Por: Félix M. Roque Rivero
Los Estados Unidos es la tierra de los hombres libres, es el hogar de los valientes. Así textualmente reza el himno nacional de ese país. Sin embargo, esas frases procuran esconder lo que en realidad son: un mito del idealismo gringo. Ellos se declararon como potencia imperialista en 1.898 (Acosta, Vladimir. El monstruo y sus entrañas. Editorial Galac. Caracas, 2020). El “destino divino” de los Estados Unidos, según lo afirmado por John O’Sullivan en artículo escrito en 1839 esta basado en valores como la igualdad, los derechos de conciencia y de libertad personal para establecer en la tierra la dignidad moral y la salvación del hombre. Fueron estas ideas lo que luego, en 1845, el mismo O’Sullivan definió como “El destino manifiesto”, es decir, la profecía-mandato del Altísimo de hacer de los EEUU el pueblo predestinado por Dios para convertirse en el amo, dueño y señor del mundo. Ellos son, en consecuencia, el nuevo pueblo elegido (el primero fue Israel) para regir el destino de los demás.
En realidad, los EEUU son otra cosa muy distinta. Siguiendo al maestro Vladimir Acosta, resulta que el país del Tío Sam es una cofradía donde los presidentes le hacen la competencia al Papa y al Vaticano. Sus presidentes, han dejado testimonios de sus conversaciones con el mismísimo Dios. Es un país cristiano donde se repite la mañosa frase “God bless América” pero cuyos crímenes son siempre cubiertos y justificados por un manto religioso que los santifica. Dios jamás los abandona y les ordena que hacer. Así, exterminaron a la población indígena a la que el presidente George Washington ordenó asesinar al considerar que eran bestias, salvajes, lobos con forma humana que comprometían la seguridad futura de su país. Ellos, a nombre del Todopoderoso conquistaron el Reino de Hawái y Filipinas, se apropiaron de la mitad de México, han invadido números pueblos y a partir de la Segunda Guerra Mundial han expandido el uso de su fuerza militar dejando un número de víctimas colosal. (Noam Chomsky y Nathan J. Robinson. El mito del idealismo americano. Editorial Ariel, 2025).
Las acciones emprendidas por Donald Trump y su equipo de tarúpidos tiene muy poco de novedoso ni original. Es el desarrollo de las mismas ideas que tuvo Harry Truman cuando en 1945 ordeno lanzar contra Hiroshima y Nagasaki dos bombas nucleares que aniquilaron buena parte de la población japonesa. En esa oportunidad, Truman señaló que tomó esa decisión porque Dios se lo había ordenado en un sueño que tuvo con él. Trump ha ordenado bombardear lanchas de pescadores, bajo el argumento de que son “narcolanchas” sin aportar ninguna prueba y, además, ordenando rematar a los pescadores sobrevivientes. Seguramente, Trump sigue los designios de su Dios.
Siguiendo al pie de la letra los mandamientos bíblicos, Trump amenaza con invadir Venezuela y Colombia, dos países cuyos presidentes le resultan incómodos, indisciplinados, respondones, nacionalistas y que se les han salido del control hegemónico que por años han mantenido en su otrora “patio trasero”. Ya lo había dicho Bolívar en el siglo XIX, “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia (Dios), a plagar a la América de miserias, a nombre de la libertad”.
Eso son los EEUU sin máscara y sin disfraz. Un país cuyos presidentes carecen de escrúpulos, de ética y de moral. Un Estado que, como se ha dicho, no tienen amigos permanentes, cuando sí, intereses permanentes. Que no se asombre nadie con lo que están haciendo en el Mar Caribe y en el océano Pacífico. Es su naturaleza descarada y despiadada. Es la aplicación de su expansionismo y de su fundamentalismo. Pretenden, con su política suicida, como afirma Saramago, seguir estupidificando, entonteciendo y embobando de manera maquiavélica a los pueblos. No se percatan que están despertando a un gigante, que están cavando su propia sepultura.
Quiero pensar que el pueblo estadounidense, ese que venciendo los miedos sale a marchar por las avenidas manifestando su rechazo a las políticas de Trump y contra una invasión a Venezuela y Colombia, es inocente de las atrocidades que cometen sus líderes que dicen representarlos. Ellos, al igual que los senadores, diputados, altos mandos militares y religiosos, le han dicho no a las locuras de Trump y de los empresarios que fabrican armas. Ellos, al igual que el pueblo venezolano, prefieren el diálogo y La Paz, el verdadero camino universal.