Por Gustavo A. Quintero*
La vida en el planeta surgió hace unos 3.500 millones de años —aunque algunos estudios la sitúan en más de 4.000 millones—, configurando un sistema profundamente entrelazado, flexible y resistente, pero también altamente sensible a factores externos que alteran su equilibrio. La diversidad orgánica y la heterogeneidad de formas de vida y hábitats son fruto de un proceso continuo de descendencia con modificaciones.
En este marco evolutivo, la evidencia científica más reciente ubica el origen del Homo sapiens hace aproximadamente 300.000 años en África. Durante miles de años, la especie desarrolló capacidades cognitivas, sociales y tecnológicas que le permitieron adaptarse a condiciones diversas. Hace entre 100.000 y 70.000 años comenzó la gran migración hacia otros continentes, un proceso complejo y prolongado que aseguró la supervivencia de la especie. La historia demuestra que migrar no fue un “derecho” sino una necesidad vital de adaptación.
La migración humana se inscribe en el Período Cuaternario, dividido entre el Pleistoceno Tardío (100.000–11.700 años atrás, última gran glaciación) y el Holoceno (11.700 años hasta la actualidad, clima más cálido y estable). Entre 10.000 y 4.000 años atrás, con la invención de la agricultura, se consolidaron las primeras poblaciones sedentarias. Si comparamos los 50.000 años de interacción relativamente armónica con los ecosistemas frente a los apenas 265 años de industrialización —marcados por la quema de combustibles fósiles y el aumento de gases de efecto invernadero—, queda claro que la humanidad sí puede sostener una relación equilibrada con el planeta.
Con la mecanización, el capitalismo se impuso como sistema dominante. Según la FAO, en apenas unas décadas la industrialización y el uso intensivo de combustibles fósiles han provocado pérdidas devastadoras:
- 20% de los manglares en 123 países en los últimos 40 años.
- 14% de la cobertura coralina mundial desde 2009, por el aumento de la temperatura y la acidificación de los océanos.
- 40% de los humedales del planeta, a una tasa de 3% anual.
- Extensas áreas de bosques primarios y zonas deltaicas.
Estos datos confirman que el capitalismo es estructuralmente incompatible con la sostenibilidad ambiental. Por eso no sorprende que Trump descalifique la crisis climática y rechace la transición hacia energías limpias: no se trata de ciencia, sino de intereses económicos.
Los defensores del modelo capitalista celebran que, desde mediados del siglo XX, el PIB per cápita haya crecido más rápido que la población mundial. Afirman que la persona promedio es hoy 4,4 veces más “rica” que en 1950. Sin embargo, este supuesto progreso ignora dos realidades:
- El poder adquisitivo real de las mayorías es menor.
- El costo ambiental de ese crecimiento —emisiones, deforestación, pérdida de biodiversidad— amenaza la propia supervivencia humana.
El espejismo del PIB oculta que el enriquecimiento de unos pocos se sostiene sobre el empobrecimiento de los ecosistemas y de millones de personas.
En este escenario global, Venezuela ha planteado con claridad la raíz política del problema. No se trata solo de estadísticas o modelos climáticos: se trata de un sistema económico que devora la vida. En la XV Conferencia de la ONU sobre Cambio Climático (Copenhague, 2009), el presidente Hugo Chávez advirtió: “No cambiemos el clima, cambiemos el sistema”. Y en el Plan de la Patria 2013–2019, el quinto objetivo histórico propuso preservar la vida en el planeta y salvar a la especie humana, señalando la urgencia de superar el modelo capitalista depredador.
Esta visión conecta la ciencia con la política y la experiencia cotidiana de los pueblos: sin un planeta habitable, no hay política posible, no hay economía posible, no hay humanidad posible.
La crisis climática actual es resultado directo de la dependencia global de los combustibles fósiles y de un consumo desmedido. El Acuerdo de París de 2015, que buscaba limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, está lejos de cumplirse. Superar ese umbral puede desencadenar reacciones en cadena que los modelos científicos no logran predecir con exactitud.
Estamos al borde de sobrepasar los límites de resiliencia de los ecosistemas. Los impactos ya visibles —olas de calor extremas, pérdida de cosechas, migraciones forzadas— son señales de una amenaza existencial para la humanidad. Negar esta realidad, como hace Trump, no es solo un error político: es un acto de irresponsabilidad histórica frente a la ciencia y frente a la vida.
El negacionismo climático no es ingenuidad: es estrategia. Es la defensa de un modelo que necesita seguir quemando petróleo, talando bosques y sacrificando pueblos enteros para sostener la riqueza de unos pocos. Pero la ciencia ya habló, los pueblos ya lo sienten en su piel, y la historia no perdonará a quienes, por cálculo económico, condenen a la humanidad a la extinción.
Hoy la disyuntiva es clara: o se escucha a Trump y a los intereses que representa, o se escucha a la Tierra, a la ciencia y a los pueblos que luchan por la vida. No hay punto medio. El clima no negocia.
*Gustavo A. Quintero es biólogo marino, especialista en pesca, acuicultura y sistemas biológicos marinos. Se desempeña como consultor ambiental y productor acuícola, con amplia experiencia en evaluación de ecosistemas, diseño de sistemas de producción acuícola y planes de mejoramiento ambiental. Ha desarrollado paquetes tecnológicos orientados a la producción de energía alternativa y es investigador en ecología en Intersaber Centro de Pensamiento, donde aporta su conocimiento científico al análisis crítico de la crisis climática y los desafíos ambientales globales.