, fue interpretada en Washington y Bruselas como una amenaza a sus intereses. La muerte de Chávez en 2013 no apagó esta percepción; simplemente transfirió el desafío a su sucesor, Nicolás Maduro, quien heredó un país con vulnerabilidades económicas que se agravarían exponencialmente por factores externos.
La narrativa occidental ignora sistemáticamente el impacto de un arsenal de medidas coercitivas que supera las 900 sanciones. Estas no son simples restricciones diplomáticas; constituyen un asedio financiero diseñado para estrangular la economía.
Asfixia Financiera y Comercial. Las sanciones congelan cuentas en divisas, impiden transacciones internacionales y prohíben la venta de insumos críticos. Esto no es una «consecuencia» de la crisis; es su causa directa. Sin acceso al sistema financiero global, Venezuela no puede pagar importaciones esenciales de alimentos, medicinas y repuestos para su industria eléctrica y petrolera, lo que genera la escasez generalizada que luego se le atribuye únicamente a la mala gestión.
Expropiación de Activos Estratégicos. El caso del oro venezolano retenido ilegítimamente en el Banco de Inglaterra y el efectivo saqueo de la refinería Citgo en Estados Unidos son ejemplos de una política de confiscación de bienes soberanos. Estas acciones, lejos de ser técnicas, son actos de guerra económica que privan al país de recursos vitales para su recuperación (Aloag I, 2023).
Sanciones Secundarias de la Era Trump: La administración de Trump introdujo una innovación letal: la amenaza de aranceles del 25% a cualquier país que compre petróleo venezolano, directa o indirectamente. Esta medida externaliza la vigilancia del bloqueo, obligando a terceros países a convertirse en cómplices del cerco, y cierra la última puerta para obtener divisas esenciales.
Es innegable el desplome de la producción de PDVSA, de más de 3 millones de barriles diarios en los años 90 a unos 1.200.000 en la actualidad. La narrativa occidental lo atribuye únicamente a la corrupción y la falta de inversión. Si bien existen problemas internos, se omite que las sanciones impiden a PDVSA comerciar su crudo, adquirir químicos y repuestos, y asociarse con empresas tecnológicas. Se le prohíbe producir y, luego, se la acusa de no producir. Es un círculo vicioso perfectamente orquestado.
La actuación occidental ha trascendido lo económico. El constante respaldo a facciones de la oposición, el desconocimiento de resultados electorales, el fomento de intentos de invasión y magnicidios siguen el manual de intervencionismo del siglo XX, actualizado para el XXI. Esta estrategia busca crear una realidad de ingobernabilidad que justifique posteriormente una intervención más directa, bajo el pretexto de «restablecer la democracia» (Robinson W, 2020).
En el fondo, la insistencia en derrocar al gobierno venezolano responde a dos factores geopolíticos clave:
Actor Geopolítico Incómodo: Venezuela es percibida como una puerta de entrada para la influencia de China y Rusia en América Latina. Su alianza estratégica con estas potencias desafía el monopolio de influencia que Washington considera propio.
Ejemplo de Dignidad: Más profundamente, Venezuela se ha erigido en un símbolo de resistencia contrahegemónica. Su persistencia, a pesar de la presión extrema, demuestra a otros países de la región que es posible desafiar el consenso de Washington. Este «mal ejemplo» de soberanía y dignidad es, quizás, el pecado que menos le perdonan los centros de poder global.
Reducir la crisis venezolana a un relato de «fracaso socialista» es una simplificación que oculta una realidad más compleja: la de una nación sometida a un castigo colectivo por haberse atrevido a desafiar el orden establecido. Las sanciones no son una respuesta a la crisis; son el instrumento deliberado para generarla y agravarla, con el objetivo último de doblegar un proyecto político soberano y enviar un mensaje claro al resto del Sur Global. La situación en Venezuela es, por encima de todo, un testimonio de las consecuencias de desafiar la hegemonía en el siglo XXI.
