Por Félix M. Roque Rivero
Bocón el empresario presidente de los EE.UU. Eso de “América first” suena grandilocuente en el lenguaje simbólico de este seudo líder que procura exacerbar pasiones en los sectores medios de la población estadounidense. Tal vez, los asesores de Trump le hayan recordado aquella frase del filósofo alemán Franz Resenzweig quien afirmó que “El lenguaje es más que sangre”. Es el empleo de la neolengua en el lenguaje fascista. Según Víctor Klemperer, “El fascismo no fue un nuevo lenguaje que prometiese cámaras de gas, torturas y genocidios, sino un uso distinto del lenguaje nacionalista que hablaba de libertad, unidad, economía y familia”. (Klemperer, Víctor. (2001). LTI: La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Barcelona. España).
En el torrente discursivo de Donald Trump, está presente una intención movilizadora que no oculta para nada su orientación fascista. Los EE.UU, al decir del profesor estadounidense Jeffrey Sachs, es un país profundamente desigual. Es un paquidermo que mantiene unas 700 bases militares en el mundo, con un costo de unos 2 billones de dólares anuales por mantenimiento. Tienen una población que apenas representa el 4.4% de la población del planeta. La teoría del excepcionalismo y del destino manifiesto divino, imperial y global, está en plena decadencia, en declive y eso los está llevando al aislacionismo universal. El discurso de Trump, su reality show, con su guerra arancelaria, está alborotando todo el sistema financiero, monetario y económico y político internacional. Las tesis supremacistas gringas han perdido sus columnas de sustentación. El ideal del hombre blanco, racista y todo poderoso ha causado una profunda grieta a lo interno de la sociedad estadounidense, imposible de suturar. Tienen una población enferma, con un sistema de salud clasista y muy costoso, cuentan con un elevado porcentaje de desempleo. De allí que millones, busquen refugio en las drogas, en el consumo de fentanilo que los convierten en zombies que deambulan solitarios y mueren de hambre y frío en las calles. Para ellos, la fuerza discursiva de Trump, solo “sirve para aislarlos de las masas y del mundo real”, como afirma Hannah Arendt.
El discurso de Trump, recuerda en mucho, las características discursivas de Hitler. Cuando se le escucha a Trump despotricar ante sus propios colaboradores , intenta hacerlo con una voz fuerte y altisonante, aunque la mediocridad lo supera y vence. Para Trump, sus adversarios son seres inferiores, casi que cucarachas. Sus arengas agrias y carentes de respeto alguno, recuerdan al Hitler que asaltó el poder en una Alemania empobrecida, plagada de desórdenes y carente de liderazgo. Algo parecido cree ver Trump en su país, de allí el show que monta de manera irresponsable. Por eso se explica que en sus últimas presentaciones ante miembros del ejército, militares de alta graduación se hayan retirado sin aplaudirle. Uno de ellos lo denunció ante el Tribunal Supremo bajo el argumento de que ha puesto en peligro la seguridad de los EE.UU. Como lo escribió Trotsky analizando el discurso de Hitler, Donald Trump en su discurso expulsa mensajes de venganza, desprecio. En su gestualidad y rostro es fácil leer la presencia de maldad, falto de sindéresis, excesos de abusos, mediocridad, ignorancia y autosuficiencia imperial. Nada lejos Trump del líder fascista italiano Mussolini, a quien Trotsky describió como “alguien más pragmático (que Hitler), adaptativo, maleable y religioso por conveniencia”. (Trotsky, León. (2001). La lucha contra el fascismo. Viento Sur. Barcelona, España).
El melodrama que ha montado Trump junto con su compinche Marco Rubio a la cabeza, señalando a Venezuela como un país donde se cultiva y procesa droga y así presidente Nicolás Maduro como el jefe del cártel y que hasta una recompensa de 50 millones de dólares por su cabeza han puesto, es la más clara demostración de un discurso falso, hueco, baladí, pueril y despreciable. Enviar una flota de buques destructores, con un submarino de propulsión nuclear y más de 4.000 marines al Mar Caribe, evidencian hasta dónde puede llegar la monomanía, el frenesí perverso de este psicópata de copete amarillo y de alma negra. Documentos oficiales de Naciones Unidas y de hasta la misma DEA (Oficina antinarcóticos de USA), dan cuenta que Venezuela no está un país productor ni procesador de estupefacientes. En Venezuela lo que existe es un inmenso lago de petróleo en su subsuelo que al parecer, es lo que le quita el sueño a los señores del llamado “Estado Profundo” que sueñan con apoderarse de él, cueste lo que cueste. Derrocar a Maduro e imponer un gobierno títere y servil, es el plan fascista de Trump. De allí su reality show montado en las hermosas aguas del Mar Caribe, en una zona declarada desmilitarizada por el Tratado de Tlatelolco.
El termino “fascismo”, explica el semiólogo italiano Umberto Eco, se adapta a todo. (Eco, Umberto. Conferencia dictada en Columbia, Nueva York, el 25 de abril de 1995). El discurso de Trump carece de sustancia. Es soso, desabrido y carente de profundidad. El neolenguaje empleado en él, es común al utilizado por otros políticos perversos que no piensan en sus pueblos pero sí en sus mezquinos intereses y en los bolsillos de sus amigos. Un verdadero pobre show ha montado mister Trump en el Mar Caribe con la intención de invadir Venezuela a quien considera es parte del “patio trasero” de los EE.UU, sin percatarse que el tiro les ha salido por la culata. El presidente Gustavo Petro de Colombia le ha denunciado en la ONU y le ha dicho en carta pública unas cuantas verdades. Lula Da Silva de Brasil ha rechazado la presencia militar gringa en el Caribe. Lo mismo han hecho los presidentes de Rusia y China. La otrora y poderosa democracia de los EE.UU ha decaído y se ha banalizado. En ello tiene mucho efecto la irresponsabilidad del trumpismo mediocre y almidonado de este presidente empresario cara e’ tabla llamado Donald Trump, un tipo que gusta del drama y del show.