Por Ing. Guyén Soto
El 3 de enero de 2026 quedará registrado en la historia como el momento en que el imperialismo estadounidense decidió arrojar al cesto de la basura los últimos vestigios de la diplomacia para abrazar un modelo de saqueo militar abierto. El bombardeo sistemático sobre territorio venezolano y el secuestro criminal del presidente constitucional, Nicolás Maduro, junto su esposa y diputada, Cilia Flores, no son hechos aislados ni errores de cálculo: son la ejecución táctica de una ambición que Donald Trump ya había confesado años antes al lamentar no haberse «apoderado de todo ese petróleo» cuando tuvo la oportunidad.
Este artículo se propone analizar cómo las bombas caídas sobre Caracas y otras zonas del país no solo destruyeron infraestructura y cegaron la vida de inocentes, sino que también despejaron las densas nubes de propaganda que Washington utilizó durante décadas. Si antes el relato se escondía tras el velo de la «restauración democrática» o la «lucha contra el narcotráfico», hoy el intento de control del crudo venezolano por parte del imperialismo y la descarada reunión de urgencia con los CEOs de las transnacionales petroleras confirman la tesis de la Doctrina Monroe 2.0. Estamos ante el «último recurso» de una potencia hegemónica en declive que, enfrentada a la inviabilidad financiera de su propio modelo energético y al avance imparable de la multipolaridad representada por China y los BRICS, ha optado por la piratería internacional. A continuación, desglosamos las cuatro certezas fundamentales que el estruendo de las bombas ha revelado al mundo, demostrando que, en el tablero geopolítico actual, para el imperio, la soberanía de los pueblos del sur no es más que un obstáculo a remover en su desesperada carrera por la supervivencia energética, sin la cual perdería, aún más, su hegemonía.
1. El Petróleo como Botín: El Fin del Relato de la «Democracia»
Antes de lo ocurrido, se pensaba que Trump y su gobierno escondían detrás de un relato de lucha contra el narcotráfico y restauración de la democracia su verdadera intención. Sin embargo, las declaraciones previas del propio Donald Trump ya daban pistas de lo que Guyén Saul Soto calificó en 2025 como una estrategia de «diplomacia de cañonero». En junio de 2023, durante un discurso en Carolina del Norte, Trump fue inusualmente honesto sobre su visión extractivista:
«¿Qué les parece que estemos comprando petróleo a Venezuela? Cuando me fui, Venezuela estaba a punto de colapsar. Nos habríamos apoderado de ella, nos habríamos quedado con todo ese petróleo; habría sido justo al lado». (Donald Trump, 10/06/2023).
Esta confesión temprana confirma que el interés nunca fue humanitario. El uso del Departamento de Justicia para calificar al gobierno venezolano de «cartel» fue solo la arquitectura legal para el asalto. Como señaló John Bolton, exasesor de Seguridad Nacional:
«Hará una gran diferencia económica para los Estados Unidos si pudiéramos tener empresas petroleras estadounidenses invirtiendo y produciendo en las capacidades petroleras de Venezuela». (John Bolton a Fox Business, 2019).
También El Secretario del Interior, Doug Burgum, admitió que el petróleo que más le conviene a EEUU es el venezolano:
«Existe una sinergia entre el crudo pesado de Venezuela y las refinerías que tenemos en la costa del Golfo, las cuales fueron construidas para manejar eso». (Doug Burgum, 06/01/2026).
Ahora nadie duda que la verdadera razón era el petróleo; la casi inmediata reunión de Trump con los CEOs de las grandes petroleras del norte global en la Casa Blanca, y su orden ejecutiva exigiendo la «anulación inmediata de todo contrato con entidades de Rusia, China e Irán».
Como se advirtió en el artículo «La Amenaza y el Botín» (Soto, 2025), el despliegue de soldados en el Caribe no buscaba interceptar cargamentos de droga, sino «crear un cerco de asfixia para disuadir la soberanía energética de Venezuela». La facción de los «halcones» del Pentágono y el poderoso Lobby Petrolero han impuesto su visión, demostrando que, para el imperio, el petróleo venezolano no es un bien de mercado, sino un activo que consideran propio por «derecho geográfico» bajo una Doctrina Monroe 2.0 recargada.
