Por Guyén Saul Soto
Para entender la solidaridad contemporánea, debemos remontarnos al siglo XIX. Los proyectos independentistas de Simón Bolívar (Gran Colombia), José Martí (Cuba) y los líderes de la insurgencia mexicana (como Hidalgo y Morelos) compartían un enemigo común: el imperialismo español y, posteriormente, la sombra expansionista de los Estados Unidos. La Doctrina Monroe (América para los americanos) fue establecida como contrapropuesta, una garantía de hegemonía desde Washington, y como una advertencia a evitar por los próceres que soñaban con una «Patria Grande» verdaderamente soberana.
La visión de una América unida, soberana y capaz de dictar su propio destino no es un invento del siglo XXI, sino un legado directo de los próceres de la independencia. Simón Bolívar, en su profética Carta de Jamaica (1815), no solo analizaba las causas de la caída de la Segunda República de Venezuela, sino que esbozaba un proyecto geopolítico audaz. Ante la posibilidad de una restauración monárquica o la ambición de potencias extracontinentales, Bolívar soñaba con una gran confederación de estados latinoamericanos, desde México hasta Argentina, unidos por un «pacto social» que garantizara su libertad colectiva. Esta idea, germen de la integración contrahegemónica, surgía de la conciencia clara de que las naciones recién nacidas, débiles y fragmentadas, serían presa fácil del neocolonialismo si no encontraban la fuerza en la unión.
Ese sueño bolivariano intentó materializarse en el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826), convocado por el propio Libertador. Su objetivo explícito era crear una liga de naciones hermanas, una «anfictionía» al estilo de las antiguas Grecia, pero adaptada al mundo moderno, para defenderse de amenazas externas y resolver sus conflictos de manera pacífica. Aunque el congreso estuvo marcado por la ausencia de actores clave, como Argentina y Chile, y su impacto práctico fue limitado por las luchas internas, su trascendencia es simbólica y programática. El Congreso de Panamá representa el primer gran ejercicio diplomático de lo que hoy llamamos Cooperación Sur-Sur, un esfuerzo por construir un sistema de seguridad y política exterior autónomo, libre de la tutela de las potencias de la época, que entonces ya incluía a los Estados Unidos con su Doctrina Monroe.
Desde la realidad específica de México, los líderes de la insurgencia compartían esta preocupación por la unidad y la soberanía radical. Miguel Hidalgo y Costilla, en sus proclamas iniciales, y más tarde José María Morelos y Pavón en los «Sentimientos de la Nación» (1813), plasmaron una ideología independentista profundamente popular y soberana. Morelos proclamaba que la América era libre e independiente de toda otra nación, no solo de España, y abogaba por la soberanía popular como único fundamento legítimo del poder. Este énfasis en la voluntad del pueblo, en contraposición al derecho divino o la legitimidad monárquica, estableció un principio fundamental que resonaría siglos después: la autodeterminación no es solo la separación de un imperio, sino la construcción permanente de un orden interno y externo basado en la voluntad general, sin interferencias foráneas.
Casi un siglo después, el apóstol cubano José Martí actualizaría y precisaría este ideario en el contexto del imperialismo emergente de los Estados Unidos. En su ensayo «Nuestra América» (1891), Martí lanzó una advertencia crucial y una convocatoria. La advertencia era contra el «gigante de las siete leguas» del norte, cuyo expansionismo amenazaba con absorber a las repúblicas débiles. La convocatoria era a la unidad cultural y política de la América mestiza, la que «no puede ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades». Martí exhortaba a conocer la propia realidad y a gobernarse con bases propias, creando instituciones que surgieran del espíritu nacional y no de la copia servil de modelos extranjeros. Su lucha no era solo por la independencia de Cuba, sino por el equilibrio del mundo, entendiendo que la libertad de la isla era el baluarte necesario para la soberanía de toda la América Latina.
Existe un gran hilo conductor inquebrantable. Los padres fundadores de la Patria Grande no concebían la independencia como un acto aislado, sino como un proyecto continental e interdependiente. Su genio visionario les permitió prever que las nuevas naciones, en su soledad, serían vulnerables a nuevas formas de dominación. Por ello, la solidaridad interestatal, la unión política y la defensa férrea de la autodeterminación no son meras opciones de política exterior para gobiernos como los de México, Cuba o Venezuela; son, en su autorrepresentación, el cumplimiento de un mandato histórico, la reactivación de un sueño bolivariano y martiano que encuentra en la cooperación sur-sur y la resistencia contrahegemónica los instrumentos modernos para realizar aquella vieja aspiración de integración y soberanía colectiva que no pudo consolidarse en el siglo XIX.