Visión geopolítica de Venezuela desde el eje China- Rusia
En el complejo tablero geopolítico contemporáneo, Venezuela ha emergido como un actor significativo en las estrategias de expansión global de China y Rusia, que buscan reconfigurar el orden internacional hacia un sistema multipolar. La posición geográfica de Venezuela en el Caribe, sus vastas reservas de petróleo, las más grandes del mundo, y su postura abiertamente crítica hacia la hegemonía estadounidense la convierten en un socio estratégico fundamental para ambos países euroasiáticos.
La relevancia de Venezuela trasciende su crisis económica interna y se proyecta hacia el ámbito de la geopolítica global, donde se ha convertido en un símbolo de resistencia frente a las sanciones occidentales. Tanto China como Rusia, cada una con sus particularidades y prioridades, han desarrollado relaciones multifacéticas con el gobierno venezolano que abarca dimensiones económicas, militares, tecnológicas y diplomáticas. El análisis de estas relaciones no solo permite comprender la evolución de la política exterior de paz venezolana, sino que también arroja luz sobre los mecanismos de construcción de un orden internacional alternativo que Beijing y Moscú promueven activamente en diversas regiones del mundo.
Las relaciones entre Venezuela y las potencias euroasiáticas no son un fenómeno reciente, sino que encuentran su origen en la llegada de Hugo Chávez al poder a finales del siglo XX. Sin embargo, estas conexiones se han profundizado y transformado cualitativamente durante las últimas dos décadas, en respuesta a los cambios en el equilibrio de poder global y a la creciente confrontación entre Rusia y China con Occidente. La evolución de esta triangulación estratégica puede dividirse en tres fases claramente diferenciadas que reflejan la adaptación a contextos internacionales variables.
Fase de fundación (1999-2012) Durante este período, el presidente Chávez estableció las bases ideológicas y estratégicas de la alianza con Beijing y Moscú, promoviendo activamente la idea de un mundo multipolar como contrapeso a la influencia estadounidense. Con China, se creó en 2001 la Comisión Mixta de Alto Nivel (CMAN), mecanismo que estructuraría la creciente asociación económica. Con Rusia, se sentaron las bases para una cooperación militar sustancial, incluyendo importantes compras de armamento y la primera visita de un presidente venezolano a Moscú en 2006. Esta fase se caracterizó por la complementariedad entre la visión ideológica del socialismo del siglo XXI y los intereses expansionistas de Rusia y China en la región (Ramírez S, 2012).
Fase de consolidación (2013-2019): Con la llegada de Nicolás Maduro al poder y el agravamiento de la crisis económica venezolana, las relaciones con Beijing y Moscú adquirieron un carácter más estratégico y defensivo. Mientras China reestructuraba los términos de sus préstamos petroleros ante el retraso de pagos venezolano, Rusia profundizaba su presencia militar con entrenamiento de fuerzas especiales y venta de sistemas de armas más sofisticados. La creciente presión internacional sobre el gobierno de Maduro, incluyendo sanciones económicas de Estados Unidos y la Unión Europea, convirtió a Venezuela en un campo de batalla geopolítico donde Beijing y Moscú veían la defensa del gobierno chavista como un principio de su política exterior antihegemónica.
Fase de asociación estratégica (2020-presente) En un contexto de confrontación abierta entre Rusia y Occidente por Ucrania y de creciente competencia sino-estadounidense, Venezuela ha adquirido una nueva centralidad en las estrategias globales de ambas potencias. En mayo de 2025, Maduro y Putin firmaron un Acuerdo de Asociación Estratégica y Cooperación con vigencia de diez años, elevando a Venezuela al estatus de principal socio estratégico de Rusia en América Latina. Paralelamente, China elevó sus relaciones diplomáticas con Venezuela al máximo nivel de «Asociación Estratégica a Toda Prueba y Todo Tiempo» en 2023, simbolizando el compromiso de largo plazo a pesar de los desafíos económicos (Kremlin r, 2025).
