Por Franklin González
Como hemos insistido. Toda política exterior se vale de dos instrumentos que son clásicos, y están per se diseñados y se van ejecutando al unísono o uno predominando por encima del otro en determinadas circunstancias. En ese sentido, existe el instrumento clásico de la guerra con sus distintas características y variantes (hoy son muchas, entre ellas la que van a la mente de los pueblos); y también existe el instrumento de la paz o de la diplomacia; igualmente con sus características y distintas variantes
Aquí estableceremos los contrastes de ambos instrumentos representados en la política exterior de EEUU y VenezuelaEEUU: La “razón de la fuerza”.
En el caso de Estados Unidos, históricamente su política exterior ha estado concentrada en los valores que los “poderes fácticos” defienden al interno de esa nación y por extensión también lo hacen en el resto del mundo. Revisar su Declaración de Independencia (1776), la Constitución de 1787 y el texto El Federalista de 1787, significa encontrar como fundamentales los valores de la “Libertad y la “Dignidad humanas” y estas dentro del marco de la Democracia, entendida como representativa, de pesos y contrapesos.
A los anteriores valores debe agregarse que desde 1943 el término “seguridad nacional” empezó a utilizarse de manera amplia y el 26 de julio de 1947 el Congreso de EE.UU. aprobó la ley que, entre otras cosas, creaba el Consejo de Seguridad Nacional, a cuyo frente se puso al presidente del país, con el objetivo de coordinar la política exterior y de defensa y conciliar responsabilidades y procedimientos tanto diplomáticos como militares. A partir de entonces cada presidente ha puesto en desarrollo su política de seguridad nacional pero siempre supeditada a los valores antes mencionados, particularmente al valor “sagrado” de la libertad.
A partir de los sucesos ocurridos en 2001 y con los gobiernos de George Bush y Barak Obama, comenzó la puesta en ejecución de la política de la seguritización que permite a las élites estadounidenses definir la seguridad nacional, a partir del poder social del lenguaje de construir amenazas por el mero hecho de declararlas discursivamente. Para ello se aprobó La Ley Patriota, en octubre de ese mismo año 2001, que amplió los poderes policiales y de control del Gobierno de Estados Unidos, con lo cual el valor de la libertad quedó supeditado al hecho de que cada ciudadano de dicho país podía ser sospechoso de “terrorista”, y, si esto era válido para un estadounidense, con mucha más razón lo eran para todos los habitantes del planeta Tierra.
En el año 2010 el gobierno del presidente Barack Obama presentaría su “Estrategia de Seguridad Nacional” en la cual definió las orientaciones fundamentales de la política de seguridad interna y externa de EEUU y, sin mayor pudor, estableció que el gobierno de Estados Unidos tenía como mayor responsabilidad proteger al pueblo estadounidense; pero esas obligaciones no terminan en las fronteras de ese país, sino que también deben extenderse para garantizar la seguridad internacional, siempre en función de los intereses de EEUU.
De igual manera en el transcurrir del tiempo, EEUU ha operado con lo que Georg Friedrich Hegel llamó, en Dialéctica del amo y el esclavo, la “identidad negativa, donde la identidad de uno de los dos viene dada por la negación de la del otro”, y que describe muy bien el escritor estadounidense Morris Berman en el folleto: Localizar al enemigo.
Mito versus realidad de la política exterior de EE.UU.
De allí que podríamos afirmar que EE.UU. ha tenido una identidad por lo que no es y además combatiendo contra ese “enemigo”, haciéndolo siempre “por sus intereses, sus creencias y sus ambiciones”. Primero, contra los que se oponían a su independencia en 1775; luego, por “el honor y el comercio” en 1812; por territorio en 1846; por humanidad, expansión e imperio en 1898, por “el derecho a la neutralidad” en 1917 y por la seguridad nacional en 1941. Y a partir de 1945 contra el comunismo, a través de la contención y la disuasión, que significó lo contrario a la “democracia y la libertad occidental”.
Luego, ante el derrumbe del “campo socialista” y del “comunismo soviético”, los sucesos del 11/09/2001 hicieron surgir uno nuevo, difuso, sin rostro, sin aposento nacional pero que le produjo mucho daño en sus propias entrañas: el terrorismo. En el Continente Americano, por ejemplo, desde el año 1959 siempre ha tenido como enemigo a Cuba, pero de repente apareció otro enemigo: Venezuela, que, además, se encuentra en el radar de operaciones intervencionistas.
