Por Eleazar Mujica Sánchez[1]
“La riqueza petrolera, por ejemplo, ¿en qué utilizarla? Algunos andan diciendo que yo soy un oligarca ahora, por ahí dijeron, que somos los oligarcas los que ahora tenemos el petróleo, claro, porque algunos pensaban privatizar PDVSA. Imagínense ustedes si lo hubieran logrado ¿Qué herramienta tuviéramos nosotros hoy para luchar por los intereses de la OPEP, por ejemplo, si hubiésemos privatizado PDVSA? ¿Con qué herramienta contaríamos para acumular o para iniciar como hemos iniciado un proceso de acumulación de capital interno? ¿Con qué? Imposible hubiese sido arrancar (…)
Entonces, la batalla económica, la transformación del modelo económico, levantar las actividades económicas productivas para ir saliendo progresivamente del modelo rentista petrolero, es un reto que tenemos por delante” (Subrayado nuestro).Hugo Chávez Frías, alocución en su juramentación como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela para el periodo (2000-2006), Palacio Legislativo, 19 de agosto de 2000.
La vieja PDVSA Instrumento al Servicio de la Aculturación Capitalista en el País
Lo que se ha descrito y analizado, desde la perspectiva de una sociología crítica del petróleo, en las partes anteriores (I, II y III) de lo que he titulado: A 50 Años de una Traición Petrolera, son elementos que sirven para indicar que, desde un primer momento, PDVSA y toda aquella estructura petrolera nació con claros fines antinacionales, presto a la privatización y a un proceso desnacionalizador, sin parangón, en provecho del cartel petrolero internacional. En definitiva, su nacimiento, lógica, valores y razón de ser, se constituyó en una verdadera traición al soberano que, en lo absoluto, no es digna de merecer celebración alguna al arribar este 30 de agosto de 2025 a medio siglo de existencia. Se reitera, aquella PDVSA no podemos celebrarla. Sencillamente, amplió la brecha entre ricos y pobres, profundizando las desigualdades y exclusiones, a tal punto que jamás pudo el pueblo humilde sentir algún vínculo real con PDVSA. Sus puertas y edificios se volvieron más fríos y apátridas.
Por ello, es muy importante destacar que, su instrumentación como empresa petrolera no sólo tuvo intereses e impactos en proporcionales beneficios económicos para el capital transnacional, sino que también continuó la labor de cultura de conquista que las transnacionales lograron en aquella Venezuela de enclave petrolero. De allí que, a lo largo del siglo XX el proceso de deculturación —vale decir de erradicación de la cultura original que ya venía trastocada, desde la llegada del imperio español, hacia finales del siglo XV— mientras su legendaria aculturación se verá, posteriormente, basada en nuevos símbolos, valores y cultura que se van a intensificar con la dinámica socioeconómica, política, cultural, diplomática y hasta de relaciones internacionales que el petróleo le imprime con énfasis a nuestro país desde las primeras décadas de ese siglo.
En síntesis, se modificará la identidad nacional, así como el quehacer y modo de ser del venezolano, incluida la modificación de sus hábitos alimenticios. Las transnacionales promoverán estos cambios de manera acelerada y de ello obtendrán las mayores plusvalías en todos los ámbitos para consolidar su modelo de dominación y tutelaje sobre la sociedad venezolana.
Para ilustrar esto, subrayemos que, hacia finales de los años 40 del siglo XX, la familia Rockefeller muy allegada o vinculada con Rómulo Betancourt, transformó lo que funcionaba, por ejemplo, en Maracaibo, en el estado Zulia, —el estado por excelencia petrolero para la época[1]—, como un Supermercado en lo que desde 1948 se conocerá como los supermercados CADA, extendiéndose, aproximadamente a mediado de los años 50, bajo la dictadura de Pérez Jiménez —Nelson Rockefeller también fue amigo de Pérez Jiménez, ya se ha señalado parafraseando a Marx que “el capital no tiene patria ni amores” y Rockefeller pudo sin mayores complejos, ser amigos de los dos políticos enfrentados, vale decir de Pérez Jiménez y Betancourt—, a Caracas y Valencia, en el estado Carabobo.
Además, la Creole, —filial del entonces Esso, emporio petrolero de Rockefeller y el de mayor poderío petrolero en el país, tras desplazar al grupo de la Royal Dutch Shell que como se ha señalado fueron los primeros en llegar y apoderarse del negocio petrolero en el país—participó activamente en la televisión venezolana, llegando a tener un programa pionero en la televisión venezolana. Se trata del Observador Creole, —Por cierto, RCTV también tuvo un noticiero que se llamó El Observador, cualquier coincidencia con la realidad es solo fantasía— un noticiero que se inició en 1953, a escaso un año del nacimiento de la televisión en Venezuela, y funcionó durante 20 años, más que informando sobre el acontecer nacional e internacional, era ideologizando sus valores y promoviendo el fetiche de sus mercancías para responder a los intereses geopolíticos y económicos de EEUU en detrimento del proyecto alternativo del socialismo que se proponía desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Para que no quede duda de esto que afirmo, el Observador Creole era una extensión del Reporter Esso, noticiero de radio que desde 1939 auspició la casa matriz Standard Oil of New Jersey. La PDVSA que nace hereda todas estas estrategias y racionalidad corporativista, no es casual que los Cuadernos Lagoven que nacen en 1976 pasan a sustituir la revista El Farol, una publicación cultural de la Creole, filial trasnacional de la Exxon que luego va a crear a Lagoven, como ya se explicó en la parte II. En fin, toda una forma particular de informar, comunicar, pero, sobre todo de alienar a una sociedad que vertiginosamente y, sin planificación, dejó rápidamente de ser una población rural para convertirse en un país de mayor población urbana. En efecto, todavía en 1936 el 65.3 % de nuestra población era rural, en tanto que un 34.7% era urbana, aunque en tan solo 35 años, es decir, en 1971 la población urbana alcanzaba el 77.2% y ya finalizando el siglo, en el 2000, la población urbana era de 87.11%.[2]
Hay una revolución producida por el petróleo ante el vertiginoso e inédito cambio que genera el petróleo con su ingreso sobre la sociedad venezolana. Grosso modo,indudablementeel petróleo en Venezuela ha traído apareado un crecimiento y modificaciones sustanciales en el fenotipo del país, empero no su desarrollo y, por tanto, tampoco ocurre una modificación real en sus estructura o genotipo, pues al fina seguimos siendo un país de economía dependiente, subdesarrollado y todo ello, a pesar de las ingentes riquezas sin precedente que el petróleo va a representar en comparación a la Venezuela agrícola, primero bajo el influjo de los mayores ingresos por cacao y luego por café[3]. Indudablemente, durante toda la Colonia, el producto principal de exportación fue el cacao. Cuando empezaron a tenerse estadísticas en la tercera República, la que comenzó en 1830, el cacao había dejado de tener el primer puesto y lo tenía el café, y lo tuvo durante todo el siglo XIX, y hasta 1925, cuando resulta desplazado por el petróleo.
No es casual que Herrera Luque en su extraordinario libro: Los amos del valle, hablará de los grandes cacaos, especie de nobleza criolla, que se asienta sobre las familias mantuanas caraqueñas que amasan sus fortunas y poder gracias al cultivo y comercio del cacao.
Por lo cual, la dinámica del petróleo ha dado lugar no solo a un influjo y transformación económica, sino que también ha generado una cultura del rentismo que resulta en sinónimo de una malformación del sistema capitalista en Venezuela, dado que no se corresponde con un modelo normal de capitalismo, sino más bien parasitario y transculturizado, negador de su propia identidad. El rentismo petrolero y el populismo es por excelencia producto y rasgo distintivo del Trienio adeco. Indudablemente:
En aquel contexto del siglo XX, los gobiernos que asumen el populismo desde el Trienio Adeco (1945-1948), ensayo político que se instaura luego del derrocamiento de Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, liderado por Rómulo Betancourt, procuraron siempre el establecimiento de un modelo económico político retrogrado que desestimulaba el pago de impuestos al gobierno, a cambios de lealtad política, con lo cual se buscaba generar una ilusión de “bienestar” social, aunque no pudo ir más allá de una modernidad ficticia que fuese siquiera capaz de garantizar una verdadera reforma agraria y menos poner en marcha el desarrollo de las fuerzas productivas que permitiesen decididamente la inversión del ingreso petrolero en sectores productivos de la economía nacional. Por el contrario, consolidaron los hilos de la dependencia económica y política que, en no pocas oportunidades, fungió como apéndice de la política exterior de EEUU, la Doctrina Betancourt es un vivo ejemplo de ello. Además, el modelo de sustitución de importaciones que, desde 1958 se convirtió en el lema orientador de los sucesivos planes para desarrollar el país, tras los proventos del petróleo que le servía de base y motor de dichos objetivos, veían agotada su posibilidad real en apenas dos décadas, vale decir, en 1978, a tan solo dos años de haber entrado en acción sobre la industria petrolera una “nacionalización” chucuta y concertada con el capital transnacional el 1 de enero de 1976. (Mujica Sánchez, Eleazar, 9 de agosto de 2025)
En suma, en Venezuela, la actividad petrolera y su rol como factor de intercambio económico resume nuestro devenir histórico durante los últimos cien años. Por consiguiente, el petróleo ha sido el rasgo distintivo del modelo económico venezolano dependiente que se consolida, desde 1925[4] cuando se convierte en la principal fuente de ingreso y, muy especialmente, a partir del año de 1928 cuando el país, tras el declive que sufre el petróleo mexicano[5], pasó a convertirse en el primer exportador y a debatirse en algunos momentos entre el segundo y tercer mayor productor a escala mundial, detrás de EE.UU., y la entonces Unión Soviética, estatus que mantuvo, como país exportador, hasta 1970 cuando alcanza su techo máximo de producción de 3.708.146 b/d.
Desde luego, hay una historia reciente de diferencias y también de ardua lucha entre nuestro modelo político del Socialismo Bolivariano en el siglo XXI contra toda la tropelía de esa apátrida racionalidad tecnocrática y burocrática de la “gente del petróleo”[6] que se refugió bajo el mito de la “meritocracia petrolera”. Sin dudas, nuestro modelo petrolero como Revolución Bolivariana, reivindica la Política de Plena Soberanía Petrolera que, el 6 de marzo de 2003, tras la superación del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y el sabotaje petrolero, perpetrado entre el 2 de diciembre de 2002 y 3 de febrero de 2003, permite dar nacimiento a una nueva PDVSA, la PDVSA chavista y bolivariana. En honor a la verdad, ha sido, el comandante Hugo Chávez y, más ampliamente, la Revolución Bolivariana, ahora con nuestro presidente Nicolás Maduro, la que ha puesto freno al proceso de desnacionalización y privatización que nació con PDVSA hace medio siglo. Por ello, puede hablarse desde marzo del 2003 de una nueva PDVSA.
Desde luego, han sido enormes los esfuerzos por superar tensiones y provocaciones a lo interno de la industria. Por supuesto, en la historia reciente hemos sido testigo de que aquellas batallas no cesaron en el 2002-2003, la realidad histórica, “síntesis de múltiples determinaciones”, como diría Marx, indica que aun en este septiembre de 2025, siguen latentes. Por tanto, en estos momentos de nuestra historia y ante las nuevas amenazas imperiales, los revolucionarios debemos estar alertas, como diría nuestro Libertador Simón Bolívar, durante su a locución ante la Sociedad Patriótica el 4 de julio de 1811, en su llamado a la unidad para la independencia de nuestra América, “vacilar es perdernos”.
De cualquier manera, si alguna PDVSA, se puede honrar es, a la nueva PDVSA que nace aquel 6 de marzo de 2003, cuya Junta Directiva fue designada por el presidente Hugo Chávez y liderada por el legendario Alí Rodríguez Araque, quien fue ratificado en la Presidencia de PDVSA, jefatura que venía ocupando desde junio de 2002, cuando abandona, por solicitud del presidente Chávez, su condición de secretario general de la OPEP para ocuparse de la Presidencia de PDVSA que, hasta el 12 de abril de 2002, ocupó el economista y profesor universitario patriota, Gastón Parra Luzardo.
Como quiera que sea, en este nuevo escenario debemos ser vigilante, pues la cultura adeca y la cultura petrolera, de conquista que gestaron las transnacionales, a lo largo de todo el siglo XX, en nuestro país, aún pesa en el imaginario y praxis en ciertos sectores y gerentes venezolanos. Por eso, no es casual los deslindes que se han suscitado, luego de 2003, en la industria petrolera con las actuaciones ignominiosas por parte de algunos altos funcionarios de la estatal petrolera. En tal sentido, el pueblo propietario del recurso petrolero debe velar porque PDVSA, más nunca vuelva a tributar y servir de mampara a los intereses trasnacionales en detrimento de la patria, como bien lo enfatizó el comandante Chávez, “más nunca debe revivir esa nefasta corporación que fue Petróleos de Venezuela, un verdadero engendro de lo que no debe ser nunca jamás una empresa del Estado nacional…” (alocución durante la designación de la nueva Junta Directiva de PDVSA y nacimiento de la Nueva PDVSA, Palacio de Miraflores, 6 de marzo de 2003). La nueva PDVSA, como consecuencia del cumulo de esfuerzos para su creación, debe estar subordinada absolutamente a la República y a los intereses de la nación venezolana.
La Vieja PDVSA y su “Meritocracia” Retrograda, Siempre en Detrimento del Interés Nacional
La gerencia petrolera que lleva a cabo la “nacionalización”, la misma que, al mismo tiempo, asume a PDVSA en sus políticas y esquemas, sin duda alguna, terminó siendo más retrograda y entreguista en comparación con lo acontecido, en esta materia, en la época de Juan Vicente Gómez (1908-1935). En efecto, hay una enorme diferencia, por ejemplo, entre sus más conspicuos gerentes y la figura gomecista, por ejemplo, del médico falconiano, ferviente estudioso del petróleo, Dr. Gumersindo Torres, ministro de Fomento, —ente que, como ya se ha dicho llevó la responsabilidad de lo minero, incluido lo petrolero, desde 1863 hasta finales de 1950, cuando se creó el Ministerio de Minas e Hidrocarburos— y autor de la primera Ley Petrolera, en junio de 1920, con la cual, en un intento nacionalista se buscó frenar las usurpaciones de las empresas concesionarias, mediante clausulas y artículos que pretendieron mayores reivindicaciones para el país. No en vano se le asocia a Torres con el patriarcado[7] del nacionalismo petrolero en nuestro país, pese a que ello ocurre bajo la dictadura de Gómez, quien ha sido calificado por la literatura crítica como un cachorro del imperialismo gringo.
Grosso modo, se podría afirmar que la tendencia entre aquel año de 1920 cuando nace nuestra legislación petrolera y hasta 1975 cuando se produce la LOREICH y seguidamente el nacimiento de PDVSA, fue la de apostar por una mayor participación sobre el negocio petrolero, por lo menos, en lo teórico y en las leyes promulgadas. Sin embargo, con la excepción del fifty-fifty de Rómulo Gallegos, este se constituyó en un retroceso con respecto a la participación alcanzada en el gobierno de Medina Angarita[8] con la gran reforma petrolera de 1943. Aunque, la historiografía adeca, en especial, Rómulo Betancourt con su libro: Venezuela, política y petróleo, convirtió esto en el mito de la mayor participación fiscal del Estado.[9]
A partir de la promulgación de la Ley de Impuesto Sobre la Renta de 1942 y de la Ley de Hidrocarburos de 1943 durante el gobierno del General Isaías Medina Angarita, el Estado venezolano logró hacer efectiva en el ámbito petrolero sus prerrogativas de Estado propietario y soberano.