2. La imposición de la Doctrina Monroe 2.0 y el Desprecio al Derecho Internacional
Antes se pensaba que Trump y su gobierno querían retomar la Doctrina Monroe únicamente como una herramienta de influencia política y presión diplomática. Sin embargo, el sustento ideológico para la agresión del 03/01/2026 ya había sido proclamado oficialmente años atrás, dejando claro que Washington consideraba a la región como su propiedad exclusiva. En 2019, el entonces asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, fue tajante:
«Hoy proclamamos con orgullo para que todos lo oigan: la Doctrina Monroe está viva y bien».
Esta visión fue ratificada por el propio Trump ante la Asamblea General de la ONU, donde advirtió al mundo que el hemisferio occidental era territorio bajo control estadounidense:
«Ha sido la política formal de nuestro país desde el presidente Monroe que rechacemos la interferencia de naciones extranjeras en este hemisferio». (Donald Trump, 25/09/2018).
Ahora estamos seguros de que esa retórica era el manual de operaciones para el asalto militar y el secuestro del presidente constitucional y su esposa. El discurso de Trump tras la operación no dejó lugar a interpretaciones diplomáticas: «El patio trasero ha sido clausurado para los extraños». Tras el bombardeo y la captura de las altas autoridades venezolanas, Trump declaró desde Mar-a-Lago:
«Vamos a dirigir el país [Venezuela] hasta que podamos hacer una transición segura y adecuada… estamos a cargo». (03/01/2026).
Su desprecio por la legalidad global quedó sellado en sus declaraciones a The New York Times, donde afirmó cínicamente:
«No necesito el derecho internacional… depende de cuál sea tu definición de derecho internacional». (Enero, 2026).
Al atacar a un Estado soberano para modificar por la fuerza el equilibrio energético regional, Washington ha enviado un mensaje de intimidación global. Como advirtió Guyén Saul Soto en «La Amenaza y el Botín», esta «diplomacia de cañonero» busca revertir la tendencia de los países del Sur Global de elegir libremente sus socios.
La operación, que ha dejado más de cien víctimas, entre ellos, civiles inocentes (un hecho que la Casa Blanca ha ignorado sistemáticamente), confirma que para esta administración el poder militar es la única fuente de derecho. Mientras el Secretario de Estado, Marco Rubio, intenta maquillar la agresión como una «operación de aplicación de la ley contra el narcoterrorismo», la realidad es el intento de desmantelamiento de la soberanía nacional para tratar de imponer un control colonial sobre los recursos, ante la vista de todos, ignorando al Consejo de seguridad de la ONU, a su propio Congreso y sentando un precedente que apunta hacia la OPEP+ y cualquier nación que ose desafiar la hegemonía del dólar y el control estadounidense de los flujos de crudo (mismo caso de Irak, Libia, y las sanciones al comercio de petróleo de Rusia y e Irán).
3. El Boicot a la OPEP+ y la Guerra contra la Multipolaridad
Antes se pensaba que EE. UU. simplemente competía con la OPEP+ en una guerra de precios y cuotas de mercado. Ahora estamos seguros de que el objetivo era su destrucción como bloque soberano. Para Washington, la existencia de una Venezuela autónoma dentro de la OPEP+ era un gran obstáculo para su plan de dominio total. La hostilidad de Trump hacia la organización quedó registrada en su historial:
«La OPEP y las naciones de la OPEP están, como de costumbre, estafando al resto del mundo, y no me gusta… El monopolio de la OPEP debe bajar los precios ahora». (Donald Trump, registros oficiales y redes sociales).