El enfoque de China: Pragmatismo económico y proyección estratégica
El enfoque de China hacia Venezuela se caracteriza por una combinación de pragmatismo económico y objetivos estratégicos de largo alcance. A diferencia de Rusia, cuyo involucramiento tiene un componente más marcadamente político-militar, la aproximación china prioriza la seguridad energética, la expansión comercial y la construcción de una arquitectura internacional alternativa a la liderada por Estados Unidos.
El interés económico chino en Venezuela se ha centrado tradicionalmente en el sector de hidrocarburos, dado que el país suramericano posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Entre los inicios de la Revolución Bolivariana y 2018, China comprometió aproximadamente 69.000 millones de dólares en préstamos e inversiones para Venezuela, lo que representaba el 46% de toda la inversión china en América Latina durante ese período. Estos recursos se canalizaron principalmente a través del Fondo Conjunto Chino-Venezolano y se orientaron hacia proyectos de infraestructura energética, con el petróleo como garantía de pago.
Sin embargo, esta estrategia encontró serios obstáculos a partir de 2018, cuando la falta venezolana en los envíos de crudo y la débil administración de los proyectos conjuntos llevaron a Beijing a reconsiderar su exposición financiera en el país. A diferencia de la fase inicial de expansión crediticia agresiva, China ha adoptado en los últimos años un enfoque más cauteloso, centrado en la renegociación de la deuda, que se ubicaba en al menos 15.000 millones de dólares en 2024, y en proyectos de menor escala pero mayor viabilidad técnica. El intercambio comercial bilateral, que alcanzó su punto máximo en 2015 con 12.000 millones de dólares, se redujo a 6.400 millones en 2024, una cifra modesta comparada con los 188.000 millones de dólares del intercambio sino-brasileño o los 109.000 millones del intercambio sino-mexicano ese mismo año.
Más allá de la dimensión puramente económica, China valora a Venezuela como un actor clave en su estrategia de ruptura del monopolio de influencia occidental en América Latina. El apoyo explícito de Caracas a iniciativas como la Franja y la Ruta (BRI) y su alineamiento con principios como la no injerencia en asuntos internos, refuerzan el discurso de Beijing sobre el derecho a un «desarrollo pacífico» alternativo al modelo liberal. Esta convergencia diplomática se ha manifestado en el rápido reconocimiento chino de la reelección del presidente Maduro en julio de 2024, así como en el respaldo venezolano a las posiciones chinas en foros internacionales.
En el ámbito militar, China ha sido el proveedor más importante de equipamiento de defensa para Venezuela entre 2014 y 2023, aunque en 2023 fue superada por Irán. Entre los suministros destacan aviones de entrenamiento, tanques ligeros, misiles antitanque y antibuque, y sistemas de radar que China prueba en Venezuela desde 2019 para «identificar vehículos, interceptar comunicaciones privadas y de vehículos militares».
El enfoque de Rusia: Poder duro y desafío estratégico
La aproximación rusa a Venezuela difiere significativamente de la china en sus énfasis y métodos, aunque comparte el objetivo fundamental de desafiar la hegemonía estadounidense y promover un orden internacional multipolar. Para Moscú, Venezuela representa no solo un activo económico o energético, sino un componente esencial en su estrategia de poder global, donde el fortalecimiento de alianzas con estados antioccidentales permite proyectar influencia en regiones tradicionalmente consideradas bajo el dominio de Estados Unidos.
El ámbito más destacado de la asociación ruso-venezolana es sin duda el militar y de seguridad, donde Moscú ha desarrollado una presencia creciente que incluye venta de armamento, entrenamiento de fuerzas especiales, ejercicios conjuntos y asesoramiento en inteligencia. El Acuerdo de Asociación Estratégica y Cooperación firmado en mayo de 2025 por Putin y Maduro establece explícitamente el compromiso de «reforzar las capacidades técnico-militares para garantizar la seguridad nacional y la estabilidad regional». Este acuerdo, con vigencia inicial de diez años, eleva a Venezuela al estatus de principal socio estratégico de Rusia en América Latina y contempla la cooperación en la lucha contra el terrorismo, la prevención del extremismo, el control de armamentos y la promoción de un uso pacífico del espacio exterior.