Hasta ese momento, el Estado venezolano no reclamaba a las petroleras el Impuesto Sobre La Renta, su participación se había limitado al “cobro” de regalías, cuyo máximo había sido de un 15 % y en promedio de un 9 %. Con aquella Gran Reforma Petrolera el Estado no sólo se permitía perchar a las compañías con una tasa mayor de regalías situada en 16,66 %, sino que además estableció un Impuesto Sobre la Renta que garantizó la soberanía impositiva del Estado. Todo lo cual le brindó la oportunidad de superar una participación mayor al 50%. Sin dudas, con esta ley el Estado hace valer simultáneamente el doble papel o carácter que siempre le estuvo negado por las compañías escudado en los principales derechos adquiridos, la de Estado propietario y Estado soberano. Efectivamente, Salvador De la Plaza cuyas premisas desmitificar tal situación, nos advierte que:
A la Ley de 1943, pues se debió que las Compañías empezaran a pagar el Impuesto Sobre la Renta y, desde ese momento, abierta la puerta no para un ficticio 50%, sino para, incluso, un efectivo 75%, si Congresos y Junta de Gobierno con facultades legislativas, interpretando los anhelos populares y los sagrados intereses de la Nación, hubieran adaptado a ese fin la escala progresiva del impuesto complementario del Impuesto sobre la Renta. No ocurrió así y, por el contrario, el “convenio 50-50” a que aludió el Ministro de Hacienda en su charla televisada en defensa de la contratación del empréstito exterior para pagar #deudas heredadas de la tiranía” (1996, pp.133-134).
De hecho, esta Ley de 1943 que fue ratificada por el Trienio Adeco continuó vigente hasta el 31 de diciembre de 2001 casi en todo su articulado, sufriendo apenas tres modificaciones, una en 1955 durante la Dictadura de Pérez Jiménez, otra en 1967 bajo el Gobierno de Raúl Leoni y la ultima en 1991 bajo el segundo Gobierno de Carlos Andrés Pérez, cuando la entonces Corte Suprema de Justicia, —como lo explique en la parte III— derogó su artículo 3 para facilitar el camino a la Turbo Apertura Petroleraen correspondencia con los pautados de la globalización neoliberal que ya se hacía impérate tras la caída de los países socialistas del Este y cuyo fin último era la privatización de PDVSA y la salida de Venezuela de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP).
No obstante, la historiografía adeca –esa misma que concibe el 18 de octubre de 1945 como la revolución de octubre y no como un golpe de Estado-, basada en la obra de Betancourt y que ha hecho de su libro: “Venezuela política y petróleo, si se quiere, un tótem, instituyó hegemónicamente la matriz de opinión, según la cual durante el Trienio Adeco (1945-1948) y, en especial, con la reforma petrolera de Rómulo Gallegos, ocurrida el 12 de noviembre de 1948 y conocida como el Fifty-Fifty, o lo que es lo mismo el 50 y 50, el Estado venezolano había pasado a obtener por vez primera la mayor participación en el ámbito de los Hidrocarburos. Sin embargo, al contratársele con la política petrolera de Medina Angarita se puede desmontar ese mito que aún es acogido, no por casualidad por los mismos que hoy adversan la política petrolera de nuestra Revolución Bolivariana.
Ciertamente, con la política petrolera de Medina, se establece la obtención de una renta petrolera, correspondiente aproximadamente al 50% de los beneficios de la explotación petrolera, que sumada a lo que se debía percibir por el ISLR, coloca al Estado en la perspectiva de alcanzar una participación, en promedio, equivalente al 60% de los beneficios totales de la producción.
En ese sentido, importa señalar que con el presidente Edgar Sanabria hacia finales de 1958 se introdujeron cambios radicales en la Ley de Impuesto Sobre la Renta. En efecto, el 19 de diciembre de ese año el presidente provisional del país, Edgar Sanabria, poco después del triunfo electoral de Rómulo Betancourt y algo más de dos meses antes de entregar el mando, dicta el Decreto N° 476 mediante el cual se obtiene una tasa máxima del 47,5%, un incremento significativo si se toma en cuenta que la tasa máxima existente hasta ese momento, era del 28,5%. Esto, sumado a la regalía de16,2/3%, contemplada en la Ley de Hidrocarburos del 43 de Medina Angarita, así como de otros impuestos permitieron que la participación del Estado resultase en más de un 60% —entre 66 y 68%, realmente—.
Sobre la base de esto, es importante precisa que:
El Decreto del 19 de diciembre de 1958 (…) independizó a Venezuela del “Convenio Secreto 50-50” de 1948, demostrando, por otra parte, que, sin necesidad de una nueva Ley de Hidrocarburos, el Estado puede aumentar la participación de la Nación en las utilidades de las empresas petroleras y llevarlas, si esa fuere la decisión del movimiento nacionalista, a 75% o más. Pero para que se luche con entusiasmo por ese objetivo, es necesario que los venezolanos sepan y entiendan que el “royalty” no es un impuesto y, por tanto, que no debe ser incluido en la participación en las utilidades. El “royalty”, capital de la Nación, de todos los venezolanos, que se está extrayendo del subsuelo, nunca más se recuperará, y para oprobio de las clases dominantes y de los gobiernos que les han servido, se le ha estado despilfarrando como si fuera una renta. (de la Plaza, Salvador, 1974, p.64)
A pesar de esto, de la Plaza, Rísquez Iribarren y Guerere Añez advierten que, como cosa curiosa, si bien Sanabria aumentó el Impuesto Sobre la Renta, no adoptó la lógica medida consiguiente de elimina de la Ley de Impuesto sobre la Renta el articulado correspondiente al impuesto adicional que consagró el 50-50. Ello no fue producto de un olvido involuntario, sino que fue dejado así en beneficio de las compañías petroleras… Ninguna explicación tiene haberlo dejado subsistente, por cuanto ahora la relación de la cuota de participación es superior al 50%, como en él se establece. (1973, p.61)
De cualquier manera, antes del decreto de Sanabria, por ejemplo, en 1956, la proporción de participación del Estado, sobre la Ley de Hidrocarburos de 1943, era del 52% frente al 48% de las compañías— esta cifra del año 1956 la reconoció públicamente hasta el mismo José Antonio Mayobre, ministro de Minas e Hidrocarburos de Raúl Leoni, entre 1967 y 1969. También luego de aquel decreto de Sanabria, la participación fiscal total o proporción de la participación del Estado en las utilidades de la industria petrolera pasó a 71% en 1969, 77% en 1972, a 82% en 1973 y, en más de un 90% en 1975, previo a la “nacionalización”. Al respecto, no hay que perder de vista que, en diciembre de 1970 se creó el término o la figura de Valores de Exportación y el 6 de enero de 1971 se dicta el Reglamento Sobre Fijación de Valores de Exportación de los Hidrocarburos. Seguidamente, como la temporalidad de los Valores de Exportación era de tres años, el 17 de octubre de 1972 se establecen los valores de exportación para los hidrocarburos venezolanos y sus derivados para el año 1973. Como, se explicó en la parte III, esta figura continuó activa hasta 1995, dado que el 30 de junio de 1993 se procedió a su eliminación gradual por el Ejecutivo, a solicitud de PDSA.
Paradójicamente, —aunque entendible en su racionalidad de jinete de Troya—, la PDVSA que nace en 1975 y entra en acción en 1976 viene, con el amparo y la permisividad de los expuesto en los 28 artículos que componen a la LOREICH, a anular todas estas conquistas en provecho de los intereses apátridas de las transnacionales, hasta el punto que, en aquellos años, voceros de la entonces Exxon, llegaron a señalar con respecto a la “nacionalización” venezolana que esta se había convertido en el mayor negocio de esa compañía gringa en toda su historia. Por ello, el nivel de participación del Estado en la actividad petrolera por encima de un 90% en el año de 1975, según lo que indican las estadísticas oficiales de aquellos años, por ejemplo, el PODE (Petróleo y Otros Datos Estadísticos), desde luego, con el amañamiento de PDVSA, pareciera más bien un arreglo teórico en la contabilidad de los datos, por ello, dudosa en la praxis. De lo contrario, no se podría entender los pingues negocios de los que hablaba la alta gerencia de la Exxon con respecto a la “nacionalización” en Venezuela.
¡Otra vez, Pérez Alfonzo!