Con nuestro país han sido muy claro y como “hegemón benevolente”, han afirmado: “apoyaremos a los ciudadanos de aquellos países donde el ejercicio pleno de la democracia está en riesgo, tales como Venezuela”.
Por eso, desde el golpe de Estado el 11/04/2002, contra Venezuela vienen privilegiado el instrumento de la guerra, en sus distintas modalidades, acompañado con el tema de los derechos humanos como otros de los valores que, dicen, está obligado a “defender” en el mundo. Para esto último, utilizan Organizaciones No Gubernamentales, para que digan y repitan que en Venezuela se violan sistemáticamente los derechos humanos en la aplicación de la justicia penal, así como en sus políticas migratorias y de seguridad nacional.
Después llegaron al paroxismo con la “Orden Ejecutiva” del 09/03/2015 y declararon a Venezuela una “inusual y extraordinaria amenaza para la seguridad y la política exterior de ese país”. Desde entonces, la “zanahoria” no ha estado presente, sino el “garrote”. En ese sentido, vale la pena recordar, como diría Sherman Kent en su libro Inteligencia Estratégica para la Política Mundial Norteamericana, que la guerra no necesariamente es convencional. Las hay también en el campo de la política y la economía, y en este último campo se combinan distintas fórmulas: el bloqueo, la congelación de fondos, el boicot, el embargo, la lista negra, los subsidios, los empréstitos, los tratados bilaterales, etc. que buscan debilitar la voluntad y la capacidad de resistencia del enemigo y fortalecer la propia voluntad y capacidad para vencer.
A esta lista debe agregarse el robo descarado contra propiedades el estado venezolanoAsí que, como el “todopoderoso del norte” necesita “Localizar al enemigo”, Venezuela se convirtió en una buena excusa dizque por la “erosión de los derechos humanos, la restricción de la libertad de prensa y la exacerbada presencia de una significativa corrupción pública”. Pero, además, desde el punto de vista geopolítico, se “convirtió en un mal ejemplo” para la democracia “de pesos y contrapesos “al levantar las tesis de la democracia participativa y protagónica. Se atrevió a desafiar un proyecto societal y neoliberal para todo el Continente Americano, como el Área de Libre Comercio para Las Américas (ALCA), y levantar propuestas y alternativas que dirigen la atención a mecanismos de integración más consustanciados con los intereses de los pueblos, como la Alianza para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Unión de Naciones Suramericana (UNASUR). Petrocaribe y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
Finalmente, debe decirse que el reconocido economista estadounidense Jeffrey Sachs ha dicho que su país, EE.UU., es el “país de la guerra perpetua”.
Venezuela: La “fuerza de la razón”
Se dice que Venezuela tiene nombre de mujer y está ubicada en el norte de América del Sur, pertenece al atlántico, al caribe y a la zona andina pero también tiene fronteras con la Amazonía. Posee, además, recursos energéticos estratégicos para solventar en gran parte la crisis por las cual atraviesa actualmente el modo de producción capitalista.
Y cuando se revisa su historia, en términos de pasado, presente y futuro, lo que se encuentra son ejemplos de cómo su política exterior ha estado plagada de la utilización del instrumento de la paz, la diplomacia y la solución pacífica de los conflictos. Si hago tuvieron claro quienes luchaba desde Venezuela para liberar a otros pueblos fue que nunca la bandera que los motivó fue el de la dominación o sometimiento.
