Por: Félix M. Roque Rivero
“Queremos que el gobierno imperialista termine de aceptar la realidad: ¡Venezuela se liberó, y se liberó para siempre. Venezuela no es, ni será más nunca, una colonia norteamericana!” Hugo Chávez, Comandante de la Revolución Bolivariana.
Mi abuela Emilia solía contarme que, allá en los campos de Santa María de los Ángeles, estado Sucre, donde había nacido y criado, cuando un grandulón bravucón se metía con alguien más pequeño y débil, este, para defenderse le decía al safio: ten cuidado, te puedo aplicar la página cuatro del libro de Pedro Camejo. En esta guerra que Donald Trump, sin ton ni son le ha declarado a Venezuela, viene a cuento el cuento de mi abuela. Este presidente, haciendo uso abusivo de su poder imperial viene construyendo una narrativa, con ajustes constantes en el guion.
Comenzaron (Obama) por decretar que Venezuela era (es) una “amenaza inusual y extraordinaria contra la seguridad nacional de los Estados Unidos”. Primera tamaña barbaridad: que un país modesto en casi todo, se instituya como una amenaza a la seguridad nacional de USA es poco menos que creíble. En efecto, el 9 de marzo de 2015, el presidente Barak Obama emitió un Decreto Ejecutivo en el cual se considera a la República Bolivariana de Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria” y decreta en su país “emergencia nacional” con respecto a Venezuela, basado en un ejercicio unilateral de acciones con mascaradas jurídicas que violan flagrantemente todos los principios del derecho internacional y ponen en peligro la paz y la estabilidad en toda América Latina y el mar Caribe. (Ver texto completo del Decreto Ejecutivo en el folleto “Venezuela se Respeta. Caracas, marzo, 2015).
Durante su primer gobierno, (2017-2021), Donald Trump renovó la orden ejecutiva de Obama y profundizó las acciones y agresiones injerencistas unilaterales contra Venezuela, al punto de declarar que “estuvo a punto de invadirla y quedarse con el petróleo” que por cientos de miles de millones de barriles se encuentran en el subsuelo del territorio venezolano. (leer los detalles de estas declaraciones en el libro de John Bolton “La habitación donde sucedió”. Editorial Planeta. Barcelona, España, 2020). Son las manifestaciones imperiales que, de cierta manera, forman parte intrínseca de nuestros pensamientos y de nuestra realidad y cotidianidad. Imperialismo es, sencillamente, la actuación agresiva e invasora del “imperio norteamericano” en contra de nuestros países latinoamericanos y caribeños, en una largas y amarga trayectoria histórica. (Schmitt, Jutta.
¿Qué es el imperialismo? Universidad de Los Andes, Consejo de publicaciones. Venezuela, 2007). El imperialismo norteamericano es ese poderoso “Estado profundo” denunciado por Noam Chomsky y que está estructurado en lo económico, financiero, militar, cultural, informático, televisivo, digital-ia y que, pese a sus fracasos, sin duda representa un inmenso poderío, capaz de amenazar la especie humana y la destrucción del planeta. (Julien, Claude. El imperio norteamericano. Editorial Ciencias Sociales. Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1970).
En este su segundo mandato, Donald Trump, que en su campaña electoral había prometido a su electorado “ordenar el regreso a casa de las tropas y de no involucrar a los EEUU en más guerras”, en relación a Venezuela y a la región latinoamericana y caribeña ha hecho todo lo contrario y le ha declarado la guerra, una guerra inclemente y diversa donde destaca el aspecto psicológico dirigido a causar temor, miedo y terror entre los venezolanos. No se trata de las guerras llamadas de primera generación, del tipo clásico, con toques de cornetas sobre la base de disciplina y obediencia. Una guerra que supera a las llamadas guerras estáticas de trincheras, con poder de fuego y el aparecimiento de la aviación en la Primera Guerra Mundial, tipo de guerra conocida como de segunda generación; la de tercera generación practicada en la Segunda Guerra Mundial donde se practicó la “guerra relámpago” y la aparición de los vehículos blindados con mayor movilidad; el proceso de globalización dio nacimiento a la llamada guerra de cuarta generación que, en opinión de General Vladimir Padrino López ha significado “el desdibujamiento del Estado nación” para dar inicio al desarrollo de los elementos de la llamada guerra asimétrica.