Resulta evidente, —tal como lo indiqué en la parte III— que, luego de la “nacionalización”, la participación fiscal del Estado termina cayendo en comparación con los niveles alcanzados en los años previos a la “nacionalización”. A propósito, hasta Pérez Alfonzo, un artífice de la política petrolera de Acción Democrática —dos veces Ministro, encargado de lo petrolero, primeramente, como ministro de Fomento durante el Trienio Adeco (1945-1948) y luego como ministro de Minas e Hidrocarburos entre 1959-1964— cuestionó todo aquello y marcó mayor distancia que la que ya tenía, desde hacía varios años. Sabía Pérez Alfonzo que PDVSA le daba una bofetada a la CVP, fundada el 19 de abril de 1960, bajo su condición como ministro de Minas e Hidrocarburos, durante el segundo gobierno de Rómulo Betancourt (1959-1964).
Aunque, ya antes, en una entrevista realizada en abril de 1975, titulada: “La Nacionalización Petrolera y el Futuro de Venezuela”, la cual forma parte de su libro: “Hundiéndonos en el excremento del diablo”,Pérez Alfonzo, advertía sobre la posibilidad de otra nacionalización chucuta para el petróleo, ya en el imaginario colectivo venezolano a la “nacionalización” del hierro del 1 de enero de 1975 se le tenía calificaba de chucuta. Hasta el mismo presidente Pérez, a pesar de vender su “nacionalización” como un acto heroico, pone en evidencia el saqueo que sobre el hierro hacen las transnacionales entre 1950 y 1974.[10] De cualquier modo, como bien lo refiere Pérez Alfonzo, el acto de nacionalización no fue completo y, por ende, no resolvió el trato injusto en la producción y el comercio sobre tan importante recurso mineral por parte de las transnacionales. Por consiguiente, el Estado venezolano seguía siendo expoliando por el capital privado internacional.
Por otro lado, en 1978, Pérez Alfonzo, un año antes de su muerte –acaecida en 1979- y a escasos dos años de aquella “nacionalización chucuta”, en reflexiones que expone en uno de sus últimos ensayos: Venezuela se acerca a la debacle, publicado en 1978,enfatiza que “los técnicos burócratas saben bien que la dispersión de los verdaderos accionistas de la empresa, el abusado pueblo venezolano, nunca han sentido como suya esa riqueza y quienes legítimamente representan sus derechos, siempre olvidan sus responsabilidades una vez llegadas a sus sitiales”. ([1978] 2008, p. 58).
En fin, tras demostrar cómo en 1978 la participación fiscal caía en comparación con los años previos a la “nacionalización”, afirma que “son estos efectos de una burocracia soberbia e insensible a los verdaderos intereses del pueblo venezolano, a quien ningunas cuentas rinden, sino que, por el contrario, todo lo encubren”. (Ibidem, 59) Obviamente, Pérez Alfonzo, de un modo premonitorio, adelanta como desde su origen PDVSA fue secuestrada por esa elite burocrática y tecnocrática, en provecho del gran capital transnacional, especialmente el estadounidense, en detrimento, desde luego, del pueblo venezolano. Ergo, ya hay en la visión de Pérez Alfonzo, los elementos que posteriormente harán definir a PDVSA como una caja negra y un “Estado dentro del Estado”, tras definir y elaborar su propia agenda sin consultar al Ejecutivo Nacional[11].
Dentro de esta perspectiva, Pérez Alfonzo rechazó de manera enfática los objetivos del V Plan de la Nación[12] por estimar que comprometía el futuro de Venezuela por el desmesurado nivel de endeudamiento a que se estaba sometiendo a la economía nacional. De hecho, en 1976, vale decir, el mismo año en que entra en acción la “nacionalización” de la industria con PDVSA, Pérez Alfonzo, advirtió que “el trajinado V Plan constituiría simple y llanamente un Plan de Destrucción Nacional”. (1976, p.337)
No debe perderse de vista que bajo el eslogan de “la Gran Venezuela”, el Gobierno de Pérez impulsó un ambicioso “capitalismo de Estado” y con los ingresos del petróleo se pagaron modernas infraestructurasy se nacionalizaron de manera chucuta, en el lenguaje de Pérez Alfonzo, también las industrias básicas dedicadas a la metalurgia, la energía eléctrica y otras actividades. El Estado venezolano se convirtió en uno de los principales agentes económicos y uno de los mayores empleadores del país. Su dinámico crecimiento atrajo a muchos migrantes suramericanos de Colombia y también de los países del Cono Sur inoculados por el virus de los regímenes dictatoriales, a Venezuela saudita.
En alusión a toda esta realidad, Pérez Alfonzo pone de manifiesto en el libro: “Hundiéndonos en el excremento del Diablo”, cuyo prólogo estuvo a cargo del economista marxista venezolano, Francisco Mieres, su asombro de cómo ya en 1974, tras el boom de los precios del petróleo, se recibieron más ingresos que todos los recibidos por el Estado desde 1917 hasta 1965, es decir, en un lapso de casi 50 años, en su opinión, es esta vorágine de ingresos petroleros lo que dificultad la posibilidad de “sembrar el petróleo”, por el contrario las súbitas sumas de dineros originan las más imprudentes acciones como las que dieron lugar al faraónico V Plan de la Nación. En efecto, a su juicio estaba más que comprobado que las limitadas posibilidades de uso eficientes de los capitales convertían en un mito aquello de la “siembra del petróleo”.
De allí que no es casual que, en varios de sus libros (“Hundiéndonos en el excremento del diablo”; “El Desastre” y “Alternativa”) catalogará alV Plan de la Nación,diseñado y ejecutado por el presidente Carlos Andrés Pérez, en su primer gobierno (1974-1979) de la mano de su ministro de Cordiplán, Gumersindo Rodríguez, como un Plan de Destrucción Nacional. Ergo que, este último Pérez Alfonzo, aun cuando él mismo reconoce al final de su libro: “Hundiéndonos en el excremento del diablo”, la influencia que en materia petrolera tuvo en él, Rómulo Betancourt, tras argumentar “creo necesario declarar una vez más que toda la labor que me correspondió realizar en esta importante materia petrolera, no la habría podido llevar a cabo sin la colaboración de ese partido, ni sin el estímulo de Betancourt”. (Op, cit, p.372) No obstante, después de su muerte, acaecida en 1979, el puntofijismo, lejos de prestar atención a sus observaciones, continuó en su marcha decidida al entreguismo y, por ende, a la renuncia de nuestra soberanía sobre los recursos de hidrocarburos.
Ciertamente, después de la “nacionalización” de la industria petrolera tras la entrada de los Contrato de Asistencia Técnica y de Comercialización, se formalizó la Internacionalización de PDVSA—claramente una de las estafas más grandes a la nación, pero, los reductos de la “meritocracia petrolera” llegaron a defenderla abiertamente en el seno de la nueva PDVSA— y, posteriormente con la Apertura Petrolera se intensificó y aceleró el desmantelamiento del marco jurídico y de los controles de la estructura de la industria petrolera, para incorporar en áreas medulares y en términos leoninos- mucho más retrógrados que los ejecutados durante la época de las concesiones llevadas a cabo por Juan Vicente Gómez-, al capital transnacional bajo la categoría de tercerización u outsourcing, con el fin último de privatizar a PDVSA y crear un Estado corporativista en nombre de la cosmovisión neoliberal. No se pase por alto que hasta Luis Giusti, presidente de PDVSA, entre 1994 y hasta inicio de 1998, pretendió, tras su publicidad y promoción como gerente “estrella” venderse como presidenciable.
Efectivamente, en nuestra opinión, reitero —como ya apunté en la parte II de esta temática: A 50 Años de una Traición Petrolera — que éste tipo de “nacionalización” fiel al reacomodo del capital transnacional va a permitir que se materialice de un modo gradual y a corto plazo, otras estrategias corporativistas como la Internacionalización y la Apertura Petrolera, en fin, toda una Turbo Apertura Petrolera que vino a anular todos los instrumentos de control y fiscalización del Estado sobre la industria petrolera, hasta el punto casi de acometer la privatización de PDVSA y la depauperación de la sociedad venezolana.