En la Venezuela bolivariana y en el marco del concepto de la “Nueva Geopolítica Internacional” se ha planteado una política transparente que pone el énfasis en el instrumento de la paz; en fortalecer la soberanía nacional vigorizando y ampliando las alianzas orientadas a la conformación del bloque geopolítico regional y de un mundo multipolar; diversificar las relaciones políticas, económicas y culturales, de acuerdo con el establecimiento de áreas de interés geoestratégicas; profundizar el dialogo fraterno entre los pueblos, el respeto de las libertades de pensamiento, religión y la autodeterminación de los pueblos. Todo esto bajo las siguientes estrategias: Mantener relaciones soberanas ante el bloque hegemónico mundial; desarrollar la integración con países de América Latina y el Caribe; avanzar en la transformación de los sistemas multilaterales de cooperación e integración, mundial, regional y local; favorecer relaciones solidarias con otros países en desarrollo; construir la institucionalidad de un nuevo orden de integración financiera y el establecimiento del comercio justo; profundizar el intercambio cultural y la independencia científica y tecnológica; luchar por crear un nuevo orden comunicacional internacional; luchar por la preservación del medio ambiente y promoción de los derechos ecológicos; luchar contra el consumo y tráfico de drogas y otros daños a la salud de los pueblos y contra cualquier manifestación de terrorismo y promoción a la doctrina sobre las líneas estratégicas de paz como forma superior y civilizada para resolver los conflictos entre los pueblos.
Aquí, ha sido la utilización de le “fuerza de la razón” el desiderátum de la política exterior de Venezuela.
Como se puede evidenciar, son dos formas, dos maneras de concebir y actuar en materia de política exterior. Una, la de la “fuerza como razón” y otra la “razón como fuerza”. Para comprobar la eficacia de estos dos instrumentos están las experiencias históricas que han sido objeto de los mismos.
En las relaciones entre EEUU y Venezuela han estado presente ambos instrumentos y podríamos inscribirla en un “juego de ajedrez”.
En un juego de ajedrez (llamado por algunos juegos de guerra) los procesos geopolíticos mundiales habitualmente consideran diferentes etapas que si bien no son cíclicas sí se renuevan por largos períodos de tiempo. Las primeras jugadas, o apertura en el ajedrez, van saliendo las piezas de sus puestos iniciales que serían aquellos esbozos políticos, económicos, sociales y otros que una nación da a conocer al mundo. Allí todo comienza.
A mitad del juego aquellos países con buenas estrategias influyen en el futuro de ese gran tablero de juego, con muchos peones y piezas que entran en conflicto, de lo cual se decide un final para cualquiera de los jugadores, incluyendo sus consecuencias.
Por tanto, como en el ajedrez, las estrategias geopolíticas son muchos juegos en uno: de un lado, jugar bien la apertura, el desarrollo y el final requiere de habilidades totalmente distintas y es posible encontrar jugadores muy fuertes en una fase y considerablemente más débiles en otra.
A estas alturas del siglo XXI, los Estados Unidos -como jugador-, se ve más que nunca por doquier la potencia imperialista que intenta, en el juego mundial, imponer su voluntad de manera unilateral por “la razón de la fuerza”, esto es, irrespetando las leyes y el derecho internacional público. De allí que desde el derrumbe de la Unión Soviética ha puesto en ejecución las mayores intervenciones militares en casi todo el orbe terrestre.
Hoy, por ejemplo, Europa, es escenario de guerra nuevamente y el impulsor número uno de ella tiene nombre y apellido: es el imperio sin fronteras, global, unilateral, armamentista y cínico. También la masacre en la Franja de Gaza no podría realizarse sin el apoyo descarado y abierto de EEUU hacia el sionismo israelí.
Frente a esa realidad, Venezuela -el otro jugador-, debe seguir insistiendo en mover las piezas que ponen el acento en la “fuerza de la razón” y, como lo dice el Preámbulo y el artículo 152 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en “promotora de la paz”. Seguir utilizando el instrumento de la diplomacia de contribuir al desarrollo de una nueva geopolítica internacional en la cual tome cuerpo el mundo multicéntrico y pluripolar que permita lograr el equilibrio del universo y garantizar la paz planetaria en el planeta.
Recordar que el imperio está viviendo un momento histórico que lo estremece fuertemente y que algunos analistas como Morris Berman, llamarían de “crisis terminal” y es maldecido por millones de hombres y mujeres cada día en las cuatro esquinas del mundo.En todo caso, en este juego de ajedrez, el poderoso, con todo su poder y todas sus maniobras, ha dado unos cuántos jaques, pero aún no ha podido dar jaque mate al “chico”, aunque, como dijo El Libertador Simón Bolívar: «Es preciso no descuidarse ni despreciar, por insignificante que parezca, el enemigo» (Carta al General en jefe J. A. Páez, Boyacá, 15/12/1828), y mucho menos en las actuales circunstancias internacionales.
En definitiva, estar mosca por todos los flancos.