29/08/2023 - Byung-Chul Han, retratado en el cementerio de St. Andrews de Berlín - ©Ronald Patrick ----PIEFOTO---- El filósofo, afincado en Berlín, fuma de su pipa en la terraza de la cafetería de St. Andrews.
Por José F Medina
La característica más inmediata de la escritura de Han es su estilo fragmentario y aforístico. Sus libros se componen de frases cortas, lapidarias y altamente repetitivas que evitan sistemáticamente el desarrollo argumentativo tradicional en filosofía en especial la marxista leninista. Como señala el profesor Jesús Zamora Bonilla, sus obras consisten principalmente en una «yuxtaposición de frases brillantes y cortas, más típicas de la literatura y la poesía» que de los ensayos filosóficos, caracterizándose por ser «poco argumentativas» y «más bien categóricas» . Este formato le ha valido críticas por parte de colegas que cuestionan el rigor de su método, acusándolo de preferir el impacto retórico sobre la solidez conceptual.
El propio Han parece admitir esta aproximación cuando describe su proceso de escritura: «Soy extremadamente perezoso… Tal vez escribo tres frases al día, que luego se convierten en un libro. Pero no intento escribir, no. Recibo pensamientos… Las palabras en mis libros no son mías. Las recibo, las que me visitan, y las copio» . Esta declaración, que podría interpretarse como una pose de humildad, revela en realidad una evasión de la responsabilidad intelectual que conlleva construir y sustentar sistemáticamente un argumento.
Una revisión de su obra muestra cómo Han repite constantemente sus temas centrales sin desarrollar su pensamiento de manera significativa. El crítico Wolfram Eilenberger lo compara con «un pájaro carpintero que golpea continuamente una porción muy estrecha de un tronco muy grueso» . Esta observación apunta a una falta de evolución en su pensamiento: desde «La sociedad del cansancio» (2010) hasta sus obras más recientes, Han repite incansablemente los mismos conceptos, la sociedad del rendimiento, la autoexplotación, la transparencia, sin añadir matices significativos ni profundizar en sus implicaciones.
Las características de la filosofía de Han se pueden enmarcar en su estilo aforístico manifestado en frases cortas y lapidarias, que eluden la argumentación sistemática, utiliza la repetición temática, reutilizando conceptos centrales, dejando ver la falta de evolución conceptual, muestra poca autocrítica, haciendo que sus conceptos no tengan límites, desarrollando así un dogmatismo encubierto de escepticismo, por último el uso selectivo de referentes, en citas descontextualizadas de grandes pensadores, ejecutando la apropiación superficial de tradiciones filosóficas.
El pensamiento de Han sobresale en el diagnóstico de los males contemporáneos, ofreciendo descripciones potentes y evocadoras de nuestra condición actual. Su caracterización de la «sociedad del cansancio» donde los individuos se convierten en «emprendedores de sí mismos» que se autoexplotan voluntariamente , o su noción de «psicopolítica» donde el poder neoliberal «no reprime sino que seduce» , resultan incisivas y capturan dimensiones importantes de nuestra experiencia. Sin embargo, estas descripciones no van acompañadas de propuestas concretas para transformar esta realidad. Como señala Josh Cohen en Aeon, la postura de Han es esencialmente melancólica en el sentido freudiano: «sellada dentro de su propio dolor, transmitiendo una convicción absoluta en el destino de autodestrucción del yo y del mundo» .
Esta melancolía se traduce en una filosofía que, aunque aparentemente crítica, resulta en el fondo conservadora, pues al no ofrecer alternativas viables, implícitamente sugiere que ninguna transformación es posible. Como el propio Han escribe: «El agotamiento y la revolución se excluyen mutuamente» , afirmación que parece desactivar de antemano cualquier potencial transformador de su propio pensamiento.
Han posee falta de rigor académico, Su estilo aforístico y «grandes pronunciamientos» pueden no sostenerse bajo un escrutinio riguroso; se le describe como un «DJ de la filosofía» que mezcla referencias de forma atractiva pero superficial, Un análisis materialista histórico consideraría insuficiente un diagnóstico que no se sustente en una argumentación sistemática y en datos empíricos concretos.
El humanismo anticuado, su crítica se enmarca en una tradición humanista que prioriza la experiencia subjetiva y espiritual frente a las fuerzas materiales y económicas. El marxismo, como materialismo, buscaría las causas en las estructuras económicas (ej. plusvalía, lucha de clases), no en la psicología o la «fatiga del alma».
Exageración del diagnóstico, Algunos de sus conceptos, como el paso de una «sociedad inmunológica» a una «neuronal», pueden ser reduccionistas y no explicar realidades como el resurgimiento de fronteras y nacionalismos, Subestima la persistencia de la violencia estructural (Estado, fronteras, ejércitos) y las formas clásicas de opresión material que el marxismo analiza.
Individualización del malestar, su teoría de la «auto-explotación» sitúa la coerción en el interior del individuo, quien es «amo y esclavo a la vez», se oscurece el papel del sistema de clases; el conflicto ya no es entre burguesía y proletariado, sino una «lucha interna contra uno mismo», despolitizando el problema.
Falta de alternativas estructurales, su filosofía ofrece un diagnóstico pesimista («melancolía») pero pocas salidas prácticas más allá del retiro individual (jardinería, contemplación), un marxista buscaría soluciones en la acción colectiva y la transformación revolucionaria de las bases económicas de la sociedad, no en el escape individual.
