Por Félix Roque Rivero
I
La noche de ese día jueves 25 de marzo, el Brooklyn neoyorquino de Sunset Park lucía sereno. Las calles húmedas como de películas policiacas y los bares repletos de hombres con miradas perplejas ante las pantallas que iban anunciado las apuestas. En la cárcel de máxima seguridad, llamada Metropolitan Detention Center de Long Island, condado de Kings, los presos hacían sus rutinas, reclinados en algún recoveco maloliente a orine, mascullando tabacos de mala calidad, jugaban a las cartas cantando a coros “Juan Albañil” canción de salsa vieja muy emblemática que recordaba al hombre humilde trabajador que nunca faltaba a los entierros de la gente pobre. En una de aquellas celdas M cavilaba mirando el techo pintado de azul, los barrotes irrompibles y la camita de metal donde su larga y fornida humanidad reposaba. Su proceso daría inicio al día siguiente y M pensaba en esa audiencia presidida por un anciano juez, en los cargos que el fiscal iba a formular, en las pruebas, en su propia defensa. Pensaba en su mujer, sus hijos, en su pueblo que lo había elegido como su presidente y que seguramente oraba al Altísimo por su regreso. Se sabía inocente de las acusaciones pero M no se caía a engaños. Se sabía un prisionero de guerra, secuestrado de manera cruel y salvaje. Querían a un culpable y el sistema lo había escogido a él. A muchos contratiempos se había enfrentado M; su vida estuvo muchas veces en peligro y sus habilidades y fortaleza espiritual lo habían salvado. Pero esto era distinto y M lo sabía. En aquella pequeña y solitaria celda M organizaba los prolegómenos de su proceso que sería largo, con casi todo en contra. La noche transcurrió azarosa y, antes de que el alba despuntara, M sintió la presencia de uno de sus celadores quien, parado frente a celda y con voz marcial ordenó: “M, ya es hora, vamos”.
II
Vestido con una braga de color gris, M colocó sus grandes manos de jugador de béisbol en el lugar convenido y el guardia procedió a colocarles las esposas de acero inoxidable que al cerrarse sonaron a cerradura de baúl antiguo. El celador abrió la pesada puerta y procedió a colocarle a M unos grilletes con una cadena que daba vueltas a su cintura y que ataban de tal manera a M que apenas si podía caminar. Su enorme humanidad atravesaba lentamente aquellos pasillos sintiendo la mirada de los otros presos que parecían sostenerlo con firmeza hidalga. En las afueras, una larga caravana de vehículos blindados y de color negro con luces multicolores y con personal armado hasta los dientes, aguardaban expectantes para conducir a M hasta el Tribunal federal de distrito para ser presentado ante el honorable Alvin Hellerstein, el juez de 92 años que lo juzgaría. La caravana inició su recorrido a toda velocidad, los semáforos habían sido sincronizados y todos estaban en verde para que nada perturbara el camino. En una de aquellas camionetas iba M mirando por una de las ventanas. Los rascacielos lucían como molinos de viento parecidos a aquellos a que se había enfrentado el Quijote. La estatua de La Libertad lucía jaquetona con su enorme antorcha semejante a una brocha de pintor barato y su túnica de mármol blanco sucio por las cagadas de las palomas. Por las calles de la Gran Manzana las personas iban y venían sin saludarse, mirando la calzada, apresurados para no perder el tren. Eran como las 10 de la mañana cuando los vehículos se detuvieron, hicieron espacio y uno de ellos entró por un portón que se abrió de repente y se cerró de inmediato, M ya estaba dentro del tribunal.
III
El alguacil, según la costumbre pronunció la frase de ritual “all rise” y automáticamente todos en la sala se pusieron de pie, la puerta se abrió y apareció el juez Alvin. Caminaba despacio arrastrando la toga y ajustándose los lentes de carey, se sentó en su sillón y mirando fijamente a M ordenó a la fiscalía que consignara sus elementos probatorios de los cargos ya leídos en la primera oportunidad. Tomó la palabra el abogado defensor de M, un experimentado especialista en Derecho Penal y lleno de convicción afirmó: Ciudadano Juez, este caso no tiene razón de ser, no existen pruebas contra mi defendido, él es el legítimo presidente de su país y goza del privilegio de inmunidad reconocido por Naciones Unidas, tiene derecho a una defensa adecuada y eso se le está negando al prohibirse que su país cancele los honorarios de sus abogados. Por ello y con respeto su señoría, solicito el desestimiento de esta causa, el archivo del expediente y la libertad plena e inmediata de mi cliente. El juez volvió a mirar a M y como si tuviera una cámara de filmación, fue recorriendo todos los planos de su tribunal hasta detenerse en el abogado defensor. Se quitó los lentes de carey y mirando el viejo ventilador le dijo: abogado no voy a desestimar este caso, ordeno que las pruebas se resguarden y se proteja la identidad de los testigos promovidos y tomando su viejo martillo golpeó el pedazo de cuero que estaba sobre su escritorio y sentenció: ¡este proceso apenas comienza!
IV
La sala del tribunal se fue quedando vacía, M permanecía sentado con sus manos en posición de rezo. Los fantasmas que lo alimentaban y sostenían lo llevaron a recorrer caminos transitados, a releer libros que él ya había leído. Sentía que ese viejo sistema judicial que lo juzgaba era el mismo que había llevado al cadalso a miles de negros en las plantaciones algodoneras de los amos, el mismo que legalizó el despojo de la mitad del territorio mexicano a sus verdaderos dueños, un sistema que absolvía a los culpables y condenaba a los inocentes, M repasaba cada palabra y argumentos de sus abogados, algo le decía que no era en aquellos códigos y leyes ni en vetustos libros de jurisprudencia donde encontraría justicia. En aquella sala que lucía solitaria, M se mostraba sereno y seguro de sí mismo, consciente estaba de enfrentarse a un enemigo muy poderoso y capaz de todo que había hundido sus garras en su cuerpo y que no estaba dispuesto a soltarlo y dejarlo ir, su caso no era como aquellos capítulos de la serie televisiva “La Ley y el Orden” donde los buenos nunca perdían porque la policía era la perfección de lo perfecto, M miraba al viejo ventilador que movía sus aspas a una velocidad pasmosa que no mitigaba el intenso calor que en la sala ponía a sudar a todos. Sentado en aquel banco de madera pulida, M recordaba a la clase trabajadora de donde provenía, de como había pasado de ser un humilde chofer de autobuses a presidente de su patria. Todo le decía que aquel proceso era inútil, que más allá de las apariencias y las formalidades, a él se la tenían jurada y no le dejarían salir de aquel laberinto infernal. Sabiéndose inocente de los cargos, M es solamente un caso sin conexión y carente de significado como lo resumió Franz Kafka en su novela titulada “El proceso”. M se representaba asimismo en su inocencia y también representaba a millones que a diario resistían las embestidas de aquel dragón de dos cabezas que vomitando fuego y azufre se creía el amo de todos. M esperaba en que el tiempo le daría la razón. Su optimismo era el arma que M tenía para convencer al jurado. Ya en su celda de la MDC Brooklyn, M pensó en Nelson Mandela y apretando el puño de su mano izquierda sentenció ¡No han podido ni podrán! Un fantasma que se asomó a su celda le dijo Alea iacta est.