Por Eleazar Mujica Sánchez[1]
La Cultura Retrograda del Rentismo Petrolero
En Venezuela, desde 1925, a diferencia de otros países productores como, por ejemplo, Colombia, México, Brasil, incluso los Estados Unidos, el petróleo es la economía y el país ha devenido esencialmente en una sociedad rentista. Esto quiere decir que los ingresos gubernamentales proceden, fundamentalmente, del ingreso petrolero. Todo ello persiste, a pesar de los esfuerzos que la Revolución Bolivariana (RB) ha venido realizando desde 1999 en procura de la promoción de una cultura tributaria que permita un mayor espacio a la contribución fiscal de las y los ciudadanos como también de las y los empresarios.
En aquel contexto del siglo XX, los gobiernos que asumen el populismo desde el Trienio Adeco (1945-1948), ensayo político que se instaura luego del derrocamiento de Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, liderado por Rómulo Betancourt, procuraron siempre el establecimiento de un modelo económico político retrogrado que desestimulaba el pago de impuestos al gobierno, a cambios de lealtad política, con lo cual se buscaba generar una ilusión de “bienestar” social, aunque no pudo ir más allá de una modernidad ficticia que fuese siquiera capaz de garantizar una verdadera reforma agraria y menos poner en marcha el desarrollo de las fuerzas productivas que permitiesen decididamente la inversión del ingreso petrolero en sectores productivos de la economía nacional. Por el contrario, consolidaron los hilos de la dependencia económica y política que, en no pocas oportunidades, fungió como apéndice de la política exterior de EEUU, la Doctrina Betancourt es un vivo ejemplo de ello. Además, el modelo de sustitución de importaciones que, desde 1958 se convirtió en el lema orientador de los sucesivos planes para desarrollar el país, tras los proventos del petróleo que le servía de base y motor de dichos objetivos, veían agotada su posibilidad real en apenas dos décadas, vale decir, en 1978, a tan solo dos años de haber entrado en acción sobre la industria petrolera una “nacionalización” chucuta y concertada con el capital transnacional el 1 de enero de 1976.
En consecuencia, tras los dos booms[1] petroleros de los años 70, los gobiernos del pacto de Puntofijo convirtieron al país no solo en un importador de lo que antes producía, sino que llegó a ocupar la primera posición de consumo per cápita de whisky y cervezas a escala mundial. A propósito, no es casual que, Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina (1971), hiciese alusión de como el recurso petrolero venezolano beneficia al mundo desarrollado y consolida nuestra dependencia económica tras el exacerbado consumismo. También Alfredo Tarre Murzi (“Sanín”) en su libro: Venezuela saudita (1978), resalta el hedonismo y el consumo exacerbado de licores importados y también nacionales por parte de la sociedad venezolana o de la denominada “Gran Venezuela”, específicamente en 1977.
A pesar de que Venezuela, al igual que los países de la OPEP, contó con grandes excedentes financieros provocados por estos dos booms, el país se endeudó significativamente y el deterioro socioeconómico se hizo ya inocultable durante el gobierno del entonces presidente Luis Herrera Campins, con el “Viernes Negro”, ocurrido el 18 de febrero de 1983, cuando nuestro signo monetario –el bolívar– experimentó una devaluación frente al dólar estadounidense. Es obvio que, los índices de pobreza y desigualdad, representaron el origen y causa fundamental de toda la hecatombe política que se vivirá en el país desde finales de los años 80 y a lo largo de los años 90, lo cual no sólo contempla recias protestas populares, laborales y estudiantiles, sino un estallido social de la magnitud del 27 de febrero de 1989, así como dos levantamientos militares, el 4 de febrero y 27 de noviembre de 1992, respectivamente. Grosso modo, esto abrió paso a una nueva orientación política que se inicia en 1999 tras el triunfo electoral del comandante Hugo Chávez, el 6 de diciembre de 1998.
Plan de la Patria de las 7 Grandes Transformaciones 2025 – 2031: Urge salir del rentismo petrolero.
La dinámica del petróleo ha generado una cultura del rentismo que no se corresponde con un modelo normal de capitalismo, sino más bien parasitario, transculturizado y, por tanto, negador de nuestra propia identidad. Se impone con el petróleo, como bien lo definió Rodolfo Quintero —en sus libros: Cultura del petróleo (1968) y Antropología del petróleo (1972) —, una cultura de conquista en detrimento del interés nacional. En realidad, la cultura del petróleo permeó todos los aspectos de la vida social: el concepto tanto del trabajo como del tiempo libre; la división de la sociedad, incluyendo la división racial del trabajo; el diseño de las ciudades, el papel del mundo rural; el rol de la mujer; las alianzas transnacionales y la Iglesia; el sistema educativo, la familia, entre otros. No hubo rincón de la vida social venezolana que no fuera alterado por la cultura que produjo la explotación masiva del recurso petrolero.
Comoquiera que sea, el rentismo es retrogrado y, desde todo punto de vista, un obstáculo para el aprovechamiento del ingreso petrolero. Epistemológicamente, de entrada, estamos aludiendo a la noción de la “siembra del petróleo” que es de factura exclusivamente venezolana. No obstante, en este período que comprende la RB (1999 en adelante) ante el vetusto rentismo, el modelo del socialismo bolivariano del siglo XXI, centrado en el ingreso petrolero, tiene el reto férreo de superar los absurdos de la parasitaria cultura petrolera. Al respecto, podríamos subrayar que, el rentismo es una negación del socialismo y en sí del proyecto bolivariano que estamos construyendo.
A propósito, en nuestro último Plan de la Patria de las 7 Grandes Transformaciones 2025 – 2031, convertido en Ley Orgánica del Plan de la Patria de las 7 Grandes Transformaciones 2025 – 2031, desde el pasado 24 de mayo, cuando se publicó en Gaceta Oficial N° 6.907 Extraordinario, se habla de los cinco consensos como parte de una hoja de ruta para mirar los intereses superiores de la nación, entre ellos, muy decididamente se hace énfasis en la “construcción de un nuevo modelo económico” que, sin duda alguna, en lo estratégico, implica la concepción y construcción de una Venezuela Potencia, de la democracia económica y la construcción del socialismo. En suma, el nuevo modelo económico nacional se trata de pensar e hipostasiar la nueva sociedad desde el bolivarianismo, el ser humano en el centro de gravitación del sistema económico.
Por ello no es casual que, en la referida Ley Orgánica en lo referente a consolidar la defensa y soberanía en la preservación y uso de los recursos naturales estratégicos, se plantee, entre otros,“edificar la economía de la nueva etapa, impulsando el nuevo modelo económico post rentista, diversificado, soberano, para la satisfacción de las necesidades de la población y la generación de nuevas fuentes de riqueza”, así como la “revolución interna y reingeniería de PDVSA”.
Por otro lado, se concibe el desarrollo e impulso definitivo al proceso de reorganización del aparato económico nacional, su diversificación productiva y generación de recursos para el desarrollo integral de la nación, implementando los motores de la agenda económica bolivariana. Asimismo, consolidar el papel de Venezuela como potencia energética mundial y aprovechar el potencial energético para el desarrollo de procesos de generación de valor intensivos en energía. Desde luego, todo esto supone una serie de medidas y estrategia a lo interno de la industria petrolera nacional y también sobre nuestra economía en provecho de su productividad y diversificación.
Por lo pronto, en el marco de nuestra Revolución Bolivariana, petróleo y socialismo seguirán siendo las palancas claves para la transformación de la sociedad venezolana. Al respecto, entre 2024 y 2050, según el último World Oil Outlook 2050 de la OPEP, publicado ahora en julio de 2025, el consumo petrolero variará en términos relativos de 30,6% a 29,8%, pero en términos absolutos pasará de 103.700.000b/d que se consumió en promedio en 2024 a 122.900.000b/d en 2050, lo que significa que su crecimiento en ese lapso, en términos absolutos, será de 19.200.000 b/d. En consecuencia, el petróleo continuará teniendo la mayor importancia medular tanto como fuente de energía como materia prima de una vasta industria que sigue en ascenso.
En efecto, se prevé que la demanda mundial de energía aumente un 23 % hasta 2050, impulsada por el crecimiento económico e industrial, el aumento de la población[2], la creciente urbanización, las nuevas industrias de alto consumo energético, como la inteligencia artificial, y la necesidad de llevar energía a los miles de millones de personas que carecen de ella. El petróleo a pesar de su relativa baja porcentual seguirá siendo el de mayor importancia en la matriz energética mundial. Además, se espera que el parque automotor mundial aumente de 1700 millones en 2024 a 2900 millones en 2050, y aunque el crecimiento más rápido se espera en el segmento de vehículos eléctricos, se pronostica que los vehículos con motor de combustión interna sigan dominando el parque automotor mundial y representen alrededor del 71 % en 2050. Todos estos indicadores, aunado a la disminución de los crudos convencionales (livianos y medianos) vienen, sin lugar, a duda a representar grandes oportunidades para Venezuela que posee las reservas certificadas más grandes de petróleo a escala mundial, según el Annual Statistical Bulletin 2025 de la OPEP, son 303 mil 221 millones de barriles para el 2024 que reprentan el 19,35% de las reservas mundiales de petróleo.
Por consiguiente, debe agregarse que los 270 mil millones de barriles de crudos no convencionales (extrapesado y pesados) que tiene Venezuela en el seno de sus reservas, seguirán ganando terreno como fuentes energéticas, gracias a su abundancia y ante el hecho del agotamiento de las reservas de los convencionales para atender las nuevas exigencias, ya descritas anteriormente, que se vislumbran hacia el 2050. Tal situación nos obliga a seguir apostando en el petróleo, pero orientado hacia un nuevo modelo productivo que permita superar el rentismo retrogrado que se consolidó a lo largo del siglo XX en el país.
[1] El primero de ellos se produce a partir del 6 octubre de 1973 tras el inicio de la guerra de Yom Kippur, cuarta guerra árabe-israelí que coincide con la primera crisis energética del sistema capitalista. Mientras que, el segundo se produce entre 1979 y hasta finales de 1982, a consecuencia de la caída del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlavi, debido a la revolución iraní y, además, por la cruenta guerra Irán–Irak que duró casi nueve años (1980-1988) que trajo como consecuencia, la drástica reducción en la producción petrolera de ambos países durante varios años, lo cual agravó la oferta petrolera mundial y desembocó en un aumento de los precios del petróleo. Mientras que en la crisis de 1973-1974 los precios que se venían cotizando por debajo de US$3 pasan de US$ 3,71 en octubre de 1973 a $10,53 en 1974, en tanto que en el segundo episodio lograron superar ampliamente los 30US$ hacia principios de los 80. Aunque, desde finales de 1982 devino un descenso.
[2] Se prevé que la población mundial aumente en 1.500 millones, desde su nivel actual de 8.200 millones en 2024 hasta casi 9.700 millones en 2050. Igualmente, se estima que la tasa de urbanización global aumente del 58 % al 68 %, lo que resultará en que aproximadamente 1900 millones de personas se muden a las ciudades para 2050. Simultáneamente, se presagia que la economía mundial duplique su tamaño, pasando de 171 billones de dólares en 2024 a 358 billones de dólares en 2050.
[1]Doctor en Ciencias Sociales, Profesor universitario (UCV/ IAEDPG). Director de la Gestión de Investigación del Servicio Autónomo Instituto de Estudios Petroleros (SAIEP)