Frente a la incapacidad de proponer alternativas estructurales, Han recurre a lo que podríamos llamar «escapismo burgués»: la jardinería, tocar piano, visitar restaurantes exclusivos y cultivar una vida contemplativa. Estas actividades, valiosas en sí mismas, se presentan como respuestas individuales a problemas profundamente sociales y estructurales. Resulta sintomático que el propio Han viva en una «burbuja de su propia creación», dividiendo su tiempo entre dos casas—un apartamento en el suroeste de Berlín y una casa con jardín entre un lago y un bosque desde donde critica la sociedad digital.
Esta postura revela una contradicción fundamental: mientras diagnostica los males del capitalismo neoliberal global, sus «soluciones» están reservadas a aquellos con los recursos económicos y el capital cultural necesarios para acceder a este estilo de vida contemplativo. No existe en Han una reflexión sobre cómo extender estas posibilidades de «vida contemplativa» más allá de los círculos de élite, ni cómo transformar estructuralmente la sociedad para hacerla más habitable para todos.
Uno de los aspectos más desconcertantes del pensamiento de Han es su ausencia de un posicionamiento ideológico claro. Aunque sus críticas al neoliberalismo son mordaces, no se adhiere a ninguna alternativa política identificable. Como señala Fernando José Ciello en su análisis antropológico del poder, Han busca un «concepto móvil» de poder, «capaz de unificar diferentes representaciones» , pero esta búsqueda de flexibilidad conceptual puede fácilmente convertirse en una evasión de tomar partido en debates políticos concretos.
Han parece operar bajo la suposición de que su diagnóstico es tan radical que trasciende las divisiones ideológicas tradicionales. Sin embargo, esta pretensión de trascendencia ideológica enmascara lo que en realidad es una falta de compromiso con proyectos de transformación política concretos. Su filosofía se mantiene en el nivel de la crítica general al «sistema», sin especificar qué tipo de organización social alternativa propone.
El enfoque de Han tiende a reducir problemas sociales y económicos complejos a dinámicas psicológicas y culturales. Por ejemplo, conceptos como «la sociedad del cansancio» o «la agonía del Eros» transforman contradicciones estructurales del capitalismo contemporáneo en malestares subjetivos, desplazando la atención de los mecanismos económicos y políticos hacia fenómenos de orden psicológico. Esta psicologización de lo social resulta profundamente acrítica, pues invita a una transformación interior en lugar de a un cambio estructural.
Como explica Han en «La sociedad del cansancio», el sujeto contemporáneo «se desgasta en una carrera de ratas que corre contra sí mismo» . Aunque potente, esta descripción individualiza lo que son problemas colectivos, sugiriendo que la solución reside en cambiar nuestra actitud personal más que en transformar las condiciones sociales que producen esta carrera de ratas.
Hay una cualidad casi esteticista en la manera como Han describe los sufrimientos contemporáneos. El burnout, la depresión y el cansancio aparecen en sus textos como experiencias casi sublimes, descritas con un lenguaje poético que las embellece y las hace aparecer como inevitables. Como señala Cohen, la voz escritural de Han es «melancólica en el sentido freudiano de estar sellada dentro de su propio dolor» , creando una identificación entre el sufrimiento individual y el estado del mundo que resulta paralizante.
Este embellecimiento del malestar tiene un efecto político conservador: al presentar los males contemporáneos con un aura de inevitabilidad y hasta de belleza trágica, se desactiva el impulso transformador. La crítica se convierte en un ejercicio de contemplación estética más que en un instrumento de cambio.
Esta pregunta revela la complicidad estructural entre la crítica de Han y su objeto de estudio: su pensamiento se ofrece como un producto cultural perfectamente adaptado al mercado que pretende criticar, proporcionando a sus lectores la ilusión de profundidad sin exigirles el esfuerzo de un pensamiento realmente sistemático y transformador.
La popularidad de Byung-Chul Han dice tanto sobre nuestro momento cultural como sus propias obras. En una academia cada vez más presionada por producir resultados visibles y alcanzar relevancia pública, el modelo Han ofrece una fórmula seductora: crítica radical en formato accesible, profundidad aparente sin exigencia argumentativa rigurosa, y pose de disidencia sin consecuencias prácticas incómodas. Sus escritos funcionan como distractores de lujo que nos permiten saborear la amargura de nuestra condición actual sin impulsarnos a transformarla realmente.
El verdadero peligro de este fenómeno no reside en que Han sea un mal filósofo, de hecho, sus diagnósticos contienen intuiciones valiosas, sino en que su éxito legitima un modelo de pensamiento que reemplaza el rigor con el estilo, la argumentación con el aforismo, y la transformación con la contemplación melancólica. Frente a este modelo, la tarea urgente sería recuperar una práctica filosófica que no tema al compromiso ideológico, que no eluda la construcción sistemática de alternativas, y que acepte la incomodidad de pensar más allá de los formatos comercialmente exitosos.
En última instancia, la pregunta no es si Han tiene razón en sus diagnósticos, en muchos aspectos, sin duda la tiene, sino qué tipo de práctica filosófica necesitamos para enfrentar los desafíos que él tan elocuentemente describe.
Todo marxista reconoce o presiente cuando un texto oculta la lucha de clase, cuando los argumentos son del capital, cuando la estrategia es conservadora, cuando la filosofía es del aire, del espacio, en consecuencia valora o no al autor.
INCONFORMIDAD IDEOLOGÍA Y TRABAJO.