Por José F. Medina
Analizar el destino del mundo es una tarea fundamental para quienes buscan un futuro mejor, tanto para sí mismos como para la descendencia humana. Este análisis requiere un elemento clave a todas las geografías y sociedades, dicho factor común son los Estados. El mundo está conformado por países, y cada uno de ellos representa un Estado, en su mayoría estructurado por un sistema de leyes, recogidas en una constitución.
A nivel macro, el escenario global actual permite identificar tendencias estructurales que están reconfigurando el orden político y económico mundial. Entre las más relevantes destacan:
- Transición geopolítica de la unipolaridad a la multipolaridad: El declive relativo de la hegemonía estadounidense y el surgimiento de nuevos polos de poder (China, Rusia, la UE y potencias regionales) están fragmentando el sistema internacional, generando una dinámica más compleja y competitiva.
- Redistribución del poder económico: China consolida su ascenso como contrapeso a EE.UU. no solo en manufactura y comercio, sino también en innovación tecnológica y proyección financiera (ej. iniciativas como el Yuan digital o la Nueva Ruta de la Seda). Paralelamente, economías emergentes como India y Brasil ganan influencia.
- Formación de bloques geoestratégicos: La rivalidad sistémica ha impulsado alianzas como los BRICS+, la expansión de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS) o la reinvención de la OTAN, reflejando una balcanización estratégica donde cada bloque promueve sus estándares tecnológicos, monetarios y de seguridad.
- Variables transversales: Estas tendencias se ven aceleradas por factores como la competencia en IA y energía limpia, la desglobalización selectiva de cadenas de suministro, y la estructuración de interdependencias económicas (sanciones, controles a exportaciones de chips).
Analizar el mundo desde la perspectiva de los Estados puede ser estructuralmente válido, pero este enfoque adolece de un vacío crítico que lo vuelve incompleto. Dicho vacío surge de las propias fracturas internas de los Estados, a tal razón que la misión del joven revolucionario en la actualidad, ya no se limita a luchar por transformar las estructuras políticas de su país.
Ese objetivo, aunque necesario, resulta insuficiente. Hoy debe enfrentar un entramado complejo de variables: las grietas estructurales del Estado, aquellas fracturas institucionales donde se filtran y reproducen las desigualdades, las injusticias y los mecanismos de poder paralelos, esos espacios donde se perpetúan las contradicciones del poder, la exclusión y los lastres históricos que se resisten al cambio verdadero.
Veamos cuáles son estos espacios o fisuras que contribuyen y no de una forma marginal a mantener el mundo en crisis;
La existencia de submundos paralelos, las bandas organizadas mantienen control en muchos sitios, allí donde el Estado no puede controlar la situación, ubicadas en poblaciones pequeñas, pueblos, carreteras o instituciones como las cárceles, en Latinoamérica esto es tan común como la existencia de los Estados.
El deterioro acelerado de las sociedades y los sistemas políticos, las sociedades se ven deterioradas, porque sus ciudadanos se degradan con los consumos de drogas y prostitución, según datos del portal statista en el mundo consumen droga más de 298 millones de personas, además existen unos 48 millones de mujeres prostituidas, esto sin contar la cantidad de sitios web que se manejan en las redes sociales de internet.
Otros factores como la corrupción sistémica, la cual es un factor mundial, al ver el mapamundi de los índices de corrupción global, se puede notar que no existe ningún país sin algún grado de descomposición en dicho sentido, estos factores aunados a la burocracia asfixiante y en algunos casos las crisis de legitimidad socavan las instituciones desde adentro.
Actores no estatales, como grupos armados, crimen organizado, milicias locales y redes de terrorismo transnacional— desafían el monopolio de la violencia y el poder, en el mundo existen miles de organizaciones como la mafia turca, albanesa, rusa, Italiana, italiana – americana, Mexicana, irlandesa, búlgara, Marroquí, armenia, organizaciones como Mungiki de Kenia, las Tríadas de china, los Yakuza de Japón, carteles colombianos que son más de quince, los maras de Centroamérica entre muchos otros, todos operan en autonomía paralelo al Estado.
Ámbito digital, en el ámbito digital, plataformas como Facebook, Bitcoin o Telegram operan al margen de los marcos regulatorios estatales, redefiniendo el poder en espacios descentralizados. Y en un horizonte cercano, la inteligencia artificial y la automatización amenazan con debilitar aún más el rol tradicional del Estado en la regulación económica y social, acelerando su obsolescencia frente a tecnologías que trascienden fronteras y controles. En conjunto, estas fuerzas exponen una realidad incómoda: el Estado, como actor hegemónico, ya no es capaz de contener un orden en toda su extensión.
La ONU, como principal organismo internacional, ha demostrado ser incapaz de adoptar resoluciones efectivas ante crisis globales. Un ejemplo claro es el conflicto en Gaza, donde la comunidad internacional ha presenciado graves violaciones de derechos humanos y el genocidio atroz cometido por Israel, pero las discusiones en sus tribunas no han logrado traducirse en acciones concretas. Al ser una institución fundamental para la cooperación entre Estados, su actual crisis de legitimidad y eficacia afecta directamente a los países que la integran.
Ideologías que van y vienen, existen muchas ideologías que renacen, como el caso del fascismo en Ucrania, como se evidencia en las acciones del Batallón Azov formado por voluntarios neonazis de extrema derecha, que se expandieron a la Guardia Nacional y partidos políticos como svoboda, los cuales actúan a sus anchas, fuera de las leyes y constitución de su estado.
Como se ha observado en los casos mencionados, aunque estos son solo una muestra de muchos otros, el mundo actual enfrenta una profunda crisis de Estados. Estos se ven gravemente debilitados por poderes paralelos que operan al margen de las instituciones, controlando economías y arsenales fuera del alcance del poder legítimo. Ya no se trata únicamente de una inestabilidad política; estamos adentrándonos en un terreno peligroso: la descomposición social. A medida que este fenómeno se intensifique, las divisiones se harán más evidentes, los Estados perderán autoridad y, de no revertirse la tendencia, el resultado será un caos generalizado
¿El mundo está en crisis?,la respuesta es sí,¿Lo podemos salvar?,la respuesta es, estamos obligados a hacerlo.
Inconformidad , ideología y trabajo.
Jose F. Medina es Master en Ciencias de Ingeniería. Egresado del Instituto Energético de Moscú. Lic en Filosofía. Egresado de la Universidad Central de Venezuela. Máster en Política Exterior, Egresado del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual. Profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela. Profesor del Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual.