Por Felix Roque Rivero
Corría el año 1976. Caracas, la ciudad de los techos rojos era (lo continúa siendo) el centro político de Venezuela. Los partidos políticos llevaban el peso de la actividad organizativa. Acción Democrática y Copei se alternaban en el control de la institucionalidad de los poderes públicos. La dictadura partidocratica que ejercían no daba lugar para más nadie. Sin embargo, el 19 de noviembre de 1973 había nacido una organización política que vendría a disputarle el terreno en los barrios, fábricas, universidades, liceos, en el campo. Se trataba de La Liga Socialista cuyo Secretario General era un joven y aguerrido dirigente nacido en Carora, estado Lara, que había deslumbrado en la Federación de Centros de Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV), que fue militante y jefe de la Juventud del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que estuvo preso en la cárcel de Sabaneta en Maracaibo, estado Zulia donde organizó una huelga nacional de presos políticos para salir en libertad a continuar sus luchas revolucionarias. Ese ser excepcional se llamaba Jorge Antonio Rodríguez, asesinado luego por las fuerzas represivas del gobierno presidido por Carlos Andrés Pérez, el 25 de julio de 1976. Ese compañero noble y justo, altivo, de palabra certera y precisa a quien conocimos y acompañamos por los senderos de la Patria, fue el padre (no dejará de serlo nunca), de la hoy presidenta encargada de la República Bolivariana de Venezuela.
Esa mujer de piel morena como la de su padre, de mirada profunda y de palabra precisa que le hablo al país al entregar la Memoria y Cuenta que por mandato constitucional tocaba presentar al presidente Nicolás Maduro Moros, al verla allí, en el lugar reservado a los oradores y oradoras en la Asamblea Nacional, me recordó a aquella niña delgadita y de ojos saltones que conocí una noche en la parroquia Caricuao, UD-3 donde vivía Jorge con su compañera y sus dos hijos: Jorge Jesús y Delcy Eloína. En la madrugada de aquella noche, el Maestro (así le decíamos a Jorge) me brindó una tasa de café que el mismo preparó y me dijo “compae Fele, ya es hora, vamos a Barquisimeto, paramos en Carora a visitar a mi madre y seguimos para Cabimas donde vamos a inaugurar la casa de la «Liga Socialista”. El salir, Jorge se despidió de su compañera y dio un beso a sus hijos. Al marcharnos, recuerdo que aquella niña se nos quedo mirando desde la puerta del apartamento y con su bracito delgadito nos dijo adiós.
Esa niña vivió el dolor profundo por la perdida de su padre a muy temprana edad. Al lado de su madre que se llama también Delcy y de su hermano, del cual nunca se ha desligado, fue creciendo, inteligente, con una agraciada sencillez culminó sus estudios, se graduó de abogada en la UCV, viajó a Londres y París, se especializó en ciencias fiscales, devoradora de libros pero más aún, observadora y detallista de los procesos sociales. La política vivía en su interior y eso iba a despuntar en algún momento.
Con la victoria electoral del Comandante Hugo Chávez, Delcy Eloína aparecería en los primeros planos. Desde el ministerio de la Presidencia de la República, Canciller, Vicepresidenta Ejecutiva, Presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, Ministra de Finanzas y de Hidricarburos, Directora de PDVSA y, ahora, por las circunstancias sobrevenidas tras el secuestro y apresamiento del presidente Maduro por fuerzas militares de los EEUU, Delcy Eloína Rodríguez Gómez asumió en carácter de encargada conforme a lo decidido por la Sala Constitucional, la presidencia de la República.
Hoy le escuchamos. Empezó con una frase profunda: “Venezuela vive hoy, una nueva política”. En esa frase de multiforme lectura, la presidenta, marcando líneas de su liderazgo, dio una lección de dignidad y de valentía. Fue un discurso breve que sirvió para presentar tres proyectos de leyes, orientar el destino y el carácter social de los nuevos ingresos por venta de petróleo, los cuales han de ser manejados con pulcritud, advirtiendo que será inclemente en la lucha contra la corrupción, creación de un Fondo Soberano para la protección de los ingresos de las y los trabajadores.
Al terminar su discurso, la cámara la fue enfocando, saludando con sencillez a todas y todos, con un aplomo de quien sabe el inmenso compromiso que ha caído sobre sus hombros pero, dejándole saber a todos, incluyendo a los invasores imperiales que han herido a la Patria, que en Venezuela existe un gobierno decidido a defender al pueblo, la soberanía y la dignidad de las y los venezolanos. La evolución integral de aquella niña que conocí en Caricuao no deja lugar a dudas. Jorge Antonio Rodríguez, su padre, seguro estará feliz de saber que dejó una semilla que hoy se multiplica en los senderos fértiles de la Patria para el bien y la felicidad del pueblo que tanto amó.