Penosamente, de manera ridícula y burlona aquella “meritocracia” anunció, por medio de su máximo líder, Luis Giusti, en 1995 la creación de la Sociedad de Fomento de Inversiones Petroleras (SOFIP) mediante el cual el ciudadano común, por primera vez en nuestra historia, podrá invertir en los proyectos del sector petrolero, esto lo hacían ante un país con un nivel de pobreza por el orden del 80% y, víctima de las más terribles desigualdades y exclusiones que ellos mismos habían generado con sus actuaciones cipayas sobre nuestro principal recurso económico: el petróleo.
Es importante subrayar que, en aquel contexto de Turbo Apertura Petrolera, en nombre de la cosmovisión neoliberal, los últimos gobiernos de la Cuarta República y la “meritocracia petrolera”, a pesar de la legendaria colonización de PDVSA sobre la institucionalidad del Estado, hicieron una sinergia para acudir a otras figuras e incluso aprobar leyes para autorizar la venta del 49% del capital social de la Petroquímica (Pequiven), así como se propició la participación del capital transnacional en las actividades correspondientes de la industria del gas natural[13], que por ley está reservada al Estado, desde 1971. Igualmente, la vieja PDVSA propuso en 1998 la derogación de la Ley del Mercado Interno de los Hidrocarburos[14], vigente desde 1973. Aunque, ya desde 1996, las grandes transnacionales como Exxon, Shell, Mobil, Texaco, Amoco, Repsol y Castrol vendían sus combustibles en el mercado interno[15].
Para cerrar con broche de oro, en 1998, último año del puntofijismo en el gobierno, se produce en nombre de la racionalidad corporativista, una nueva organización de PDVSA para facilitar con mayor ímpetu el entreguismo y despegarse aún más de la racionalidad del Estado venezolano. Sobre esto debo subrayar que, en septiembre de 1997, el MEM ordenó la reorganización funcional de la casa matriz de la industria petrolera con vigencia a partir del 1 de enero de 1998.
Debe recordarse, tal como lo expliqué en la parte II, que, en 1978 se produce la racionalización de PDSA y, como consecuencia de ello, las 14 filiales se integraron en cuatro grandes filiales operativas: Lagoven, Maraven, Meneven, y Corpoven. Esta última se constituyó en noviembre de 1978, mediante la fusión de CVP y Llanoven. Desde luego, en esos procesos que comienzan por el de coordinación desde 1976 y que van a terminar, en una primera fase, en la racionalización de 1978, las filiales Lagoven, Maraven, Meneven, siempre fueron más resaltantes que el resto, por cuanto, eran expresión de las mayores trasnacionales y ellas tres tenían bajo su dominio el 85% de la extracción de crudo en el país. Ese brillo lo mantuvieron hasta su extinción en 1998, con la excepción de Meneven que llegó hasta 1986.
Posteriormente, en 1986 la estructura de PDVSA sufre una segunda racionalización y se reduce a tres filiales operativas: Lagoven, Maraven y Corpoven. Meneven, pasó a integrarse en Corpoven. Sin embargo, al iniciarse el año de 1998, PDVSA considera inoportuno mantener estas tres operadoras integradas verticalmente y con cierta autonomía, compitiendo entre sí en áreas de producción y comercialización, y, en ese sentido, las tres empresas operadoras fueron fusionadas en Corpoven en virtud de la reestructuración corporativa de PDVSA, por tanto, en principio todos los activos de estas operadoras, incluido su personal, activo y cultura corporativista heredadas de las concesionarias se agrupan en Corpoven, dando lugar de inmediato a PDVSA Petróleo.
En fin, se decide que estas fuesen sustituidas por tres divisiones funcionales de negocios que integran PDVSA, Petróleo y Gas: PDVSA Exploración y Producción; PDVSA Manufactura y Mercadeo y PDVSA Servicios, responsables de ejecutar la actividad operativa. Por cierto, a inicio de enero de ese año de 1998 la “meritocracia”, ni corta ni perezosa, encaminada en su plan, crea la filial de PDVSA Gas con el fin de materializar en un solo ente el negocio del gas natural a escala nacional.
Con la nueva estructura la “meritocracia” consolidaba su hegemonía en la cúpula gerencial sobre toda la estructura petrolera y más allá, a fin de garantizar el pleno dominio tanto en la industria como en la planificación y aplicación de la estrategia económica, política, cultural y social y con ello facilitar la defensa y reproducción de los intereses transnacionales que representan. En fin, ante el advenimiento eminente e inminente del triunfo de la Revolución Bolivariana con Hugo Chávez, la “meritocracia” busca, a toda costa, blindar las tropelías de sus esquemas lesivos y, con ello, quebrar económica y moralmente a la Revolución Bolivariana.
Por esto no es casual que, en 1999 cuando el presidente Chávez, asume formalmente el poder y exige a Citgo que declarase dividendos para el ejercicio fiscal de 1998, buscando hacer justicia y repatriar ganancias, ocurre que si bien, Citgo declarara 486 millones de dólares en dividendos —por cierto, un monto, tres veces mayor que la suma de todos los dividendos que había declarado desde 1990, cuando se adquirió el 100% de las acciones de esa filial de PDVSA — no es menos cierto que la “meritocracia petrolera” en Citgo, en virtud de la recién estrenada estructura organizacional de PDVSA, declaró dividendos a su casa matriz, es decir, a PDVSA América. Seguidamente, esta a su vez, declaró dividendos a su respectiva casa matriz, vale decir, PDVSA Holding, pero llegado a este punto, pasó a reducir el monto a cero. Todo el dinero fue simplemente reciclado entre los diferentes negocios que tiene PDVSA en los Estados Unidos. Grotescamente, a esto siguió lo inesperado y es que PDVSA casa matriz, acá en Caracas, hizo un préstamo interfilial PDVSA Holding Inc, por un monto de 40 millones de dólares.
En fin, en lugar de entrar los 486 millones de dólares que el Gobierno bolivariano esperaba ansioso, lograron sacar del país 40 millones de dólares de lo poco que habían dejado bajo la administración de Caldera, con Luis Giusti y Edwin Arrieta, en PDVSA y el Ministerio, respectivamente. Toda una ingeniería financiera en perjuicio de la patria.
A esto debe sumarse que, la vieja PDVSA logró que el Estado no tuviese acceso directo a las contabilidades de la actividad petrolera, tras ser capaces de sacar de sus instalaciones la antigua oficina de la Administración General del Impuesto Sobre la Renta, del entonces Ministerio de Hacienda, restándole su especificidad e importancia a los tributos petroleros. Afortunadamente, desde el año 2003, el Ministerio de Finanzas, por intermedio del SENIAT, restableció la Dirección Especial para los tributos petroleros.
Francamente, aquella PDVSA-Ministerio de Energía y Minas nacen como instrumentos al servicio del capital transnacional, por ello no es casual sus diligentes actuaciones en procura siempre de disminuir la participación fiscal del Estado. Sin duda alguna, aquella PDVSA con sus esquemas logró que la regalía se disminuyera de 16,66% como lo regía la Ley de 1943 a tan solo 1%, además, fijaron para el negocio petrolero un impuesto sobre la renta de un 34%, inferior al que regía para las actividades no petroleras, de manera que el impuesto de 67,7% que se establecía en la ley para lo petrolero se disminuyó y no precisamente para beneficiar al propietario y pueblo venezolano.
En cuanto a la Internacionalización petrolera, incluidas las refinerías que se tenían, tanto en Europa como en EEUU, se pueden resumir sus resultados nefastos en lo que muy claramente reiteró el Comisario de PDVSA, cuando afirmó que esta política sirvió para la exportación de beneficios e importación de costos. Sin dudas, la Internacionalización fue ideada por PDVSA con el fin de crear un mecanismo para trasladar ganancias fuera del alcance del gobierno por medio de precios de transferencia (es decir, los precios cargados en las ventas a sus propias filiales en el exterior)
Sin discusión, PDVSA vendió el petróleo a sus filiales europeas a unos precios de transferencia con descuentos sustanciales, permitiéndose de este modo la colocación de una parte significativas de sus ganancias no solo en el exterior sino sobre todo fuera del alcance del gobierno venezolano. Igualmente, sucedió más adelante cuando hacia 1986 y, más propiamente, en la década de los años 90 del siglo pasado mediante la Internacionalización se completó la negociación de Citgo en EEUU. A propósito, secuestrada desde 2019 con el absurdo de aquel gobierno “paralelo” y, aunque EEUU dejó de reconocer ese parapeto político, hasta ahora, septiembre de 2025, ha continuado promoviendo el secuestro de esta filial de PDVSA, por parte de sectores que responden a la “Gente del petróleo”.