También estamos seguros de que el ataque del 03/01/2026 buscó desarticular la capacidad de Venezuela para actuar como un pilar en la construcción de un mundo multipolar. Al tomar el control del crudo venezolano, Washington intenta dinamitar la influencia de la OPEP+ y socavar la interdependencia estratégica con China y los BRICS. El secretario de Energía, Chris Wright, confirmó el 7 de enero de 2026 que el objetivo no es solo la extracción, sino el control político del mercado:
«Estados Unidos controlará las ventas de petróleo venezolano indefinidamente… Necesitamos tener esa palanca (leverage) y ese control de esas ventas de petróleo para impulsar los cambios que simplemente deben ocurrir en Venezuela». (Chris Wright, 07/01/2026).
El bombardeo fue una respuesta desesperada a los avances de China en el Lago de Maracaibo y en Faja Petrolífera del Orinoco. Mientras Pekín ofrecía un modelo basado en la inversión, el gobierno de Trump pretende imponer un modelo de saqueo neocolonial. El Secretario de Estado, Marco Rubio, fue explícito al justificar por qué deben expulsar a los socios estratégicos del Sur Global:
«¿Por qué China necesita su petróleo? ¿Por qué Rusia necesita su petróleo? Ni siquiera están en este continente. Este es el Hemisferio Occidental… No vamos a permitir que el Hemisferio Occidental sea una base de operación para adversarios, competidores y rivales de los Estados Unidos». (Marco Rubio, 04/01/2026).
Esta pretensión de control directo, anunciado por Trump al informar que «las autoridades interinas entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo sancionado a los EE. UU.», confirma que el objetivo es frenar el ascenso de sus rivales geopolíticos mediante el robo descarado de los recursos de la nación.
Finalmente, la agresión deja al desnudo la fragilidad energética de EE. UU. A pesar del mito de la independencia mediante el fracking, la urgencia por capturar el crudo pesado venezolano —esencial para sus refinerías— demuestra que necesitan el botín para sostener su hegemonía.
4. La Fragilidad del energética del Imperio: El Colapso del Fracking
Antes se pensaba que EE. UU. era una potencia energética autosuficiente gracias a la «revolución del shale«. La propaganda oficial vendía la idea de que el país ya no dependía de crudo extranjero. Sin embargo, la realidad financiera de la industria del fracking contaba una historia distinta: una de altos costos y rentabilidad al límite. Informes técnicos de finales de 2025 ya advertían que el modelo de «Drill, Baby, Drill» estaba encontrando su techo. Con precios de crudo por debajo de los $65 por barril (punto de equilibrio para muchos productores estadounidenses), la industria comenzó a reportar despidos y reducción de gasto de capital. Según analistas de energía en septiembre de 2025:
«El descenso de los precios del petróleo convirtió el llamado de Trump a ‘perforar’ en un sueño irreal… Las empresas están reduciendo el gasto en lugar de aumentarlo, ante condiciones de extracción poco rentables que se proyectan hacia 2026». (Reporte de Worth/EIA, sept. 2025).
Ahora estamos seguros de que las reservas internas de EE. UU. son financieramente inviables para sostener la hegemonía global sin el auxilio del petróleo convencional. La urgencia de la invasión y el bombardeo del 03/01/2026 se explica por esta crisis interna. EE. UU. necesitaba capturar el petróleo venezolano para rescatar su propio modelo económico y sus refinerías, las cuales no pueden funcionar solo con el petróleo ligero del fracking.
La matemática energética de la Casa Blanca nunca cuadró: mientras EE. UU. consume aproximadamente 20 millones de barriles diarios (mb/d) (Fuente: EIA), su producción interna, inflada por el fracking, apenas alcanza los 13 mb/d (Fuente: EIA) en sus mejores momentos. Este déficit estructural de 7 mb/d obliga a Washington a depender de importaciones masivas, una vulnerabilidad que el cercano colapso técnico y financiero del shale (debido a sus altísimos costos operativos y la rápida declinación de sus pozos) conllevaría a una crisis nacional que los pondría en desventaja frente a sus rivales geopolíticos.