.El respaldo ruso se ha manifestado con especial intensidad en contextos de tensión regional, como el ocurrido en agosto-septiembre de 2025, y que todavía está latente por la presencia de buques de guerra norteamericanos, en los límites de las aguas territoriales de Venezuela en el mar Caribe, que Lavrov calificó como una amenaza real que incluía «un submarino nuclear»(TASS Russian News Agency, 2025) En esa ocasión, el canciller ruso expresó su «solidaridad con el pueblo y Gobierno de Venezuela» y confirmó «su pleno apoyo a sus esfuerzos por proteger la soberanía nacional», en una muestra del alineamiento estratégico en momentos de crisis.
Aunque menos voluminosa que la china, la cooperación económica ruso-venezolana ha experimentado un crecimiento significativo en los últimos años, con un aumento del 64% en el comercio bilateral durante 2024, alcanzando un volumen de 200 millones de dólares. Este crecimiento, aunque modesto en términos absolutos, refleja la voluntad de ambas partes de profundizar los vínculos más allá de lo militar, construyendo una asociación económica estratégica que permita a Venezuela sortear las sanciones internacionales.
El sector energético constituye un pilar fundamental de esta cooperación, con acuerdos para la exploración y explotación conjunta de yacimientos de petróleo y gas natural, cruciales para la recuperación económica venezolana. Empresas rusas como Rosneft han desarrollado una presencia significativa en el país, aunque con desafíos operativos similares a los enfrentados por las compañías chinas. El acuerdo estratégico también hace énfasis en la creación de mecanismos financieros alternativos que permitan a Venezuela disminuir la dependencia del dólar estadounidense y del sistema bancario global controlado por Occidente, objetivo compartido con las iniciativas de desdolarización promovidas por Beijing (Dachevsky F, 2023).
En el ámbito diplomático, Rusia y Venezuela han coordinado estrechamente sus posiciones en foros multilaterales, defendiendo conceptos como soberanía nacional, no injerencia y multipolaridad como principios rectores del orden internacional. En septiembre de 2025, durante la Asamblea General de la ONU, los cancilleres Lavrov y Gil reafirmaron «nuestro compromiso conjunto con la multipolaridad y la adherencia a los principios de la Carta de las Naciones Unidas», al tiempo que rechazaron el despliegue naval estadounidense en el Caribe.
Esta coordinación se enmarca en la visión rusa de construir una coalición de estados críticos con el orden liberal, donde Venezuela desempeña un papel regional clave. Moscú apoya explícitamente la inclusión de Caracas en el grupo BRICS como un «paso estratégico para fortalecer un orden mundial multipolar, donde las voces del Sur Global tengan mayor presencia y protagonismo». Esta perspectiva refleja cómo la asociación con Venezuela se inserta en una estrategia global de reposicionamiento de Rusia como potencia líder en la construcción de alternativas a la gobernanza internacional dominada por Occidente.
Convergencias estratégicas entre China y Rusia en Venezuela
El análisis de los enfoques chino y ruso hacia Venezuela revela un complejo entramado de intereses compartidos que explica la notable coordinación, aunque no exenta de tensiones, entre Beijing y Moscú en su aproximación a Caracas. Estas convergencias estratégicas operan en múltiples niveles y responden a visiones del orden internacional que, si bien presentan matices diferenciados, comparten un rechazo fundamental al unilateralismo estadounidense y a la promoción de un modelo de gobernanza global alternativo (Real Instituto Elcano, 2023).
Desafiar la hegemonía estadounidense: Tanto China como Rusia consideran a Venezuela como un punto de presión efectivo contra la influencia estadounidense en su «patio trasero» tradicional. El apoyo a Caracas permite a ambas potencias proyectar poder en el hemisferio occidental, complicando la posición estratégica de Washington y obligando a Estados Unidos a dedicar recursos diplomáticos y militares a una región que se consideraba estabilizada. Esta estrategia de «levantar los costos» de la política exterior estadounidense se enmarca en la competencia sistémica más amplia que ambas potencias mantienen con Occidente.