Dentro de esta perspectiva, cabe subrayar que, a lo largo de estas cinco décadas de creación de PDVSA no puede hablarse que la empresa haya sido en todo momento símbolo de soberanía, independencia económica y motor de desarrollo nacional. Esto no resiste la menor prueba histórica, ya hemos visto como la participación de esa gerencia apátrida de PDVSA jugó un rol activo y hasta decisivo en la conspiración transnacional que le dio un golpe de Estado al presidente Hugo Chávez el 11 de abril, así como también el hecho de haber perpetrado en aquel mismo año el mayor sabotaje petrolero y económico en nuestro país. Aquellos gerentes, tecnócratas y burócratas de PDVSA tenían un proyecto privatizador, entreguista, pero jamás tuvieron y han tenido patria.
Por este motivo, no cabe en aquella PDVSA que transcurre, por lo menos, entre 1975 y marzo de 2003 algún símbolo que pueda asociarse a soberanía o independencia económica, jamás defendió aquella PDVSA la propiedad de los recursos naturales como conquista irrenunciable. Tampoco aquella PDVSA se orientó hacia el desarrollo nacional y menos que sus riquezas se hayan puesto al servicio del país. Por el contrario, anularon cualquier posibilidad de establecer alguna política petrolera soberana como si se tiene ahora. Aquella PDVSA se consideraba como una empresa del primer mundo y, como cualquier empresa privada prefería pagar impuestos en el exterior y no en el país.
Por otro lado, los actuales trabajadores petroleros de nuestra industria por definición y también por deseo, esperamos y abrigamos la esperanza no solo que se diferencien de aquellos con lo que se inició esta empresa, sino que además se vean tentado de ir a adoptar cultura alguna de esta “gerencia” que tanto daño hizo a nuestra industria y, más ampliamente, a nuestro país. No tenemos en lo absoluto que rendirle ni pleitesía ni homenaje aquellos caballos de Troya, si algún homenaje debemos levantar hoy es a los trabajadores patriotas y al pueblo que en aquellos días aciagos se colocó del lado del comandaste Chávez para defender la patria y para que PDVSA no se privatizara. En suma, este medio siglo del nacimiento de la vieja PDVSA, no representa bajo ninguna circunstancia algún pasado glorioso. Por el contrario, es la mejor demostración de lo que nunca debe ser una empresa petrolera de propiedad pública y que tengan un compromiso con su único accionista: el pueblo venezolano.
Por consiguiente, sería un error histórico, muy terrible ir a celebrar 50 aniversarios de PDVSA. Todavía la nueva PDVSA que nació aquel 6 de marzo de 2003 bajo la mirada y esfuerzo de nuestro presidente Hugo Chávez, al frente de lo que entonces denominó como el Comando Petrolero de la Revolución, al día de hoy, como pueblo y como militante revolucionario, nos exige sacrificio en velar por que la nueva PDVSA responda a los intereses nacionales y se aboque a los planes y proyectos del Ejecutivo Nacional. A propósito, este origen popular y de plena soberanía petrolera que le imprimió el Comandante Chávez a la nueva PDVSA, sería uno de los elementos fundamentales del divorcio con la vieja PDVSA.
En este caso que nos ocupa no podemos pasar por alto que, aquella gerencia apátrida, en alianza con los sectores políticos, más reaccionarios de nuestra sociedad, se montó en una política conspirativa y, por tanto, fuera de la ley, que desembocó, primero en un golpe de Estado que logra deponer, por pocas horas, al gobierno legítimo, Constitucional y democrático del presidente Hugo Chávez, y, segundo, en un sabotaje criminal petrolero efectuado, entre diciembre del año 2002 y febrero del 2003, una vez que el presidente Chávez se empeña en rescatar la condición de soberanía petrolera y procura la nacionalización que le fue arrebatada por las cúpulas petroleras en alianzas con las transnacionales —sus ex casas matrices— al verdadero y único accionario del petróleo venezolano: su pueblo.
En este sentido, hay que destacar que por lo menos, dos razones niegan esa dualidad mitológica que se creó alrededor del binomio meritocracia-despolitización. En primer lugar, porque sus señores representantes se dejaron penetrar, en lo político, por los sectores más reaccionarios de la oposición al proyecto político que encarnar el presidente Chávez, y, en segundo lugar, porque no se puede llamar meritocrático a quienes cometieron la mayor estafa contra el pueblo venezolano condenándolo a la mayor miseria y humillación: la pobreza, en nombre del neoliberalismo y su fundamentalismo de mercado. Esta situación de herencia cultural que reproduce los esquemas y valores de las corporaciones petroleras en la industria petrolera, con el tiempo generó, como ya hemos visto, ciertos grados de desapego y de paralelismo que hicieron de PDVSA un “Estado dentro del Estado”, y no solo eso, sino que, hasta financieramente más fuerte que el mismo Estado venezolano, el cual paradójicamente es su accionario.
De este modo, la mal llamada meritocracia que definía a PDVSA como una Corporación Global y no como lo que era y es, una empresa del Estado, burló a este y se apropió de parte de la renta, actuando como un Estado paralelo, hasta el punto de no entregar, ni rendir cuentas de sus transacciones a la administración pública, desconociendo que sus dineros son públicos y no corporativo como pretendieron hacerlo creer. Por ello, no es casual la discrepancia que se generó entre PDVSA y el Estado venezolano en la apropiación y distribución de la renta, si se toma en cuenta que con la política de Internacionalización PDVSA asume una conducta de paralelismo estatal que le permite destinar y revertir al mercado internacional una buena porción de los ingresos derivados por rentas mediante inversiones improductivas y descuentos a través de su política de Internacionalización.
De hecho, PDVSA se convirtió, si se quiere, en la única empresa en el mundo que no lograba ser auditada, pues sus entonces 189 compañías, cada una por separado, nombraba a su auditor, informando lo que quieren. Asimismo, se puede visualizar la terrible situación económico financiera en que se encontraba PDVSA cuando es recibida en 1999 por el Gobierno bolivariano. De esto puede dar parte fehaciente la información que se registra en el Informe del Comisario de PDVSA–Ejercicios económicos de los años 1999 y 2000, publicado en formato libro en el año 2004–. Huelga señalar que, en este informe se plasma, por primera vez, los elementos más retrógrados y planes privatizadores de la “meritocracia petrolera”, y, al mismo tiempo, el más atroz endeudamiento que esta llevaba a cabo en perjuicio tanto de la industria como del país.
Del mismo modo, a pesar de los gazapos y ocultamiento de información, este informe del Comisario también, por vez primera y de un modo indiscutible, pone en evidencia los descuentos de entre 4 y 6 dólares por barril que sobre el precio real del petróleo los tránsfugas de la “meritocracia” acordaban con las transnacionales para sostener, desde luego, en detrimento del país, la perversa política de la Internacionalización de PDVSA, subrayo perversa y hasta apátrida porque en muchas de esas refinerías no se llegó a refinar el petróleo venezolano. En consecuencia, colocaron a PDVSA en la penosa situación de ser una compañía compradora de crudo por el orden, según el Comisario, por encima de 17.000 millones de dólares, para ese mal negocio de adquisición de refinerías.