Apenas tres días después del ataque, el Secretario del Interior y «Zar de la Energía», Doug Burgum, confesó la dependencia estructural de la infraestructura estadounidense respecto al crudo de Venezuela:
«Existe una sinergia entre el crudo pesado de Venezuela y las refinerías que tenemos en la costa del Golfo, las cuales fueron construidas para manejar eso… [El flujo de este petróleo] es una gran noticia para la seguridad laboral y los futuros precios de la gasolina en los EE. UU.». (Doug Burgum, Fox News, 06/01/2026).
Este «último recurso» de una potencia en declive busca obtener una ganancia inmediata y desesperada. El propio Trump, semanas antes de la agresión, ya preparaba el terreno discursivo para el saqueo al exigir el retorno de los derechos petroleros, Donald Trump (17 de diciembre de 2025, Base Conjunta Andrews):
«Queremos que nos devuelvan los derechos petroleros… Teníamos mucho petróleo allí. Expulsaron a nuestras empresas y lo queremos de vuelta».
Al intentar controlar físicamente los campos petroleros, Trump ha dejado claro que la «independencia energética» era un espejismo y que el control del crudo de Venezuela es vital para evitar el colapso de su industria, es la única «palanca de poder» que le queda a un imperio que ya no puede producir lo que consume. Como se advirtió en «La Amenaza y el Botín», el imperio prefiere sacrificar el orden internacional antes que aceptar su debilidad energética frente a potencias como China, que ya operaba exitosamente en la Faja del Orinoco mediante modelos de cooperación e inversión real
La Trinchera de la Humanidad contra el Saqueo Neocolonial
El estruendo de las bombas del 3 de enero de 2026 no solo marcó el inicio de una ocupación militar, sino que puso fin a la era de las ambigüedades diplomáticas. Lo que durante años se disfrazó de «preocupación humanitaria» ha quedado revelado como una operación de piratería estatal de proporciones globales. Al revisar la cronología de los hechos, es imposible ignorar la coherencia brutal del discurso imperial: desde el lamento de Trump en 2023 por no haberse «apoderado de todo ese petróleo», hasta la cínica confesión de su Secretario de Energía, Chris Wright, al afirmar que EE. UU. controlará el crudo venezolano «indefinidamente» para obtener ventaja estratégica. Estas no son solo palabras; son las coordenadas de un nuevo orden mundial donde se pretende que la fuerza militar sea la única fuente de derecho.
La captura del presidente constitucional de Venezuela, Nicolas Maduro Moros y su esposa, la diputada Cilia Flores, representa la cúspide de la Doctrina Monroe 2.0, una política que, en palabras del propio John Bolton, se proclamó «viva y bien» para advertir que el Hemisferio Occidental es propiedad privada de Washington. Sin embargo, este despliegue de fuerza no es un signo de vitalidad, sino, como se señala en «La Amenaza y el Botín», el «último recurso de una potencia hegemónica en declive». La desesperación por el “botín” venezolano nace de la fragilidad de un modelo energético interno (fracking) que ya no puede sostener el ritmo del consumo estadounidense sin el flujo del crudo criollo.
Venezuela se ha convertido, por la fuerza de los hechos, en la trinchera de la humanidad frente al fascismo extractivista. La lucha por la soberanía sobre sus recursos no es solo una cuestión nacional; es la defensa de un mundo multipolar donde la interdependencia y la cooperación (modelo propuesto por el eje BRICS-China) sustituyan al saqueo neocolonial. Si la comunidad internacional, los movimientos sociales y los países que aún creen en el derecho internacional, permiten que este asalto se normalice, el mensaje para el resto de la OPEP+ y el Sur Global es claro: nadie está a salvo de una potencia que, ante su incapacidad de competir económicamente, decide bombardear para cobrar. La historia no absolverá a quienes callaron ante esta amenaza ejecutada; no se trata solo de la defensa de un gobierno o de un territorio; es la defensa de la civilización; proteger a Venezuela es hoy, más que nunca, la defensa de la autodeterminación de todos los pueblos del mundo.