La Revolución Cubana como catalizador de la solidaridad en el siglo XX
La Revolución Cubana de 1959, encabezada por Fidel Castro, actuó como el catalizador histórico que reconfiguró los ejes de la solidaridad en el hemisferio. Este evento no fue simplemente un cambio de gobierno en una isla del Caribe, sino un desafío frontal a la hegemonía estadounidense en lo que consideraba su «patio trasero», y se erigió en un faro de soberanía y antiimperialismo para las fuerzas de izquierda de toda América Latina. En este contexto de Guerra Fría, donde la presión de Washington para aislar a la naciente revolución era inmensa, la postura de México emergió con una fuerza singular y principista. El gobierno del presidente Adolfo López Mateos, tomando una decisión que definiría su legado, optó por desafiar el consenso hemisférico y mantener relaciones diplomáticas con La Habana, una posición que se mantendría invariable durante décadas.
Esta decisión mexicana no fue un acto de oportunismo, sino la aplicación concreta de dos pilares de su política exterior: la “Doctrina Estrada”, un principio de derecho internacional nacido de la Revolución Mexicana, que establece que la soberanía de un estado reside en no juzgar los gobiernos extranjeros, aceptándolos como son y privilegiando la continuidad de las relaciones por encima de los cambios internos. Para México, esto significaba que, más allá de las diferencias ideológicas con el proyecto socialista de Fidel Castro, el derecho del pueblo cubano a elegir su destino sin coerción externa era incuestionable. Así, México se convirtió en un contrapeso diplomático crucial, un «país hermano» que proveía a Cuba de una ventana al mundo en sus momentos de mayor asedio, consolidando una solidaridad que, si bien a veces incómoda para ambos lados, demostró una resiliencia extraordinaria.
Esta postura mexicana, sin embargo, no implicaba una alianza ideológica militante durante la mayor parte del siglo XX, sino que operaba en el plano superior de los principios de convivencia internacional. Mientras Cuba se consolidaba como un estado socialista y exportaba su modelo de solidaridad a través del envío de médicos a los países más necesitados, México podía tener sus críticas al modelo cubano, pero el defensor ferviente de su derecho a existir en el escenario mundial. Esta solidaridad basada en la soberanía, es lo que le permitió perdurar a través de múltiples administraciones priístas, estableciendo un precedente histórico. La Revolución Cubana, por tanto, catalizó una forma de solidaridad mexicana que era, ante todo, una afirmación de su propia soberanía y una reivindicación del derecho de toda nación latinoamericana a ser dueña de su futuro, un principio que décadas más tarde sería reclamado y revitalizado por la Cuarta Transformación.
El punto de inflexión, la revolución bolivariana de Hugo Chávez
Si la Revolución Cubana fue el catalizador, la llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela en 1999 representó el verdadero punto de inflexión en la geometría de la solidaridad latinoamericana. Este momento no solo marcó el nacimiento de la llamada Revolución Bolivariana, sino que catalizó la transición de una solidaridad bilateral y basada principalmente en principios diplomáticos, a la formación de un eje estratégico con una clara vocación contrahegemónica. Chávez, continuador del ideario bolivariano y antiimperialista, encontró en Fidel Castro no solo un aliado, sino un mentor y un socio estratégico. Su relación personal, cargada de simbolismo, selló una alianza que era a la vez ideológica y profundamente pragmática, destinada a desafiar el orden unipolar de la posguerra fría y el consenso neoliberal que promulgaba el fin de la historia como triunfo incuestionable del neoliberalismo.
De esta alianza nació un modelo virtuoso de Cooperación Sur-Sur que operaba al margen de las instituciones financieras tradicionales. La simbiosis era perfecta: Venezuela, poseedora de las mayores reservas petroleras del mundo, proveía a Cuba de crudo con facilidades de pago a través de mecanismos como Petrocaribe. A cambio, Cuba, con su excepcional capital humano, desplegó hacia Venezuela un ejército de miles de médicos, maestros y entrenadores deportivos. Estas misiones sociales, como Barrio Adentro, Robinson, Ribas y Milagro, se convirtieron en el pilar del estado de bienestar venezolano, subsanando una deuda social de décadas y demostrando en la práctica que era posible un intercambio basado no en el capital, sino en la complementariedad y la solidaridad.