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[1] Sin embargo, el campo Guanoco —operado en el Distrito Benítez, estado Sucre por la New York & Bermudez Company, subsidiaria de la General Asphalt Company of Philadelphia—es anterior al campo de Mene Grande en el Zulia, por tanto, resulta ser el más antiguo campo productor en nuestro país en el siglo XX, con una producción de petróleo pesado. Su producción de un petróleo pesado con base asfáltica se inició ya en septiembre de 1913 cuando se terminó el pozo Babui -1 en la concesión Valladares de 1910. Efectivamente, el primer pozo productor en el Siglo XX fue el Bababui-1con el que se descubre en 1913 el campo Guanoco, ubicado en la Cuenca de Maturín, pero el crudo obtenido era muy pesado y aunque se comercializó, no sin problemas, y se llegaron a terminar unos 16 pozos, la actividad no fue rentable. El campo se paralizó en 1931 cuando las nuevas técnicas de destilación hicieron aconsejable emplear los asfaltos procesados. Con este asfalto natural se pavimentó la avenida de Pensilvania de Washington.
Un año después del Bababui-1, con la Caribbean Petroleum (Shell) llega el pozo exploratorio Zumaque 1, en Mene Grande en el Zulia el 31 de julio de 1914, esto dará inicio al primer campo realmente de importancia comercial petrolera en el siglo XX en Venezuela.
En la actualidad, en la Faja se producen mayores volúmenes de petróleo que en el estado Zulia. Ahora, por ejemplo, más de la mitad de la producción petrolera venezolana se hace en la Faja Petrolífera del Orinoco, se trata de una producción en esa área de más de 600.000b/d y nuestra producción en agosto de este año—la última registrada porque aún septiembre no culmina — se ubicó en 1.098.000b/d.
[2] Sobre estos cambios medulares que el petróleo trajo para Venezuela, puede verse: Mujica Sánchez, Eleazar (Febrero, 2022): Petróleo: subdesarrollo y modernidad engañosa en Venezuela. El falso desarrollo de un país petrolero. En Revista Intersaberes, N°.2, pp. 5-9. Caracas-Venezuela.
[3] Para 1917 nos encontramos con que las exportaciones de café venezolanas, fueron las más altas de su historia.
[4] De acuerdo con la Memoria de Fomento de 1912 se habla ya del petróleo como una actividad nueva d de grandes esperanzas. Sin embargo, todavía en ese momento no se llevaban estadísticas petroleras, estas iniciaran entre 1917-1918.
Lo importante es destacar que desde 1925 sucede un fenómeno de la mayor significación en la vida económica y, es que el valor de las exportaciones de petróleo supera las exportaciones de café y cacao y eso no cambian en esta trayectoria de exactamente de cien años o un siglo. Por el contrario, en cada uno de estos años se ha hecho más grande la diferencia entre las exportaciones de petróleo y las exportaciones de café y cacao. Además, aquellos años se constituyen en el primer boom petrolero en el país.
Tras el petróleo cambiar en aquella década las estructuras de producción en el país, pero también la de consumo se van a cambiar también las formas políticas y de dirección en el país. En efecto, el petróleo, sus vertiginosos cambios económicos y la cultura de conquista que trae apareado va a debilitar para siempre al viejo caudillismo que se forjó alrededor del café, cacao y hasta de ganado, por tanto, ya no será factor político decisivo en la vida política nacional, esto va a facilitar el nacimiento del Estado Nación, pocos años antes de la muerte de Juan Vicente Gómez. En realidad, ya desde 1925 se suscitan grandes importaciones, sobre todo para el consumo.
[5] México comenzó su producción comercial e industrial petrolera en 1901 y entre 1911 y 1921 experimenta un auge como país productor y exportador hacia Estados Unidos, Europa y América Latina. Luego sufrió un descenso sostenido como consecuencia de la sobreexplotación y la falta de inversión que le hizo perder tal dinamismo, a tal grado que ya para 1929-1930 su producción era menos del 25% de lo que había sido en 1921. Ante tal declinación, Venezuela pasó a ocupar un rol petrolero de mayor preponderancia.
[6] Esta tecno burocracia, escudada tras el mito de la “meritocracia”, luego del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y ante de llevar a cabo el más criminal sabotaje petrolero y primera guerra cibernética, librada en nuestro país, deciden el 3 de julio de 2002— casi que en la antesala de celebrar el día de la independencia gringa— fundar la Asociación Civil Gente del Petróleo (GDP) y el sindicato Unapetrol. Nace así, la ONG Gente del Petróleo. Entre sus representantes más importantes se encuentran; Juan Fernández, Horacio Medina y Eddie Ramírez.
[7] Además, tras su regreso a Ministerio en septiembre de 1929, Torres se enfrentó con mayor coraje a las transnacionales. Fue dignas su posición de advertirle a las compañías en 1930 que los ataques al Reglamento de la Ley de Hidrocarburos atientan contra la soberanía de país. A pesar de que se había promulgado una nueva ley petrolera en 1928 esta era inoperante por cuanto ninguna concesión se regía, por ella, y en la práctica era una copia de la de 1922 con ligeras enmiendas intrascendentes Esta situación obligó a Torres a poner en marcha el reglamento promulgado el 7 de agosto de 1930. A partir de ese reglamento se crean las Inspectorías Técnicas de Hidrocarburos, dotadas de un personal calificado que llevará a cabo la inspección y fiscalización de los trabajos de los concesionarios de exploración, explotación, refinación y transporte. A pesar de que el país tenía una empresa prospera con una producción de más de 300.000 b/d que entre 1928, 1929 y 1930, con una extracción de 289.500 b/d; 372.806 b/d y 370.538b/d, respectivamente, llegó a ocupar el segundo lugar a escala mundial en cuanto a producción petrolera y luego de allí y hasta 1970 turnarse esa segunda y tercera posición con la URSS, como ya he señalado en otro momento.
Asimismo, en 1931 previo a su salida definitiva del Ministerio de Fomento, acusó a las compañías petroleras de presentar al Gobierno estados financieros incorrectos, no refinaba en ese año 30% ni siquiera el 5% del crudo extraído en el país. En octubre, de ese mismo año, varios meses después de la salida de Torres quien es sustituido por el general, poeta y periodista Rafael Cayama Martínez, la Standard Oil of Venezuela (Esso) inaugura la refinería de Caripito, en el estado Monagas, la cual es la primera en el oriente del país y, al mismo tiempo, se hizo la mayor del país durante muchos años. Al momento de su inauguración su capacidad diaria era de 4.000 barriles. Hacia mediado de los años 50 del siglo XX para que se tenga una idea su capacidad alcanzaba a 61.000 barriles procesados por día.
La obra y el sentimiento nacionalista de Torres, por años, estuvo oculta, a tal punto que ni siquiera se registran en las Memorias del Ministerio de Fomento en esos años. Sin embargo, en la novela “Mancha de Aceite” del escritor colombiano César Uribe, publicada en 1935, se hace mención en varios de sus párrafos sobre la actitud soberana de Torres. Habrá de esperar luego de la muerte de Gómez para que se obtuviese información en los archivos del Ministerio de Fomento y se pudiera publicar esta información que posteriormente se hizo llegar a la Biblioteca Central de nuestra UCV.
De acuerdo con lo dejado escrito por Torres, Gómez obtuvo enormes beneficios a través de la empresa creada en 1923 bajo el nombre de Compañía Venezolana del Petróleo, llamada también CVP, así como de la transferencia de concesiones, entre familiares y amigos. Mario Briceño Iragorry, en su novela:” Los Riberas”, expone con claridad aquellas aberraciones. También Miguel Toro Ramírez, en su novela “El señor Rasvel”, muestra la asociación de la corrupción vinculada con el petróleo en aquel momento en nuestro país.
[8] Todo apunta que Medina Angarita tuvo posiciones más dignas ante el capital trasnacional que Betancourt y su Trienio Adeco. En la historiografía adeca se trata de presentar a un Betancourt que se enfrentó a Nelson Rockefeller, pero, ya he comentado en varias partes de esta temática sus buenas relaciones con Rockefeller y su familia, incluso de su alianza con Rockefeller en el complot para derrocar a Medina Angarita.