Promoción de principios de no injerencia y soberanía: El respaldo a Venezuela permite a China y Rusia consolidar un discurso alternativo sobre los principios que deben regir las relaciones internacionales, enfatizando conceptos como soberanía nacional y no injerencia frente a la retórica occidental sobre derechos humanos y democracia. Este posicionamiento es particularmente valioso para Beijing y Moscú, cuyos modelos políticos internos enfrentan críticas regulares desde Occidente. Al defender el derecho del gobierno de Maduro a determinar su propio desarrollo político, defienden implícitamente sus propios sistemas de gobierno frente a lo que califican como «injerencias externas».
Prueba de mecanismos de cooperación alternativos Venezuela se ha convertido en un laboratorio de experimentación para instrumentos de cooperación económica y financiera fuera de las estructuras dominadas por Occidente. Tanto China como Rusia han utilizado su relación con Caracas para desarrollar sistemas de pago alternativos, mecanismos de comercio en monedas nacionales y estrategias para evadir sanciones económicas. Estos experimentos, aunque con resultados mixtos en el caso venezolano, proporcionan experiencias valiosas que Beijing y Moscú pueden aplicar en otros contextos donde buscan reducir la dependencia del dólar y del sistema financiero internacional.
Coordinación en organizaciones multilaterales: La asociación con Venezuela fortalece la capacidad de China y Rusia para construir coaliciones en organizaciones internacionales como las Naciones Unidas. Como señala el análisis del Real Instituto Elcano, Cuba, Nicaragua y Venezuela constituyen excepciones notorias al patrón general de posicionamiento geopolítico latinoamericano, alineándose consistentemente con China y Rusia en votaciones clave (Real Instituto Elcano, 2024). Este apoyo diplomático es particularmente valioso para Moscú y Beijing en su competencia con Occidente, al garantizar un núcleo de respaldo regional en resoluciones sobre temas sensibles..
El análisis de la geopolítica venezolana desde las perspectivas de China y Rusia revela una compleja interacción de intereses estratégicos que trasciende con creces la relación bilateral tradicional para insertarse en las dinámicas globales de competencia entre grandes potencias. Para Beijing, Venezuela representa tanto una oportunidad económica, como un activo geopolítico en su proyección como potencia global alternativa. Para Moscú, el valor venezolano reside principalmente en su utilidad como punto de presión contra Estados Unidos y como demostración de capacidad para desafiar la hegemonía occidental en su esfera de influencia tradicional.
Las estrategias de ambos países, aunque diferenciadas en sus énfasis, más económica y de soft power en el caso chino, más militar y diplomática en el ruso, muestran notables complementariedades que fortalecen la posición negociadora de Caracas. Esta triangulación ha permitido al gobierno venezolano sobrevivir a presiones internacionales que de otro modo habrían resultado probablemente insostenibles, simultáneamente proporciona a Beijing y Moscú posibilidades para aplicar sus visiones de un orden internacional alternativo basado en principios de soberanía absoluta y multipolaridad.
El cierre
Venezuela posee una situación geográfica estratégica, actuando como puente entre Sudamérica y el Caribe, lo que históricamente ha definido su proyección geopolítica . Su economía y peso internacional han girado en torno a la explotación de recursos naturales: tras una base agroexportadora, consolidó su modelo en la industria petrolera, sustentada en las mayores reservas probadas de crudo del mundo , y en la actualidad ha intensificado la actividad minera.
En el ámbito de las relaciones internacionales, su política exterior ha transitado desde la Doctrina Betancourt hacia una doctrina antihegemónica liderada por el chavismo. Esta nueva orientación se distancia del llamado «imperialismo occidental» y abraza la bandera de la paz y el mundo multipolar, forjando alianzas estratégicas con potencias como Rusia y China en un contexto de creciente tensión con Estados Unidos.
La geopolítica de Venezuela se ha erigido como una pieza clave en el tablero estratégico mundial. A pesar de haber resistido una lluvia de ataques multifacéticos, el país se ha convertido en un ejemplo para Suramérica y el Caribe, al demostrar una firmeza y una dignidad suprema inquebrantable.