Paralelamente, México, bajo los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, vivía un distanciamiento abrupto de esta incipiente alianza. La histórica política exterior de no intervención fue sustituida por un alineamiento claro con la agenda hemisférica de Washington, lo que se tradujo en un enfriamiento e incluso en una abierta hostilidad hacia los gobiernos de La Habana y Caracas. Este quiebre con la tradición diplomática mexicana creó una desconexión que parecía profundizarse, dejando a Cuba y Venezuela como los dos polos principales de un proyecto de integración alternativo. Sin embargo, este distanciamiento mexicano terminaría por hacer más evidente la singularidad del eje La Habana-Caracas, consolidándolo como el núcleo duro de la resistencia al llamado «consenso de Washington» y preparando el terreno para una futura reintegración cuando las condiciones políticas en México cambiaran, como de hecho cambiaron con la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
El punto de inflexión, por tanto, se consuma con la creación de este eje estratégico que trasciende lo meramente bilateral. No se trataba ya solo de solidaridad, sino de la construcción activa de un polo de poder regional alternativo, con sus propios mecanismos de cooperación económica (el ALBA), sus propios medios de comunicación (Telesur) y una narrativa histórica compartida que se remontaba a Bolívar y Martí. La relación entre Chávez y Castro logró proyectar una visión de la integración que no solo era política, opuesta al libre comercio y al neoliberalismo, sino que posicionaba la lucha contra la hegemonía estadounidense como el principio organizador central de su acción exterior, redefiniendo así el mapa de las alianzas en América Latina para el siglo XXI.
La solidaridad en el siglo XXI
La solidaridad en el siglo XXI entre México, Cuba y Venezuela se ha refinado como un instrumento de resistencia multifacético, capaz de responder a una ofensiva hemisférica que combina la coerción económica con la presión militar y el aislamiento diplomático. Este nuevo capítulo se define por la capacidad de los gobiernos de la región para articular respuestas coordinadas que denuncian y neutralizan estas estrategias de dominación. La administración de Nicolás Maduro en Venezuela y el gobierno de Miguel Díaz-Canel en Cuba enfrentan un asedio sin precedentes: no solo el recrudecimiento del bloqueo estadounidense contra la isla —agravado por su descabellada inclusión en la lista de países patrocinadores del terrorismo— o las medidas coercitivas unilaterales que estrangulan la economía venezolana, sino también la escalada militar con la presencia de flotas de guerra frente a sus costas y la amenaza latente de operaciones encubiertas, que recuerdan los peores capítulos de la intervención de la CIA en la historia latinoamericana. En este contexto, la solidaridad ha dejado de ser un gesto para convertirse en un escudo de resistencia política y soberana.
Con la llegada al poder de AMLO y retorno de la “Doctrina Estrada” y como parte fundamental de la Cuarta Transformación y del proyecto de país reflejado en el concepto de “humanismo mexicano”, se retoma la tradición diplomática basada en la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, el gobierno mexicano, hoy representado por la presidenta Claudia Sheinbaum, de manera consistente y enérgica, ha alzado su voz en los foros internacionales para condenar de forma inequívoca el bloqueo económico a Cuba, calificándolo como un acto injusto y anacrónico que castiga a toda una población, y ha rechazado con igual firmeza las medidas coercitivas unilaterales impuestas contra Venezuela, argumentando que agravan el sufrimiento de su pueblo y socavan cualquier posibilidad de diálogo. Asimismo, México ha repudiado la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, señalándola como una medida arbitraria y carente de fundamento que solo contribuye a agravar la ya compleja situación económica de la Isla. Frente a la inquietante presencia de la flota de guerra estadounidense en el Caribe, México ha hecho un llamado urgente a la contención, abogando por la paz, la estabilidad regional y la resolución de controversias mediante el diálogo respetuoso y el derecho internacional, posicionándose, así como un actor clave que promueve la desescalación de tensiones y la primacía de la diplomacia sobre la confrontación en el continente americano.