Extrañamente, poco se comenta, tal vez, por desconocimiento, que Medina Angarita tuvo una postura nacionalista ante un alto representante de la Esso. Además, Medina Angarita abrió relaciones con la URSS y legalizó la participación del Partido Comunista de Venezuela. Tal parece que, a EEUU no le agrado la gran reforma petrolera de Medina Angarita por las prerrogativas que ella le otorgaba al país, pues, por primera vez el Estado cobraba el ISLR que es lo norma que hace todo Estado soberano. A mi modo de ver, Medina Angarita tuvo una postura digna que le llevó a enfrentarse con un jerarca petrolero. En efecto, en 1945, se presentó en el Palacio de Miraflores, el presidente de la Estándar Oil Company de Venezuela Henry Edward Linam—una especie de lugarteniente de Nelson Rockefeller—, para entrevistarse con el presidente Medina Angarita, sobre los nuevos cambios petroleros, especialmente, lo derivado por las nuevas cargas impositivas y, además, por las nuevas relaciones diplomática de Venezuela con la entonces Rusia Socialista.
Ante aquella sorpresiva visita, por no estar pautada, Medina Angarita se negó a atender al alto funcionario petrolero, argumentando que no tenía espacio en su agenda, ante lo cual el enviado de Rockefeller se sintió desairado y expresó su cólera, retirándose de Palacio, el presidente Medina al enterarse actuó decididamente de un modo soberano, mandando a redactar una nota a Linam en la que le expresa que “El señor presidente de la República le hace saber lo valioso de su tiempo, pero también que, si no puede esperar, tiene cuarenta y ocho horas para abandonar el país”. Así fue expulsado por irrespeto al presidente de la petrolera estadounidense. A propósito, Betancourt que se enteró del hecho no fue capaz de respaldar esta decisión en nombre de la República. Eso no podía ser posible pues ya estaba comprometido con la mayor de las hermanas petroleras para asumir con su partido el gobierno en Venezuela, lo cual terminó ocurriendo el 18 de octubre de 1945.
Al respecto, es importante destacar que, Linam en 1941 había trabajado bajo las ordenes de Nelson Rockefeller en la Oficina de Relaciones Interamericanas del Departamento de Estado, y posteriormente entre 1942 y 1943, ejerció la vicepresidencia de la Corporación de Desarrollo del Caucho en el Departamento de Comercio de los Estados Unidos. En aquel momento las empresas gringas, muy principalmente la Estándar Oil o Esso había desplazado, como ya lo he explicado, a las angloholandesas en Venezuela y no perdamos de vista que era la más grande de las “Siete Hermanas, cartel petrolero que había nacido en septiembre de 1928.
Además, no se pierda de vista que Nelson Rockefeller llegó a ser miembro de la junta directiva de la Creole Petroleum Corporation, filial venezolana de la Standard Oil de New Jersey (Esso), la cual durante la segunda mitad de la década de 1940 llegó a ser la mayor empresa productora de petróleo en el mundo. Desde esa época conjuntamente con Shell, Menegande, Mobil y Chevron, se convirtieron en las empresas más poderosas en el país. Sin embargo, como expliqué en la parte III de esta temática, ya en 1937 representantes de la Standard Oil Co, Shell y Mene Grande Oil Company, firmaron convenios que las integraron en un cártel petrolero, por lo cual la producción petrolera quedaba distribuida principalmente, entre ellas.
[9] Sobre esto puede verse nuestro ensayo: Mujica S, Eleazar (abril-julio, 2011): Salvador de La Plaza: Desmitificador del Fifty-Fifty
[10] Cuando se revisa el discurso del presidente Carlos Andrés Pérez, ante este evento, encontramos lo siguiente: “Venezuela recobra soberanía permanente sobre el hierro. En los 24 años de operación de las concesionarias, la industria ha alcanzado una producción total de 323 millones de toneladas, de las cuales 315 se fueron en bruto a los altos hornos de las casas matrices en el exterior. El 97,5 % de nuestro hierro no ha sido procesado en Venezuela. Con la inversión por las Empresas multinacionales de 1.484 millones de bolívares lograron utilidades de 3.392 millones de bolívares, lo que quiere decir que han recuperado dos veces y media su capital invertido. Durante esos 24 años que van entre 1950 y 1974 la Nación ha recibido por concepto de exportación de mineral 5.200 millones de bolívares, que para el caso de haberse transformado en el país y exportado en acero equivalente, hubieran significado ingresos de 100. 000 millones de bolívares. Cifra que nos permite apreciar sin más argumentaciones el daño que esta entrega de nuestros productos básicos han ido causando a los intereses del país”. (1 de enero de 1975) (Subrayado nuestro)
[11] A propósito, el presidente Hugo Chávez en una alocución en la Asociación Latinoamericana De Integración (ALADI) en Montevideo, Uruguay, en fecha 16 de agosto de 2003, comentó que “en una ocasión por casualidad estando en Europa me enteré que PDVSA andaba buscando varios miles de millones de dólares en Europa, pidiendo un crédito y estaban a punto de lograrlo, sin consultar con la República, para nada, ellos se consideraban un Estado dentro del Estado y lograban préstamos de miles de millones de dólares solo por su cuenta, solo PDVSA”. Esto que expone el presidente Chávez, viene sencillamente a demostrar que esa gerencia apátrida siguió en la industria después de su llegada al poder. De otro modo no se entiende el sabotaje petrolero.
[12] El V Plan de la Nación apareció de forma tardía, pues se puso en marchar en el segundo semestre de 1975, un poco más de un año y medio de haber tomado posesión Carlos Andrés Pérez.
[13] Ciertamente, PDVSA entregó al Ministerio de Energía y Minas el Decreto de Reglamento del Régimen Transitorio, y la correspondiente resolución para su aprobación, “por parte del presidente de la República, Rafael Caldera. y con fecha 20 de mayo de 1998, se promulgó el Decreto N° 2.532, mediante el cual se permite realizar inversiones privadas en «…las actividades relacionadas con la industrialización de los gases metano y etano, lo cual significa su transformación química, física o físico química, así como con las actividades de transporte, almacenamiento, distribución y comercialización de estos gases en el Territorio Nacional. Al respecto, puede verse la Gaceta Oficial de la República de Venezuela N°36.463, del 28 de mayo de 1998. Ese decreto y las resoluciones emanadas del Ministerio de Energía y Minas, constituyeron el paso inicial para abrogar la Ley Orgánica del Gas, promulgada el 12 de agosto de 1971, y con ello despojar al Estado de la facultad de orientar y ejecutar los programas inherentes a esa actividad y, por consiguiente, la de garantizar la dominante participación del capital transnacional en la estrategia venezolana.
[14] El Congreso de la República, durante 1998, analizó el referido proyecto de ley, y después de hacer importantes y significativas modificaciones al mismo, acordó su aprobación; y el Presidente de la República, en fecha 11-09-98, le puso el ejecútese a la Ley Orgánica de Apertura del Mercado Interno de la Gasolina y Otros Combustibles Derivados de los Hidrocarburos para uso de Vehículos Automotores, tal como puede visualizarse en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela N° 36.537, del 11 de septiembre de 1998.
[15] Además de esto debe añadirse que, como el Congreso Nacional no debatió en torno del proyecto de Ley en referencia, durante las sesiones ordinarias celebradas en el año 1997, y dado el apremio e interés manifestados por la cúpula gerencial de PDVSA, de hacer realidad lo más pronto posible el ingreso de las transnacionales petroleras en el mercado nacional, logró que el Ministerio de Energía y Minas dictara la resolución N° 438 de fecha 18 de noviembre de 1997, mediante la cual se autorizó la participación de las empresas privadas, extranjeras y nacionales, en el mercado interno. (Gaceta Oficial N° 36.337, del 19-11-97). Posteriormente fue dictada la Resolución N° 075, en fecha 13-03-98. Conforme con esa resolución, durante el mes de febrero de 1998 fueron concedidos permisos de distribución de combustibles a través de estaciones de servicio a la Corporación nacionales e internacionales. De hecho, en febrero de 1998 el MEM otorgó a Trébol Gas el primer permiso de distribución de combustibles en estaciones de servicios, en el marco de esta política en el mercado interno.
[1] Doctor en Ciencias Sociales, Profesor universitario (UCV/ IAEDPG). Director de la Gestión de Investigación del Servicio Autónomo Instituto de Estudios Petroleros (SAIEP)