Estos elementos se resumen en operaciones de baja intensidad, campañas psicológicas, combate contra la ética y la moral donde los medios de comunicación juegan un papel preponderante para torcer las mentes de las masas, donde se utiliza la propaganda blanca donde se conoce la autoría, la propaganda gris de autoría conocida y negras donde la autoría es falsa. Es la dictadura de las “fake news”. (Padrino López Vladimir. Guerra sin restricciones contra Venezuela. Conjura mediática contra Venezuela. Ediciones Minci. Caracas, 2014). Es la llamada guerra cognitiva, guerra total, híbrida donde la única regla es que no existen reglas.
En esta nueva embestida imperial ordenada por Trump, acusaron a Venezuela de ser un territorio donde se siembran, procesan, distribuyen y comercializan estupefacientes. Este argumento fue desmentido por Naciones Unidas y por la propia DEA. Le pusieron una recompensa de 50 millones de dólares a la cabeza de Nicolás Maduro. Desplazaron hacia el mar Caribe una poderosa flota compuesta por varios acorazados, submarino a propulsión nuclear, aviones caza de combate ultrasónicos, un moderno portaaviones, el Gerard Ford, vehículos anfibios y una tropa estimada en unos 16.000 marines. Todo ello bajo el falaz argumento de combatir el narcotráfico. Han ordenado el bombardeo de varias lanchas con saldo de un centenar de personas asesinadas, a quienes han acusado de ser narcotraficantes sin haber aportado ninguna prueba, tiñendo de rojo las azules y saladas aguas del mar Caribe. Organismos especializados han dicho que se trata de ejecuciones extrajudiciales con remate inhumano de heridos indefensos, violando toda normativa internacional. Senadores norteamericanos acusan a Trump y a su equipo de ser responsables de estos crímenes y amenazan con llevar al presidente Trump a juicio político y judicial. No conforme con todo esto. Trump ha ordenado el bloqueo naval contra Venezuela, el cual es absolutamente ilegal y es un acto auténtico de acoso y agresión y que podría convertirse en un nuevo modelo de continuar la guerra por otros medios.
El manido argumento de estar combatiendo al narcotráfico se les ha desplomado como castillo de naipes. Debe más bien la Administración Trump, cuidar a su población donde un elevado porcentaje de ella vive sumida en el consumo de drogas de todo tipo, causando miles de muertes por sobredosis. Según estadísticas oficiales para el periodo 2024-2025 develan que el consumo para 2024 fue de un 25.5% de las personas mayores de12 años (aproximadamente unas 73.6 millones de personas), lo que significó un aumento con relación a 2023 que fue de 24.9%. La marihuana sigue siendo la sustancia de mayor consumo (un 42.4%).
En cuanto a las muertes por sobredosis, para el 2024 se reportaron 80.391 estadounidenses fallecidos y las proyecciones no son nada halagüeñas. En cuanto al fentanilo, la droga más letal, en el 2023 murieron 76.282 y en el 2024 48.422 perdonas. Estudios revelan que el 27.1% de los hombres en los EEUU ha consumido drogas durante el año 2025; el 22.7% de las mujeres han consumido drogas para el mismo periodo; el 1.2% de los hombres han abusado de opioides; el 0,2% de los hombres consumen heroína y el mismo porcentaje aplica para las mujeres. El 25.4% de la población estadounidense padecen drogodependencia o adicción. Si en verdad la Administración Trump tiene un sentimiento sincero de combatir el narcotráfico, debe empezar por desmontar la industria de las drogas y de lavado de dinero que impera con impunidad a lo interno de los EEUU y, en ello, seguro contará con la ayuda de otros gobiernos y pueblos, incluyendo al de Venezuela.
En su nueva escalada, Donald Trump ha ordenado la detención de los barcos que transportan el petróleo venezolano y el secuestro de sus tripulaciones. De manera descarada, Trump ha dicho que se quedarán con ese petróleo y que, además, Venezuela debe devolverles las “las tierras, equipos y riquezas” que les fueron “robadas” por este país. Ni los emperadores romanos llegaron a ese nivel de mentiras. Desde antes y para siempre, los yacimientos mineros y de hidrocarburos, cualquiera sea su naturaleza, existentes en el territorio nacional, bajo el lecho del mar territorial, en la zona económica exclusiva y en la plataforma continental, pertenecen a la República, son bienes de dominio público y, por tanto, inalienables e imprescriptibles. También nuestras costas son de dominio público. En aquellas conversaciones con mi abuela Emilia, una vez le pregunté que decía la página cuatro del libro de Pedro Camejo. Mi querida abuela, mirándome con picardía y de manera tajante me respondió: ¡HACHA, CUCHILLO y MACHETE! Así que, gringo grandulón, piénsalo mejor, ¡Venezuela no se rinde!