Actualmente, la reciente decisión de la presidenta Sheinbaum, en sintonía con el mandatario colombiano Gustavo Petro, de no asistir a la Cumbre de las Américas en protesta por la exclusión de Venezuela, Cuba y Nicaragua, no será una mera ausencia; es un acto de desobediencia diplomática que consolida un nuevo frente de rechazo al exclusionismo hemisférico. Esta acción, coordinada entre dos de las principales economías de la región, envía un mensaje contundente: no hay legitimidad en un foro panamericano que segrega a naciones hermanas por razones políticas. Este gesto, en sintonía con el principio de no intervención del «humanismo mexicano», actualiza la solidaridad al demostrar que la unión de los pueblos se fortalece precisamente cuando se rechazan los intentos de división, reafirmando que la verdadera integración es inclusiva o no es.
En este escenario de contraposición, la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) emerge como la encarnación institucional estratégica de esta visión contrahegemónica. Su reactivación y fortalecimiento durante este periodo de ataques de la administración Trump —caracterizados por guerras de aranceles, el desprecio a la soberanía regional y la intensificación de las sanciones— no es una casualidad. La CELAC debe convertirse en el foro indispensable donde todos los países, sin la tutela de Estados Unidos o Canadá, puedan dialogar y construir consensos propios. Para México, Cuba y Venezuela, este organismo representa la materialización del sueño bolivariano y martiano de una «América Nuestra» unida, un espacio de diálogo sur-sur que neutraliza los intentos de imposición desde el Norte. Es la plataforma desde la cual se defiende colectivamente el derecho de Cuba a existir sin bloqueo, el de Venezuela a decidir su destino sin sanciones ni amenazas de invasión, y el de toda la región a ser un espacio de paz, libre de la intervención de potencias extracontinentales.
En definitiva, la solidaridad del siglo XXI ha trascendido el plano bilateral para consolidarse como un proyecto geopolítico regional. La resistencia ya no es solo frente a un embargo o unas sanciones específicas, sino frente a un arsenal completo de dominación que incluye aranceles, guerra económica, presión militar y aislamiento diplomático. La respuesta, encabezada por figuras comoClaudia Sheinbaum y Gustavo Petro, junto a la resiliencia de Díaz-Canel y Nicolás Maduro, se articula a través de la no cooperación con los foros excluyentes, el fortalecimiento de instituciones propias como la CELAC y la reivindicación de una hermandad histórica que se niega a ser quebrada. Esta postura colectiva, que hunde sus raíces en las luchas independentistas de Bolívar, Hidalgo y Martí, demuestra que los pueblos de Nuestra América, cuando actúan unidos, poseen la capacidad de erosionar los pilares de la hegemonía y defender con firmeza su derecho inalienable a la autodeterminación y la paz.
Luces en el fututo
En conclusión, el entramado de solidaridad tejido entre México, Cuba y Venezuela, desde sus raíces independentistas hasta su expresión contemporánea, constituye un eje fundamental en la arquitectura política contrahegemónica de América Latina y el Caribe. Este proyecto, heredero directo del sueño bolivariano de una Patria Grande unida y soberana, ha demostrado una notable capacidad de adaptación y resiliencia, evolucionando desde el crucial respaldo diplomático mexicano a la Revolución Cubana en el siglo XX hacia una alianza estratégica multidimensional en el siglo XXI. La simbiosis energética y de capital humano entre La Habana y Caracas, y el regreso de México a sus principios de no intervención con la Cuarta Transformación, han creado un frente coordinado que resiste las presiones mediante la Cooperación Sur-Sur, la denuncia diplomática y la defensa irrestricta de la autodeterminación. Acciones como el rechazo a las cumbres excluyentes, el fortalecimiento de la CELAC y las críticas firmes al bloqueo, las sanciones unilaterales y la militarización del Caribe, no son actos aislados, sino capítulos de una misma lucha por el equilibrio del mundo que prefiguraron Simón Bolívar, Miguel Hidalgo y José Martí y. Así, bajo el liderazgo de figuras como López Obrador, Fidel Castro, Hugo Chávez y con la continuidad que demuestran Claudia Sheinbaum, Diaz-Canel y Nicolás Maduro y aliados como Gustavo Petro, esta solidaridad se consolida como un proyecto geopolítico vivo que, en nombre de sus pueblos, defiende el derecho irrevocable de los pueblos de Nuestra América a forjar su destino, libre de toda coerción externa, honrando un pasado de lucha y reafirmando en el presente una voluntad inquebrantable de soberanía y paz.